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Los cuarenta segundos que vencieron al olvido


La historia del único retrato fotográfico de José de San Martín


En 1848, lejos de los campos de batalla y de la tierra que había contribuido a liberar, José de San Martín libró un último combate contra el tiempo. No llevaba uniforme, no empuñaba su sable ni tenía frente a él un ejército enemigo. Era un hombre de setenta años, debilitado por las enfermedades y el peso de los recuerdos, que debía permanecer inmóvil durante cuarenta segundos ante una cámara fotográfica.


Aquella vez no fue un gobierno ni una multitud quien consiguió doblegar su voluntad, sino Mercedes, su hija. Ella lo convenció de posar para un daguerrotipo, la gran novedad tecnológica de aquellos años. Quizá comprendía que la vida de su padre se apagaba y que, cuando ya no estuviera, la patria necesitaría algo más que retratos idealizados: necesitaría contemplar su verdadero rostro.


San Martín nunca había demostrado interés por perpetuar su imagen. A diferencia de otros hombres públicos de su tiempo, no cultivaba su representación ni parecía preocupado por la apariencia con la que sería recordado. El biógrafo José Pacífico Otero sostuvo que no aceptó fotografiarse antes porque rechazaba la “extravagancia teatral” de su época.


Había pasado gran parte de su vida huyendo de los honores. Renunció al poder después de liberar tres naciones, abandonó el Perú sin reclamar recompensas y partió hacia Europa cuando comprendió que su presencia podía agravar las divisiones de la tierra por cuya libertad había combatido. El hombre que había ingresado victorioso en Lima se sentaba ahora, vestido de civil, frente a un extraño artefacto.


El hombre detrás del héroe


La sesión se realizó en París. San Martín vistió un levitón oscuro, camisa blanca de cuello alto y un gran corbatón negro. El cabello y el bigote, completamente canos, revelaban el paso de los años. Una de sus manos descansaba sobre el brazo del sillón; la otra permanecía introducida dentro de la levita, en una postura habitual en los retratos del siglo XIX.


Pero allí no había condecoraciones, charreteras ni símbolos de mando. No aparecía el vencedor de San Lorenzo, el conductor del Ejército de los Andes o el Protector del Perú. Ante la cámara estaba el hombre: anciano, austero, cansado y, sin embargo, todavía dueño de una presencia extraordinaria.


El procedimiento no admitía movimientos. Para que la imagen quedara impresa sobre una placa de cobre plateada, San Martín debió conservar la postura durante aproximadamente cuarenta segundos. Cuarenta segundos de quietud para un hombre que había cruzado océanos, montañas y desiertos; que había vivido entre marchas, combates, enfermedades, renunciamientos y exilios.


Durante la sesión se obtuvieron dos daguerrotipos de unos doce por diez centímetros. Cada uno era una pieza única, porque aquella técnica no producía negativos desde los cuales realizar nuevas copias. La imagen quedaba grabada directamente sobre la placa y aparecía invertida, como reflejada en un espejo.


De aquellas dos tomas solamente una llegó hasta nosotros. La otra se perdió en algún momento de su largo recorrido. Esa ausencia vuelve todavía más conmovedora la imagen conservada: una delgada placa metálica terminó convirtiéndose en el único testimonio fotográfico auténtico del rostro del Libertador.


Una mirada que ningún pintor pudo reproducir


Quienes conocieron personalmente a San Martín afirmaron que ningún retrato había conseguido representar completamente su expresión. Domingo Faustino Sarmiento, que lo visitó en Francia en 1846, escribió que ninguna pintura había logrado reproducir aquella mirada que desconcertaba a sus enemigos.


Juan Bautista Alberdi también lo conoció en París. Al recordar aquel encuentro, sostuvo que sus ojos todavía conservaban “el fuego de la juventud”. Resulta significativo: el cuerpo envejecía, las dolencias avanzaban y los años de destierro habían dejado su huella, pero en la mirada permanecía intacta la voluntad del hombre que había concebido y ejecutado una de las mayores campañas militares de la historia americana.


Eso es, precisamente, lo que conserva el daguerrotipo. No muestra solamente las facciones de San Martín; permite asomarse a su intimidad. La imagen presenta a un hombre severo, ensimismado y distante, pero no vencido. Hay algo en sus ojos que atraviesa el tiempo: la misma determinación con la que organizó un ejército en Cuyo, cruzó la cordillera y renunció después a todo aquello que podía dividir la causa americana.


Los pintores pudieron ennoblecer su postura, rejuvenecer su rostro o vestirlo nuevamente con uniforme. La cámara, en cambio, no buscó construir un héroe. Registró al hombre tal como era dos años antes de morir. Y acaso por eso consiguió revelar toda su grandeza.


Mercedes y la conservación de una memoria


Después de la muerte de San Martín, ocurrida el 17 de agosto de 1850, Mercedes comprendió el valor histórico de aquellas pequeñas imágenes. Solicitó al fotógrafo Robert Bingham reproducciones de uno de los daguerrotipos para responder a los pedidos de los antiguos amigos y admiradores de su padre.


Esas copias se convirtieron en el modelo de numerosas representaciones posteriores. Mercedes pintó en 1856 un retrato inspirado en ellas; Edmond Castan realizó una célebre aguatinta, y Francisco Romero produjo otro cuadro en 1861. De ese modo, el rostro capturado en París comenzó a multiplicarse y a incorporarse a la memoria colectiva de los argentinos.


Probablemente, después de la muerte de Mercedes en 1875, el daguerrotipo conservado pasó a manos de Manuel de Guerrico, amigo y vecino de San Martín durante sus años en Francia. El 29 de abril de 1900, José Prudencio de Guerrico lo donó al Museo Histórico Nacional, donde permanece resguardado. La institución lo reconoce como la única imagen fotográfica existente del Libertador. Museo Histórico Nacional


Así, aquella placa frágil sobrevivió a viajes, herencias y mudanzas. Pasó de la intimidad familiar al patrimonio de una nación. Lo que Mercedes había pedido para preservar el recuerdo de su padre terminó convirtiéndose en una ventana abierta hacia la historia.


El último retrato


Con frecuencia recordamos a San Martín montado a caballo, con el sable corvo en la mano y los Andes elevándose detrás de su figura. Es la imagen épica que construyó la memoria nacional. Pero el daguerrotipo de 1848 nos propone otro encuentro.


No vemos allí al héroe de bronce, sino al hombre que había pagado el precio de sus decisiones. Vemos el cansancio de quien conoció la gloria, la incomprensión y el destierro; de quien liberó pueblos y después eligió apartarse para no emplear su espada en las luchas civiles.


Mercedes quiso conservar el rostro de su padre. Sin saberlo, preservó algo mucho más profundo: el testimonio silencioso de una vida marcada por el deber y el renunciamiento.


San Martín permaneció inmóvil durante cuarenta segundos. La placa capturó su cuerpo envejecido, pero también aquello que los años no habían logrado doblegar. Por eso, cuando observamos esa imagen, no contemplamos solamente una fotografía antigua.


Miramos a los ojos al hombre que cambió la historia de América.


 

 
 
 

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