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El presente llegaba con sesenta días de demora


 No vivían incomunicados: habitaban un presente desplazado en el tiempo


Cartas, correos y tertulias en una sociedad más conectada de lo que imaginamos


Cuando imaginamos la vida en el Buenos Aires colonial, solemos pensar en una ciudad distante, casi aislada del mundo, obligada a esperar durante meses la llegada de un barco procedente de España. Como una travesía atlántica podía demandar alrededor de sesenta días, concluimos que las noticias llegaban tarde y que sus habitantes vivían desinformados.


Sin embargo, esta interpretación confunde la demora de cada mensaje con la ausencia de un flujo informativo. Una carta podía necesitar semanas o meses para alcanzar su destino, pero las cartas no viajaban solas ni todos los barcos partían al mismo tiempo. Mientras una embarcación ingresaba en el Río de la Plata, otras navegaban detrás transportando correspondencia escrita en los días posteriores.


Las noticias procedentes de Europa llegaban desplazadas en el tiempo, aunque podían hacerlo de manera relativamente continua. No era necesario esperar dos meses para volver a saber algo. Cada nueva embarcación incorporaba otro fragmento de los acontecimientos y prolongaba el relato iniciado por las anteriores.


Por eso, el problema no debe pensarse solamente en términos de velocidad. Aquella sociedad no compartía el presente cronológico de Madrid, Cádiz o Sevilla, pero podía recibir una sucesión constante de noticias que le permitía seguir la evolución de los hechos. Vivía dentro de un presente informativo propio, inevitablemente retrasado respecto de Europa, pero actualizado con cada correo que llegaba.


Las noticias más nuevas que podían conocerse


Supongamos que un barco demoraba sesenta días en unir España con Buenos Aires. Esto no significa que la ciudad permaneciera durante todo ese tiempo sin recibir información y que, al finalizar el viaje, conociera de golpe lo ocurrido durante dos meses.


Mientras una embarcación transportaba una carta escrita en Madrid el 1.º de mayo, otra podía haber partido después llevando correspondencia del día 2; una tercera, noticias del 3, y otras continuaban la misma ruta con informaciones posteriores. Si los viajes se desarrollaban sin grandes interrupciones, Buenos Aires podía recibir cada jornada un nuevo capítulo de una realidad europea situada aproximadamente dos meses atrás.


El lunes se conocía lo ocurrido el 1.º de mayo; el martes llegaban noticias del día 2 y el miércoles se incorporaban los acontecimientos del 3. La información estaba retrasada, pero su secuencia continuaba avanzando. No era una fotografía inmóvil del pasado, sino una película que se reproducía con demora.


Esta diferencia resulta fundamental. Para nosotros, conocer hoy un acontecimiento sucedido hace dos meses significa recibir una noticia vieja. Para una persona del siglo XVIII, en cambio, la carta recién desembarcada contenía la información más reciente que las posibilidades materiales de su época permitían conocer.


No existía otra tecnología capaz de revelar lo que había sucedido después. Por esa razón, aquella carta ocupaba en la experiencia de sus lectores un lugar comparable al de la noticia que hoy acaba de aparecer en una pantalla. No era contemporánea respecto del hecho, pero sí respecto de su recepción: se trataba de la última información disponible.


En consecuencia, no resulta completamente correcto afirmar que los habitantes del Río de la Plata vivían recibiendo noticias antiguas. Recibían las noticias más nuevas que su mundo podía ofrecerles.


Una comparación con nuestro tiempo


Hoy podemos conocer en pocos segundos un acontecimiento producido en cualquier lugar del planeta. Una guerra, una elección, una catástrofe o una decisión política llega hasta nuestros teléfonos casi en el mismo momento en que sucede. Esa posibilidad condiciona nuestra manera de juzgar las comunicaciones del pasado.


Sin embargo, la comparación no debería establecerse solamente entre los segundos actuales y los sesenta días coloniales. También debemos considerar qué lugar ocupaba la información dentro de cada sociedad. Nosotros llamamos “actualidad” a lo ocurrido hace unos minutos porque poseemos los medios para conocerlo de inmediato; ellos consideraban novedoso aquello que acababa de llegar, aunque el hecho hubiese sucedido semanas antes.


Podríamos imaginar una transmisión que nunca se interrumpe, pero que se reproduce con dos meses de retraso. Quienes la observan no ven lo que está ocurriendo en ese instante, aunque reciben cada día una nueva escena. El relato mantiene su continuidad y permite reconocer procesos, cambios, protagonistas y consecuencias.


