DE LA BANDERA DEL REY A LA BANDERA DE LOS ANDES
- Roberto Arnaiz
- hace 4 horas
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Belgrano creó los colores de un ejército que comenzaba a imaginar una nación. San Martín los llevó a través de la cordillera bajo una enseña destinada a reunir pueblos para liberarlos, no para conquistarlos.
En los últimos días de 1816, el Ejército de los Andes se encontraba preparado para emprender una de las operaciones militares más audaces de su tiempo. En el campamento de El Plumerillo se habían reunido soldados, caballos, mulas, armas, municiones, alimentos, hospitales de campaña y talleres capaces de fabricar o reparar cuanto fuera necesario durante la marcha.
San Martín había estudiado los pasos cordilleranos, dividido sus fuerzas en varias columnas, organizado los abastecimientos y difundido informaciones falsas para confundir a los realistas. Sin embargo, aquel ejército construido hasta en sus menores detalles todavía necesitaba algo que no podía medirse por su utilidad material: una bandera que expresara quiénes eran esos hombres y por qué se disponían a cruzar los Andes.
Las Provincias Unidas ya poseían una enseña celeste y blanca reconocida por el Congreso de Tucumán. San Martín podía emplearla porque su ejército dependía de ese Estado, pero decidió crear además un emblema particular para la fuerza que debía ingresar en Chile.
La Bandera de los Andes no surgió de una inspiración repentina durante una cena navideña. Fue la culminación de un proceso iniciado varios años antes, cuando los ejércitos revolucionarios comenzaron a retirar las armas del rey y a reemplazarlas por símbolos capaces de representar la soberanía, la libertad y la unión de los pueblos americanos.
Cuando los soldados juraban fidelidad al rey
Las banderas de los antiguos ejércitos
La Revolución no creó un ejército desde cero. Los hombres que combatieron por la independencia habían sido formados dentro de la tradición militar española y continuaron utilizando durante años sus ordenanzas, grados, procedimientos, voces de mando y ceremonias.
Las Reales Ordenanzas de Carlos III de 1768 establecían dos banderas por batallón. En un regimiento compuesto por dos batallones, una de las cuatro enseñas era la coronela y las otras eran sencillas.
La coronela, blanca y con las armas reales, ocupaba el lugar de honor. Las sencillas llevaban la cruz de Borgoña y podían incorporar en sus extremos los emblemas de la provincia, ciudad o región que daba nombre al cuerpo.
La coronela no recibía esa denominación porque fuera propiedad particular del coronel. Representaba la autoridad superior dentro del regimiento y era custodiada por la primera compañía, llamada precisamente compañía coronela.
En medio del combate, cuando el humo de la pólvora ocultaba las formaciones y las órdenes apenas podían escucharse, las enseñas indicaban la posición de las unidades y servían como punto de reunión. A su alrededor se organizaban los soldados, se prestaban juramentos y se defendía el honor colectivo.
Perder una bandera frente al enemigo constituía una de las mayores humillaciones que podía sufrir un cuerpo. Capturarla, en cambio, era una demostración visible de victoria. Las enseñas tomadas en combate se exhibían en templos y edificios públicos porque simbolizaban la derrota de la autoridad a la que habían pertenecido.
Durante siglos, los soldados habían marchado detrás de una coronela que llevaba en su centro las armas del monarca. La bandera les recordaba que la fuente de su obediencia, sus juramentos y su identidad militar se encontraba en el rey.
Una revolución que conservaba los símbolos reales
La Revolución de Mayo comenzó a modificar aquel vínculo, aunque el cambio no fue inmediato. Los primeros gobiernos continuaron afirmando que ejercían la autoridad en nombre de Fernando VII, prisionero de Napoleón. Esa ambigüedad, conocida posteriormente como la máscara del monarca cautivo, permitió evitar una ruptura formal mientras se consolidaba el nuevo poder.
Los ejércitos enviados desde Buenos Aires combatían contra autoridades y fuerzas que también proclamaban fidelidad al rey. Revolucionarios y realistas compartían uniformes, reglamentos, armamento, tradiciones y símbolos. En algunas circunstancias, los distintivos podían resultar tan semejantes que dificultaban el reconocimiento durante la lucha.
