El tío abuelo de Belgrano en los recuerdos de Mariquita Sánchez
- Roberto Arnaiz
- hace 8 minutos
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José González Islas, las niñas huérfanas y una extraordinaria escena del Buenos Aires virreinal
En el artículo dedicado a la iglesia de San Miguel Arcángel recorrimos la historia de una institución nacida para asistir a quienes quedaban fuera de toda protección: los pobres, los enfermos, los ajusticiados y las mujeres sin amparo.
Detrás de aquella obra aparecían dos nombres fundamentales. El primero era el de Juan Guillermo González y Aragón, fundador de la Hermandad de la Santa Caridad y bisabuelo materno de Manuel Belgrano. El segundo, el de su hijo, el sacerdote José González Islas, quien continuó la misión de su padre y ejerció una influencia decisiva sobre el Colegio de Niñas Huérfanas y las demás obras de la Hermandad.
Ahora podemos regresar a esa historia desde un lugar diferente. Ya no solamente mediante fechas, documentos y referencias institucionales, sino a través de la voz de una mujer que conoció aquel Buenos Aires y conservó en su memoria sus costumbres, sus rigores y sus valores.
Esa mujer fue Mariquita Sánchez de Thompson.
Una ciudad recordada desde 1860
Hacia 1860, Mariquita escribió sus Recuerdos del Buenos Aires virreynal. En sus páginas reconstruyó la vida cotidiana anterior a la Revolución: la educación, las relaciones familiares, las prácticas religiosas y las formas de asistencia de una época en la que buena parte del socorro a los sectores más vulnerables dependía de hermandades, instituciones religiosas y benefactores particulares.
En el apartado titulado “Obras de Caridad”, Mariquita recordó el establecimiento conocido como Colegio de Niñas Huérfanas. Su relato tiene el valor de un testimonio vivo. No se limita a enumerar las funciones del lugar: nos permite entrar en él, observar la ropa de las internas, conocer lo que aprendían y comprender la autoridad ejercida por el hombre que velaba por la institución.
El Colegio había sido promovido en 1755 por Francisco Álvarez Campana, hermano mayor de la Hermandad de la Santa Caridad. Con el tiempo, el presbítero José González Islas, capellán de la Hermandad, asumió un papel central en su administración y sostenimiento.
Él era el “don González” recordado por Mariquita.
José González Islas era hijo de Juan Guillermo González y Aragón y hermano de Juan Manuel González Islas. Este último fue padre de María Josefa González Casero, madre de Manuel Belgrano. José fue, por consiguiente, tío de la madre de Belgrano y tío abuelo del prócer.
Mariquita lo retrató de esta manera:
“Había también un establecimiento muy útil para aquella época: era un medio convento; una casa de reclusión o castigo. Voy a explicar esto. En esta casa se recogían todas las huérfanas que no tenían amparo. Morían unos pobres, por ejemplo, sin tener nada; el Alcalde o Juez de Menores tomaba a las niñas mujeres y las llevaba al colegio. Les cortaban el pelo, las vestían de azul y una toca amarilla; éstas eran propiedad ya del colegio, que se llamaba de Niñas Huérfanas.
“Este establecimiento era sostenido con facultades extraordinarias por un don González, que pedía limosna para él, cuidaba de aumentar los intereses y lo manejaba todo. También que las cuatro cuadras de la Iglesia de San Miguel eran de él, una hermosísima estancia en la Banda Oriental, con calera que producía mucho.
“Este señor González era una mezcla de piedad y dureza, de aspereza y caridad.
“En este colegio se enseñaba a coser, bordar, hacer dulces, masas, esas fuentes que se hacen ahora en las confiterías, planchas. Escribir y leer, poco.
“Allí se ponían niñas muy decentes a pupilo, para educar. Allí se mandaba a alguna mujer que se separaba de su marido, se encerraba a alguna joven que se extraviaba; era una mezcla de todo.
