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¿QUÉ SE PUEDE ESPERAR DE UN ASNO MÁS QUE UNA PATADA? CHILE, MALVINAS Y LA DIPLOMACIA DE LAS DOS CARAS

hace 4 horas
4 min de lectura

 

Hay dichos populares que uno preferiría no tener que recordar. «¿Qué se puede esperar de un asno, sino una patada?», se pregunta cuando alguien actúa de un modo tan torpe como previsible. Pensé en esa frase al leer las declaraciones del ministro de Defensa chileno, Fernando Barros Tocornal. No porque describa al pueblo de Chile, al que nos unen la historia y una frontera compartida, sino porque retrata la manera en que un funcionario puede arruinar con unas pocas palabras el sentido de un compromiso diplomático.


Barros afirmó que Chile apoya el reclamo argentino por las Islas Malvinas. Pero enseguida llamó al Reino Unido «país amigo» y dijo que ejerce soberanía en el archipiélago desde hace unos doscientos años. En la misma entrevista con Radio Polar, defendió la posibilidad de ampliar los vínculos comerciales entre Punta Arenas y las islas. La cita ha sido difundida por diversos medios; no dispongo de una grabación o transcripción íntegra de la entrevista para comprobar su contexto completo.


La diferencia entre controlar un territorio y tener soberanía sobre él es el centro del problema. El Reino Unido controla las Malvinas. Eso es un hecho. La soberanía, en cambio, está en disputa. Si el ministro chileno reconoce el reclamo argentino, ¿por qué emplea precisamente la palabra que parece dar por resuelta la controversia a favor de Londres?


No fue una frase pronunciada en el vacío. El 30 de junio de 2026, el presidente de Chile, José Antonio Kast, participó en una declaración especial del Mercosur que reiteró el respaldo a los legítimos derechos argentinos en la disputa de soberanía. Tres meses después, su ministro de Defensa habló de soberanía británica y de una oportunidad comercial con las islas. Es razonable pedirle al gobierno chileno una explicación: ¿cuál de esas dos posiciones guiará sus actos? 


A veces, ciertos dirigentes parecen olvidar la historia que hizo posible la independencia de sus países. Después de la derrota de los patriotas chilenos en Rancagua, Bernardo O’Higgins y otros combatientes cruzaron a Mendoza. Allí organizaron, junto con José de San Martín, el Ejército de los Andes. Chilenos y argentinos atravesaron la cordillera y lucharon juntos para liberar Chile del dominio español. La victoria de Maipú consolidó aquella independencia. Fue una empresa compartida, hecha de cooperación, sacrificio y sangre de ambos lados de la frontera.


Recordarlo no significa exigir una deuda eterna de gratitud. Los Estados no conducen su política exterior con álbumes de recuerdos. Significa algo más elemental: cuando se habla de Malvinas desde Santiago, no se está hablando de una cuestión remota que incumbe únicamente a Buenos Aires. Se está hablando con el país junto al cual Chile construyó una parte decisiva de su propia libertad.


También conocemos la relación histórica entre Chile y el Reino Unido. Lord Cochrane llegó a Chile en 1818 y se convirtió en una figura fundamental de su poder naval. Desde el siglo XIX, ambos países desarrollaron vínculos diplomáticos, comerciales y marítimos que perduran hasta hoy. Chile tiene derecho a mantenerlos. La Argentina no puede exigirle que renuncie a ellos. Lo que sí puede exigir es coherencia: ser socio de Londres no obliga a presentar como soberanía indiscutida lo que Chile acaba de reconocer como objeto de una disputa.


La propuesta de una ruta marítima entre Punta Arenas y Malvinas muestra por qué esta discusión va más allá de las palabras. Para sectores de Magallanes puede representar negocios, empleos y servicios portuarios. Es comprensible que quieran desarrollarlos. Pero una conexión regular también facilita el abastecimiento de las islas y fortalece su integración económica con el continente. Su efecto estratégico merece ser examinado por la Argentina antes de aceptar que se trata de una simple operación comercial.


La posición de las Naciones Unidas ofrece un marco claro. La resolución 2065 reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e instó a los dos gobiernos a negociar una solución pacífica, teniendo en cuenta los intereses de los habitantes de las islas. El tiempo transcurrido desde la ocupación británica no eliminó esa disputa. Tampoco la convierte en un asunto que pueda resolverse mediante una frase improvisada ante un micrófono.


No sabemos si Barros habló por cálculo económico, por convicción o por descuido. Sería irresponsable adjudicarle resentimientos personales sin pruebas. Sus declaraciones conocidas alcanzan para formular una crítica severa: no se puede apoyar los derechos argentinos en una declaración internacional y, cuando aparece la posibilidad de comerciar, hablar como si la soberanía británica estuviera fuera de discusión.


La Argentina debería solicitar una aclaración al gobierno chileno y seguir de cerca las decisiones sobre la eventual ruta marítima. Debería hacerlo con firmeza, sin convertir un desacuerdo con un ministro en una ofensa contra todo Chile. La relación entre nuestros pueblos merece más que una pelea de adjetivos; la causa Malvinas merece más que una declaración de apoyo que se deshace al primer contacto con un interés comercial.


Eso es lo que irrita de este episodio. No que Chile tenga intereses propios, ni que mantenga una antigua amistad con el Reino Unido. Irrita que un ministro quiera conservar el aplauso por apoyar a la Argentina mientras emplea las palabras de Londres y avala una iniciativa que puede afianzar su presencia en las islas.


A eso no lo llamo diplomacia. Lo llamo hablar con dos caras. Y cuando se trata de soberanía, la Argentina tiene derecho a mirar ambas.

 

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