La contradicción era cada vez más evidente. Los hombres que arriesgaban la vida por un gobierno revolucionario continuaban marchando detrás de enseñas asociadas con la misma monarquía a la que enfrentaban. La estructura militar había cambiado de mando, pero todavía carecía de una representación propia.
La guerra exigía resolver un problema práctico y político. Era necesario distinguir a los soldados amigos del enemigo y, al mismo tiempo, proporcionarles un símbolo que expresara la causa por la cual combatían.
Belgrano y la necesidad de distinguir a sus tropas
Manuel Belgrano comprendió aquella necesidad mientras organizaba las baterías destinadas a defender las costas del Paraná. El 13 de febrero de 1812 solicitó al Gobierno la creación de una escarapela que permitiera diferenciar a sus hombres de los realistas.
El Triunvirato aprobó el 18 de febrero el uso de los colores blanco y azul celeste y ordenó abandonar la escarapela roja. La medida resolvía la cuestión inmediata del reconocimiento de las tropas, pero Belgrano decidió avanzar un paso más.
El 27 de febrero trasladó los colores de la escarapela a una bandera y la presentó a sus soldados frente al río Paraná. No conocemos con certeza la disposición original de sus paños, porque ningún dibujo contemporáneo permite reconstruirla de manera indiscutible. Sabemos, en cambio, que era blanca y azul celeste y que debía distinguir a quienes defendían las baterías Libertad e Independencia.
Su propósito inmediato era militar: evitar confusiones y fortalecer la moral de las tropas. Sin embargo, la comunicación enviada al Gobierno revelaba una aspiración mayor. Belgrano deseaba que aquellas provincias fueran reconocidas algún día como una de las naciones del mundo.
No se limitaba a reemplazar la bandera sencilla de un batallón. Comenzaba a imaginar una enseña común capaz de representar a todos los pueblos revolucionarios y ocupar el lugar que hasta entonces había pertenecido a las armas del rey.
La resistencia del Gobierno
El Triunvirato no compartió su audacia. El 3 de marzo ordenó ocultar la nueva bandera y reemplazarla por la que todavía se utilizaba en la fortaleza de Buenos Aires. El Gobierno temía que una insignia propia fuera interpretada como una declaración anticipada de independencia y provocara consecuencias diplomáticas para las cuales no se consideraba preparado.
Belgrano ya había partido hacia el norte y no recibió inmediatamente la orden. El 25 de mayo de 1812 hizo bendecir en Jujuy una bandera blanca y celeste y la presentó a las tropas y al pueblo durante la celebración del aniversario de la Revolución.
En su comunicación la llamó “bandera nacional”. La expresión demuestra que no la concebía únicamente como distintivo de una guarnición o de un cuerpo. Pretendía colocarla por encima de las enseñas particulares para que representara a una comunidad política más extensa.
El Gobierno volvió a reprenderlo. Belgrano respondió el 18 de julio que había interpretado el silencio oficial como una aceptación y prometió guardar la bandera hasta que llegara el momento de una gran victoria. El paño había sido retirado, pero la idea que representaba ya no podía desaparecer.
De distintivo militar a símbolo de la patria
El cambio político producido a fines de 1812 y la instalación de la Asamblea General Constituyente permitieron que los colores comenzaran a emplearse con mayor libertad.
El 13 de febrero de 1813, junto al río Pasaje, el Ejército del Norte prestó juramento de obediencia a la Asamblea frente a la bandera blanca y celeste. Desde aquel momento, el lugar fue conocido también como río Juramento.
Una semana después, la enseña presidió la batalla de Salta, donde las tropas de Belgrano obtuvieron una victoria completa. Los colores rechazados por el Triunvirato aparecieron en el campo de batalla como representación visible de la causa revolucionaria.
Aunque Belgrano aspiraba a convertirla en una enseña nacional, durante aquellos primeros años su utilización efectiva permaneció vinculada principalmente con el Ejército del Norte. Todavía no existía una sanción que la colocara jurídicamente por encima de las banderas de los cuerpos.