“Como ya he dicho, las huérfanas no salían; cantaban y tocaban el órgano y eran las que oficiaban las misas cantadas. El don González vivía en un cuarto a la calle, pero con entrada al colegio, de donde le servían de todo y le daban de comer.
“Si algún hombre de oficio o mediana fortuna quería casarse, venía a ver a este señor y le daba cuenta de sus ideas y fortuna. El don le decía de volver y tomaba informes de tal hombre, sobre todo si era religioso. Si los informes eran buenos, hacía venir a su presencia a todas las que por su edad podían casarse, para que el hombre las viera y se fijase. Elegida la niña le permitía que viniera a su cuarto a la noche, para que tratara al novio, mientras él preparaba lo preciso; esto no era muy largo y él mismo los casaba.
“Nadie tenía intervención, ni tomaba cuenta de sus acciones a este don; era el jefe, el padre de esta tribu, el todo.
“Este colegio fue el que con el mismo título dispuso Rivadavia fuera sólo para casa de educación y tomó el gobierno todos los bienes, que eran muchos y que después de la muerte del don González cuidaban otros eclesiásticos.”
“Una mezcla de piedad y dureza”
En una sola frase, Mariquita resumió el carácter de aquel sacerdote: “una mezcla de piedad y dureza, de aspereza y caridad”.
No necesariamente debemos leer estas palabras como una condena. En la sociedad virreinal, la bondad y la severidad no eran consideradas virtudes opuestas. La autoridad paternal debía proteger, pero también corregir; brindar amparo y, al mismo tiempo, mantener el orden. La firmeza podía ser entendida como una forma de responsabilidad.
González Islas encarnaba ese ideal. Su piedad no era solamente contemplativa. Se traducía en una tarea concreta: conseguir recursos, administrar bienes, pedir limosnas y sostener una institución destinada a quienes carecían de familia o protección.
El Colegio daba alojamiento, alimento y educación a niñas que, de otro modo, podían haber quedado completamente desamparadas. Allí aprendían a coser, bordar, preparar dulces y realizar trabajos que podían servirles como medio de subsistencia. También recibían formación religiosa, cantaban y tocaban el órgano durante las misas.
El propósito era formarlas de acuerdo con los valores de aquella sociedad: laboriosidad, obediencia, religiosidad y capacidad para dirigir un hogar.
La disciplina era rigurosa porque rigurosa era también la concepción educativa de la época, no solamente dentro del Colegio. La propia Mariquita, al hablar de las familias virreinales, recuerda que los hijos trataban a sus padres “de su merced” y no levantaban los ojos en su presencia. El respeto, el temor y la obediencia formaban parte de un mismo universo moral.
Mucho más que un colegio de huérfanas
El establecimiento no recibía solamente a niñas que habían perdido a sus padres.
Allí también podían ser educadas jóvenes de familias respetables. Asimismo, eran acogidas mujeres separadas de sus maridos y muchachas que, según los criterios morales de aquel tiempo, necesitaban protección, orientación o disciplina.
Era, como escribió Mariquita, “una mezcla de todo”.
Colegio, asilo, casa de recogimiento y lugar de formación religiosa: la institución reunía funciones que entonces no estaban separadas como lo están en la actualidad. Su misión no consistía únicamente en alimentar y alojar. También procuraba educar, formar, proteger la reputación de las mujeres y prepararlas para su incorporación a la sociedad.
Para comprender aquella obra debemos evitar medirla solamente con nuestras categorías actuales. En el Buenos Aires virreinal, no existía una red pública de asistencia comparable con la que se desarrollaría mucho tiempo después. Las hermandades y las instituciones religiosas ocupaban ese vacío mediante los recursos y las ideas disponibles en su época.
La obra podía ser severa, pero representaba una respuesta concreta frente al abandono.
El protector que también concertaba matrimonios
Uno de los pasajes más extraordinarios del relato es la descripción del procedimiento matrimonial.