Sin embargo, su significado ya superaba a una unidad determinada. El blanco y el azul celeste comenzaban a reunir bajo un mismo distintivo a hombres procedentes de diversas provincias.
El final del rey en el centro de la bandera
La iniciativa de Belgrano no consistió solamente en cambiar unos colores. Hasta entonces, la enseña principal recordaba al soldado que combatía al servicio del monarca. El paño levantado en Rosario comenzó a trasladar aquella obediencia hacia una patria que todavía no había declarado su independencia, pero que ya necesitaba símbolos propios.
La nueva bandera resolvía una parte del problema. Permitía distinguir a las tropas y ofrecía una identidad común a los ejércitos revolucionarios. Faltaba reemplazar las armas reales por una imagen capaz de representar la autoridad que comenzaba a ocupar el lugar del rey.
La Revolución había iniciado la transformación de la obediencia militar. El siguiente paso consistiría en construir los símbolos de una nueva soberanía.
Belgrano y la construcción de una nueva soberanía
El sello que reemplazó las armas del monarca
La Asamblea General Constituyente, instalada en enero de 1813, necesitaba un sello para autenticar sus documentos. Continuar utilizando las armas reales resultaba incompatible con las decisiones soberanas que comenzaba a adoptar.
El diputado por San Luis Agustín Donado habría recibido el encargo de gestionar su elaboración. La tarea fue confiada al grabador cusqueño Juan de Dios Rivera, quien preparó un diseño destinado a sustituir el escudo de la monarquía.
El 12 de marzo de 1813, la Asamblea dispuso que el Supremo Poder Ejecutivo utilizara el mismo sello, con la única diferencia de la inscripción exterior. Aunque no existió entonces una ley que lo declarara Escudo Nacional con la formalidad actual, su uso se extendió y terminó convirtiéndolo en representación de las Provincias Unidas.
La sustitución poseía una enorme importancia política. En los documentos oficiales, las armas del rey dejaron su lugar a dos manos entrelazadas que sostenían una pica coronada por el gorro de la libertad. El conjunto estaba rodeado por laureles y encabezado por un sol naciente.
La autoridad ya no descendía del monarca. Nacía de la unión de los pueblos que habían decidido defender su libertad.
Un lenguaje compartido por las revoluciones
Los elementos del sello no fueron creados de manera aislada en Buenos Aires. Pertenecían a un lenguaje político que circulaba por Europa y América desde las revoluciones del siglo XVIII.
Las manos estrechadas representaban la unión, la fraternidad y el acuerdo entre las provincias. La pica era un arma popular y expresaba la decisión de defender la libertad. Los laureles procedían de la tradición clásica y estaban asociados con la victoria, mientras el sol anunciaba el nacimiento de una nueva soberanía.
El gorro colocado sobre la pica tenía una historia todavía más extensa. En la antigua Roma, el píleo se relacionaba con la manumisión de los esclavos y representaba la condición del hombre libre. Con el paso del tiempo fue confundido con el gorro frigio y recuperado por las revoluciones norteamericana y francesa como emblema de emancipación.
Durante la Revolución francesa, el gorro rojo alcanzó una extraordinaria difusión y fue utilizado especialmente por republicanos y jacobinos. Montado sobre una pica, expresaba que la libertad conquistada debía ser defendida por el pueblo armado.
Los dirigentes rioplatenses conocían aquellos procesos, habían leído a sus pensadores y seguían con atención los acontecimientos iniciados en Francia en 1789. El sello de la Asamblea formaba parte de ese universo, aunque sus elementos fueron adaptados a la experiencia política americana.
La semejanza con un emblema revolucionario francés
Existe un antecedente francés que presenta una sorprendente similitud con el escudo rioplatense. Se trata de un salvoconducto utilizado entre 1790 y 1793 por integrantes de un club revolucionario para acceder a la Asamblea Legislativa.
Su composición muestra dos manos entrelazadas que sostienen una pica coronada por el gorro de la libertad. El conjunto aparece rodeado por ramas y encabezado por un sol, dentro de una forma oval muy próxima a la adoptada en Buenos Aires.
La semejanza resulta demasiado importante para ignorarla, pero no permite asegurar que Juan de Dios Rivera haya copiado directamente aquel documento. No se ha encontrado una prueba que demuestre que el grabador, Agustín Donado o algún integrante de la Asamblea tuvieran acceso al salvoconducto ni se conoce el camino por el cual su imagen pudo llegar al Río de la Plata.
La comparación debe presentarse como una hipótesis fundada en la proximidad visual, no como una filiación definitivamente demostrada. Lo que permite comprobar es la pertenencia del sello de 1813 al lenguaje simbólico de las revoluciones atlánticas.
Tampoco sería correcto definirlo como un emblema exclusivamente jacobino. Las manos, los laureles y el sol poseían antecedentes clásicos; el gorro remitía a la libertad romana, y la pica había sido empleada por numerosos movimientos populares. El diseño reunió esas tradiciones y las adaptó a las necesidades políticas de las Provincias Unidas.
El sol americano
El escudo incorporó un elemento que le otorgó una identidad particular. El sol naciente podía interpretarse como el nacimiento de una nueva nación, pero también evocaba la tradición andina y la presencia del mundo incaico dentro del imaginario revolucionario.
Juan de Dios Rivera había nacido en el Cusco y estaba relacionado con una familia que reivindicaba ascendencia indígena. Su intervención permite plantear la posibilidad de que un símbolo presente en la heráldica europea haya adquirido resonancias americanas, aunque no existe un documento que explique expresamente esa intención.
La Asamblea utilizó poco después una representación solar semejante en las primeras monedas acuñadas en Potosí. En ellas aparecieron también las manos unidas, la pica, el gorro de la libertad y el lema “En Unión y Libertad”.
El nuevo lenguaje combinaba tradiciones diferentes. Tomaba símbolos clásicos, incorporaba la experiencia de la Revolución francesa y añadía elementos relacionados con la historia del continente.
Años más tarde, cuando aquel escudo fue bordado en la Bandera de los Andes, la revolución nacida en el Río de la Plata se preparaba para atravesar las montañas asociadas con el antiguo mundo andino y avanzar hacia el centro del poder español en el Perú.
La Bandera Nacional de Nuestra Libertad Civil
Belgrano fue uno de los primeros en colocar las armas de la Asamblea sobre una bandera. El 25 de mayo de 1813 entregó al Cabildo de Jujuy un paño blanco que llevaba en su centro el nuevo escudo revolucionario.
La enseña, conocida actualmente como Bandera Nacional de Nuestra Libertad Civil, fue creada para reemplazar el estandarte real utilizado en las ceremonias públicas. Su significado trascendía el ámbito militar: reconocía a un pueblo que había acompañado el Éxodo Jujeño y soportado enormes sacrificios durante la guerra.
Aquel diseño estableció un precedente fundamental. La bandera blanca y azul celeste utilizada por el Ejército representaba la causa revolucionaria; la entregada a Jujuy incorporaba el sello de la Asamblea y demostraba que las armas del rey podían ser sustituidas por los emblemas de una nueva soberanía.
No existe documentación que pruebe que San Martín haya tomado directamente la bandera jujeña como modelo. Sin embargo, cuando hizo confeccionar la enseña del Ejército de los Andes recurrió al mismo lenguaje: los colores vinculados con Belgrano y un escudo inspirado en el sello de 1813.
La continuidad no se encuentra en la copia de un objeto, sino en la evolución de una idea. Los ejércitos ya no debían jurar frente al escudo real, sino ante símbolos que representaban la unión, la libertad y el nacimiento de una nación americana.
La consagración de los colores
El 9 de julio de 1816, el Congreso reunido en Tucumán declaró la independencia de las Provincias Unidas en Sud América. Once días después, por iniciativa de Juan José Paso, reconoció legalmente la bandera celeste y blanca utilizada hasta entonces.
El decreto del 20 de julio estableció que sería el “peculiar distintivo” de la nueva nación y que debía emplearse en los ejércitos, buques y fortalezas como bandera menor. La resolución consagraba el proceso iniciado por Belgrano cuatro años antes.