Un hombre de oficio o de mediana fortuna se presentaba ante González Islas y declaraba sus intenciones. El sacerdote averiguaba sus antecedentes y prestaba especial atención a su religiosidad. Si los informes eran favorables, hacía comparecer a las jóvenes que tenían edad para casarse, para que el pretendiente pudiera conocerlas y elegir.
Después de un breve período de trato, el propio sacerdote celebraba el matrimonio.
Vista desde su propio tiempo, esta intervención no era solamente una manifestación de autoridad. También formaba parte de la responsabilidad asumida por quien ocupaba el lugar que, en otras circunstancias, habría correspondido al padre o a la familia de la joven.
González Islas debía asegurarse de que el pretendiente tuviera oficio, fortuna suficiente, buena conducta y principios religiosos. El matrimonio significaba para aquellas mujeres la posibilidad de formar una familia y comenzar una vida fuera del Colegio. Investigar al candidato era, por ello, una forma de protección.
Mariquita lo definió como “el jefe, el padre de esta tribu, el todo”. La frase expresa la amplitud de sus facultades, pero también la magnitud de la responsabilidad que había concentrado. Era capellán, administrador, educador, protector y mediador. Debía ocuparse de los bienes del establecimiento y, al mismo tiempo, del destino individual de quienes vivían bajo su amparo.
Una obra excepcional para su tiempo
El testimonio de Mariquita completa y humaniza la historia de la iglesia de San Miguel.
Aquellos terrenos, hospitales y colegios no fueron solamente nombres registrados en documentos antiguos. Estuvieron habitados por mujeres concretas: niñas vestidas de azul, jóvenes que aprendían a bordar, internas que cantaban durante las misas y muchachas que encontraron allí refugio, educación y, en algunos casos, la posibilidad de formar una familia.
También nos devuelve la figura de José González Islas en toda su complejidad. Fue un hombre firme, dotado de un carácter enérgico y de una autoridad extraordinaria. Pero esa autoridad estuvo puesta al servicio de una obra que exigía dedicación constante: reunir limosnas, conservar los bienes, sostener el Colegio y procurar el futuro de numerosas mujeres sin amparo.
Mariquita no lo presentó simplemente como un hombre duro. Lo definió mediante un equilibrio que para su tiempo podía representar una virtud: “piedad y dureza”, “aspereza y caridad”.
La frase no disminuye su obra. Por el contrario, le da una dimensión humana.
González Islas no perteneció a nuestro tiempo y no puede ser juzgado como si hubiera vivido en él. Formó parte de una sociedad con otras ideas sobre la familia, la educación, la autoridad y la protección. Dentro de ese mundo, dedicó buena parte de su vida a sostener instituciones que ofrecieron una respuesta allí donde el desamparo podía ser absoluto.
La antigua iglesia de San Miguel permanece todavía en el centro porteño. Pero después de leer estas páginas ya no vemos solamente sus muros, su torre o sus altares. Detrás de ellos volvemos a escuchar el órgano de las huérfanas y la voz de Mariquita, que rescató del olvido una obra de caridad y al hombre que consagró su vida a sostenerla.
Fuentes consultadas
· Sánchez de Thompson, Mariquita, Recuerdos del Buenos Aires virreynal, apartado “Obras de Caridad”.
· Parroquia San Miguel Arcángel, “Historia”.
· Trujillo, Oscar José, “El suave olor de las virtudes: la Hermandad de la Caridad de Buenos Aires y su Colegio de Niñas Huérfanas”, Comunicación, Cultura y Política, vol. 5, n.º 2, 2014, pp. 53-70.
· Rebagliati, Lucas Esteban, “Del ‘pobre afligido’ al ‘vicioso holgazán’: concepciones de pobreza en Buenos Aires (1700-1810)”, Anuario del Instituto de Historia Argentina, vol. 16, n.º 2, 2016.
· Balmaceda, Daniel, “Quién fue el hombre que enterró a los muertos por la peste de 1727”, La Nación, 31 de marzo de 2020.
“San Miguel Arcángel: la iglesia de los pobres, las huérfanas y la familia Belgrano”.




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