El Congreso no determinó con precisión el número, el orden ni la disposición de las franjas. Durante aquellos años continuaron coexistiendo diferentes modelos porque la bandera todavía atravesaba un proceso de definición. Tampoco llevaba el sol que sería incorporado a la bandera mayor en 1818.
A partir de 1816, la enseña celeste y blanca ocupó un nivel superior al de las banderas particulares de los cuerpos. Representaba al Estado independiente y podía acompañar a todos sus ejércitos. Su reconocimiento no eliminó las coronelas, las sencillas, los estandartes de caballería ni las enseñas propias de las unidades.
Cada bandera respondía a un nivel diferente de representación. La nacional identificaba a las Provincias Unidas; las regimentales correspondían a los cuerpos, y una enseña particular podía expresar la identidad y la misión de un ejército.
Esta distinción permite comprender por qué San Martín creó la Bandera de los Andes sin desconocer ni reemplazar la aprobada por el Congreso.
Una nación con símbolos propios
En julio de 1816, el proceso iniciado por Belgrano había alcanzado su consagración política. Las Provincias Unidas habían dejado de gobernar en nombre de Fernando VII, reemplazado las armas reales por el sello de la Asamblea y reconocido una bandera como distintivo de la nación independiente.
El rey había sido retirado del centro de la obediencia militar y de los documentos públicos. En su lugar aparecían los colores blancos y azules, las manos unidas, el gorro de la libertad, la pica, los laureles y el sol naciente.
El desafío que comenzaba entonces era diferente. La Revolución debía atravesar sus fronteras para combatir el poder realista en Chile y el Perú sin transformar la libertad en una nueva forma de dominación.
Ese fue el problema político y simbólico que San Martín tuvo que resolver en Mendoza.
La bandera de un ejército libertador
Una fuerza formada por hombres de distintas procedencias
El Ejército de los Andes pertenecía a las Provincias Unidas, que proporcionaron la estructura política, militar y económica necesaria para organizarlo. Sin embargo, no estaba integrado únicamente por rioplatenses.
Después de la derrota patriota de Rancagua en 1814, numerosos chilenos cruzaron la cordillera y se refugiaron en Mendoza. Entre ellos había soldados, oficiales, dirigentes y familias que esperaban regresar para recuperar su tierra.
San Martín reunió a esos emigrados con veteranos del Ejército del Norte, granaderos, artilleros, milicianos cuyanos, esclavos libertos y reclutas procedentes de diferentes provincias. El resultado fue una fuerza heterogénea a la que debía proporcionar disciplina, organización y una identidad compartida.
Aquellos hombres no marchaban por las mismas razones. Algunos combatían para proteger la independencia de las Provincias Unidas; otros querían regresar a Chile, y muchos habían sido incorporados por leva o habían obtenido su libertad a cambio del servicio militar.
Convertirlos en un solo ejército exigía algo más que uniformes y voces de mando. Necesitaban una enseña que reuniera sus diversas procedencias alrededor de una misión común.
Por qué la bandera nacional no era suficiente
San Martín tenía pleno derecho a utilizar la bandera aprobada por el Congreso. El decreto de 1816 establecía expresamente que debía emplearse en los ejércitos, y la fuerza organizada en Mendoza dependía del Gobierno de las Provincias Unidas.
Sin embargo, la campaña presentaba una dificultad política. El Ejército atravesaría una frontera e ingresaría armado en Chile. Si se mostraba exclusivamente bajo el pabellón rioplatense, los realistas podían describirlo como una invasión promovida desde Buenos Aires.
Parte de la población chilena también podía temer que el objetivo consistiera en sustituir el dominio español por una nueva autoridad exterior. Las divisiones existentes entre los emigrados y las consecuencias de la derrota de Rancagua obligaban a evitar cualquier señal que alimentara la sospecha de una conquista.
La bandera nacional identificaba al Estado que había organizado y financiado la campaña, pero no expresaba por sí sola la composición ni el propósito continental de la fuerza. El Ejército necesitaba una enseña particular que conservara el vínculo con las Provincias Unidas y, al mismo tiempo, pudiera reunir a los patriotas chilenos.
No se conserva una carta en la que San Martín declare que creó la bandera para evitar ser considerado un ocupante. La explicación surge del contexto, de la integración del Ejército y de su conducta posterior. Debe entenderse como una interpretación histórica fundada y no como una afirmación textual del Libertador.
La nueva enseña no sustituyó a la nacional. Identificó a una fuerza cuya misión consistía en restaurar la independencia chilena y abrir el camino hacia el Perú.
La Navidad de 1816
La versión tradicional sitúa el origen material de la bandera durante una reunión celebrada en la Navidad de 1816 en la casa de la familia Ferrari. San Martín se encontraba acompañado por Remedios de Escalada, algunos oficiales y varias mujeres que colaboraban con los preparativos de la campaña.
En algún momento de la velada habría levantado su copa y expresado que el Ejército necesitaba una enseña antes de partir. Laureana Ferrari, Dolores Prats de Huisi, Margarita Corvalán y Mercedes Álvarez Morón se comprometieron a confeccionarla para la ceremonia prevista el 5 de enero.
La historia procede principalmente de una carta escrita en 1856 por Laureana Ferrari de Olazábal y de la crónica de Jerónimo Espejo. Ambos testimonios poseen un enorme valor, aunque fueron producidos varias décadas después de los acontecimientos y deben ser utilizados con prudencia.
La tradición escolar condensó luego el trabajo en una sola noche. La imagen de las damas mendocinas cosiendo sin descanso hasta el amanecer resulta emotiva y fácil de recordar, pero los testimonios permiten pensar en varios días de intensa labor durante los cuales se buscaron los materiales, se preparó el diseño y se realizaron los bordados.
La bandera no fue obra exclusiva de una persona. San Martín definió su necesidad y orientó sus símbolos; las mujeres reunieron las telas, aportaron sus conocimientos y entregaron objetos personales, mientras varias religiosas participaron en las tareas más delicadas.
La búsqueda de las telas
Conseguir los géneros adecuados no resultó sencillo. Mendoza se encontraba lejos de los grandes centros comerciales y buena parte de sus recursos había sido destinada a equipar al Ejército.
Según los recuerdos de Laureana, ella y Remedios de Escalada recorrieron las tiendas hasta encontrar sarga blanca y azul turquí en un comercio conocido como el del Cariño Botao.
Las telas fueron unidas para formar los dos campos de la enseña. Algunas fuentes indican que las franjas se encontraban dispuestas paralelamente al asta, con el blanco hacia el interior y el azul en el extremo exterior. Otras reproducciones las muestran horizontalmente, en parte por la manera en que la pieza fue montada y exhibida posteriormente.
El Instituto Nacional Sanmartiniano describe dos franjas paralelas al asta, mientras otros organismos las presentan como horizontales. La divergencia demuestra que incluso un objeto conservado materialmente puede plantear problemas cuando se intenta reconstruir su forma original de empleo.
Tampoco debemos imaginar un celeste pálido idéntico al de muchas banderas actuales. Las fuentes mencionan sarga azul turquí o azul cielo. La tonalidad que hoy observamos pudo modificarse como consecuencia del envejecimiento de las fibras, la exposición y las intervenciones efectuadas sobre la pieza.
Abanicos, joyas y bordados
Las dificultades materiales obligaron a utilizar todo lo disponible. Las mujeres cedieron perlas, topacios, diamantes y lentejuelas retiradas de abanicos para adornar el escudo.
Laureana Ferrari recordó que había entregado las piezas doradas de dos de sus abanicos y algunas piedras pertenecientes a una roseta familiar. Objetos creados para celebraciones y reuniones sociales fueron desarmados para vestir la insignia de un ejército que se preparaba para la guerra.
Las tareas más complejas requirieron la intervención de mujeres con experiencia en bordado. El Gobierno de Mendoza menciona a las religiosas Andrea de los Dolores Espínola, María de las Nieves Godoy y María del Carmen Correas.
Una habría colaborado en el diseño y la confección general; otra, en la colocación de las piedras y adornos, mientras la tercera habría trabajado sobre la cinta celeste y blanca que unía las ramas de laurel.
La bandera reunió aportes procedentes de distintos ámbitos de la sociedad cuyana. Había telas adquiridas en una tienda, joyas familiares, sedas bordadas en una comunidad religiosa y símbolos destinados a conducir soldados al combate.
Mientras unos fabricaban pólvora, herraduras, monturas y uniformes, otras personas cosían, bordaban, curaban, recolectaban recursos o entregaban cuanto poseían. La campaña no fue únicamente la obra de un general y sus tropas, sino el resultado del esfuerzo de una sociedad convertida en retaguardia militar.
El escudo frente a la cordillera
Sobre los campos blanco y azul fue bordado un escudo inspirado en el sello de la Asamblea. Conservó las manos entrelazadas, la pica, el gorro de la libertad, los laureles y el sol naciente, pero incorporó modificaciones relacionadas con el Ejército.
En la parte inferior se añadió una formación de piedras o picos que representaba los Andes. La cordillera dejaba de ser solamente un obstáculo geográfico para convertirse en parte de la identidad de la fuerza que debía atravesarla.
Los símbolos clásicos y franceses de unión y libertad aparecían ahora sobre una montaña americana, bordados por mujeres de Cuyo para un ejército formado por rioplatenses y chilenos.
San Martín no colocó su nombre, sus iniciales ni un escudo personal. La enseña no representaba a un caudillo. Mostraba unas manos unidas sosteniendo el gorro de la libertad y una cordillera que solamente podía ser vencida mediante el esfuerzo colectivo.
¿Fue la coronela del Ejército de los Andes?
La Bandera de los Andes cumplió varias funciones que la tradición militar atribuía a la coronela. Era la enseña principal de la fuerza, llevaba el emblema de la autoridad soberana, presidía la formación y recibió el juramento de las tropas.
Sin embargo, los documentos conocidos no parecen denominarla formalmente “bandera coronela”. Por eso, sería excesivo asegurar que pertenecía jurídicamente a esa categoría prevista por las antiguas ordenanzas.
Puede sostenerse, en cambio, que ocupó dentro del Ejército el lugar simbólico reservado a la enseña principal. La diferencia fundamental se encontraba en su centro. Donde la coronela española mostraba las armas reales, la sanmartiniana presentaba las manos unidas, la pica y el gorro de la libertad.
San Martín conservó la estructura ritual del antiguo orden militar, pero modificó la fuente de la obediencia. Los soldados continuaban formándose, jurando y marchando detrás de una bandera; lo que había desaparecido era el rey representado sobre ella.
La fidelidad se dirigía ahora hacia la independencia americana.
La ceremonia del 5 de enero de 1817
La bandera fue presentada y bendecida el 5 de enero de 1817, cuando faltaban pocos días para el comienzo del cruce. La ceremonia reunió a las autoridades, las tropas y la población de Mendoza.
San Martín proclamó a la Virgen del Carmen patrona del Ejército de los Andes y le entregó su bastón de mando. El acto combinaba la religiosidad de la época con la necesidad de fortalecer la cohesión espiritual de los soldados antes de una campaña cuyo peligro todos conocían.
La tradición afirma que, después de la bendición, San Martín tomó la enseña y se dirigió a sus hombres:
“Soldados: esta es la primera bandera independiente que se bendice en América”.
La forma exacta de la expresión procede de testimonios posteriores, por lo cual no debe considerarse una transcripción literal indiscutible. Sin embargo, resume el significado de la ceremonia.
En 1812, cuando Belgrano había levantado sus colores en Rosario, el Gobierno todavía evitaba romper formalmente con Fernando VII. En enero de 1817, la independencia estaba declarada y el Ejército podía jurar públicamente una bandera despojada de cualquier referencia al monarca.
Poco después, las columnas comenzaron a desplazarse hacia los pasos cordilleranos dentro de una maniobra destinada a confundir, dividir y derrotar a los realistas.
La conducta de San Martín en Chile
El sentido político de la campaña se confirmó después de la victoria de Chacabuco. San Martín ingresó en Santiago al frente del Ejército vencedor, pero rechazó ejercer el gobierno de Chile.
Su objetivo no consistía en convertir el territorio liberado en una dependencia de las Provincias Unidas. El poder quedó en manos de Bernardo O’Higgins y comenzó la reconstrucción de las instituciones chilenas.
Después de Chacabuco, las tropas del Ejército de los Andes se unieron con las fuerzas de Chile y formaron el Ejército Unido Libertador. La propia denominación reflejaba el carácter compartido de la empresa.
La cooperación también respondía a una necesidad estratégica. Chile proporcionaría los puertos, los recursos y la escuadra necesarios para avanzar hacia el Perú. San Martín comprendía que ninguna revolución aislada podía destruir el poder español en el continente. La independencia de las Provincias Unidas necesitaba la de Chile, y ambas dependían de neutralizar el centro realista de Lima.
No nació como bandera de Mendoza
La identificación actual de la enseña con Mendoza puede producir otro equívoco. Fue confeccionada allí, recibió el trabajo y las joyas de sus habitantes y actualmente se conserva en la provincia, pero no nació para representarla.
San Martín la concibió como bandera del Ejército de los Andes. Su significado incluía a las Provincias Unidas, a los emigrados chilenos y a todos los hombres comprometidos con la campaña continental.
Mendoza fue el espacio donde aquel ejército adquirió forma, pero su misión se extendía más allá de los límites cuyanos. La bandera perteneció desde el comienzo a una empresa nacional y americana.
En 1992, la provincia adoptó una reproducción de la enseña histórica como bandera oficial. La decisión reconoció el papel extraordinario desempeñado por el pueblo mendocino durante la preparación de la campaña, pero no alteró su naturaleza original.
De la obediencia al rey a la libertad de América
La historia de la Bandera de los Andes comenzó mucho antes de aquella Navidad de 1816, cuando los ejércitos todavía marchaban bajo enseñas que colocaban las armas del monarca en el centro de la obediencia militar.
Belgrano inició la ruptura al trasladar el blanco y el azul celeste de la escarapela a una bandera. La Asamblea sustituyó el escudo real por un sello que reunía la unión de las provincias, el gorro de la libertad, la pica del pueblo armado, los laureles de la victoria y el sol de una nueva soberanía. El Congreso declaró la independencia y consagró legalmente los colores.
San Martín recibió esa herencia y la adaptó a su misión. Creó una enseña capaz de expresar la identidad de un ejército que pertenecía a las Provincias Unidas, incorporaba a los patriotas chilenos y se disponía a llevar la guerra hacia el centro del poder realista.
La transformación fue profunda: la coronela había representado al rey; la bandera de Belgrano comenzó a representar a la patria, y la Bandera de los Andes reunió a hombres de diferentes pueblos alrededor de una causa continental.
Los colores que cruzaron la cordillera
Los soldados que abandonaron El Plumerillo sabían que muchos no regresarían. Debían soportar el frío, la falta de oxígeno, los caminos estrechos, la pérdida de animales y el transporte de cañones por alturas donde cada movimiento exigía un esfuerzo extraordinario.
Delante de ellos marchaba una bandera confeccionada con telas encontradas en Mendoza, bordada por mujeres y religiosas, adornada con joyas familiares y concebida para unir a hombres procedentes de distintos lugares.
En sus colores viajaba la obra de Belgrano. En su escudo aparecían las ideas de las revoluciones atlánticas y la voluntad soberana expresada por la Asamblea de 1813. En la base del emblema se levantaba la cordillera que el Ejército estaba a punto de desafiar.
Belgrano había levantado el blanco y el azul celeste frente al Paraná para que sus soldados dejaran de combatir bajo los colores del enemigo. San Martín los llevó sobre los Andes para que una fuerza organizada al otro lado de la cordillera fuera reconocida en Chile como libertadora por su propósito y no como conquistadora por su procedencia.
Entre ambas decisiones transcurrieron menos de cinco años. En ese breve tiempo, una revolución que todavía gobernaba en nombre del rey creó sus colores, reemplazó sus armas, declaró su independencia y comenzó a cruzar fronteras para llevar la libertad hacia el corazón de América.
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