Existía una importante latencia, utilizando una expresión actual, pero no necesariamente una desconexión. El mensaje demoraba; el sistema, en cambio, podía continuar funcionando. Esa es la diferencia entre esperar sesenta días una noticia aislada y recibir diariamente noticias producidas sesenta días antes.


Por supuesto, ninguna ruta marítima colonial poseía la regularidad de una conexión moderna. Los vientos, las tormentas, las guerras, los bloqueos, los naufragios y las decisiones de los capitanes alteraban las travesías. Los sesenta días tampoco constituían un plazo fijo: algunos viajes eran más breves y otros se prolongaban durante varios meses.


La comparación no pretende negar esas dificultades, sino explicar que una demora considerable no implicaba necesariamente un vacío informativo. La distancia desplazaba las noticias en el tiempo, pero no impedía que formaran una corriente en permanente renovación.


Mucho más que barcos procedentes de España


La información tampoco llegaba exclusivamente desde la península. Buenos Aires formaba parte de una compleja red que la vinculaba con Montevideo, Asunción, Córdoba, Potosí, Lima, Santiago de Chile, Río de Janeiro y numerosas ciudades intermedias.


Desde mediados del siglo XVIII se consolidaron rutas postales que combinaban correos terrestres, postas y chasquis. La correspondencia oficial y particular viajaba a caballo, en carretas, embarcaciones fluviales y navíos de diferentes procedencias. A ese sistema se sumaban mensajeros especiales enviados por autoridades, comerciantes o jefes militares.


Las redes mercantiles cumplían un papel fundamental. Para desarrollar sus negocios, un comerciante necesitaba conocer los precios, las cosechas, el movimiento de los puertos, la disponibilidad de mercaderías, las condiciones del crédito y los riesgos de cada ruta. Su supervivencia económica dependía de obtener información confiable y mantener una correspondencia frecuente con socios, representantes y familiares.


También circulaban periódicos europeos y americanos, disposiciones oficiales, libros, gacetas, informes militares y hojas manuscritas. Los pasajeros aportaban sus propias observaciones, mientras los marineros difundían noticias escuchadas en otros puertos. Cada viajero se transformaba, voluntariamente o no, en un portador de información.


Una novedad europea podía llegar directamente desde Cádiz, pero también podía alcanzar Buenos Aires después de pasar por Río de Janeiro, La Habana, Lima o Montevideo. En ocasiones, una ruta indirecta permitía conocer un acontecimiento antes de que arribara la comunicación oficial.


Por lo tanto, una noticia nunca dependía de un solo camino. Atravesaba diferentes circuitos, pasaba de una carta a otra, de un periódico a un comerciante, de un capitán a un funcionario y de una conversación portuaria a una casa particular.


Una sociedad construida mediante cartas


En aquellos tiempos no existía WhatsApp, pero las personas mantenían amplias redes de correspondencia. Se escribían con familiares, amigos, socios comerciales, autoridades, religiosos, militares y conocidos establecidos en otras ciudades.


Las cartas hablaban de acontecimientos políticos, nombramientos, enfermedades, nacimientos, matrimonios, pleitos, precios y embarques. También transmitían pedidos, recomendaciones, temores, rumores y opiniones personales. Lo público y lo privado convivían muchas veces dentro de una misma página.


Una carta recibida no permanecía necesariamente reservada a su destinatario. Podía ser leída ante familiares, copiada, resumida o mostrada a personas de confianza. Algunos fragmentos se enviaban nuevamente a otros corresponsales, mientras su contenido era transmitido oralmente a quienes no habían visto el documento original.


La información se multiplicaba. Una sola carta podía originar numerosas conversaciones y alcanzar a personas que nunca habían conocido a quien la había escrito. La palabra escrita funcionaba como el punto de partida de una cadena que continuaba mediante la lectura, la memoria y la voz.


No todas las personas se escribían diariamente ni todas las redes poseían la misma amplitud, pero quienes participaban de la política, el comercio, la administración o la vida militar necesitaban mantener contactos frecuentes. La correspondencia constituía una herramienta imprescindible para conocer, decidir, negociar y actuar.


Escribirle incluso al adversario


La importancia de esa cultura epistolar puede observarse con claridad durante los años revolucionarios. Aunque los ejemplos corresponden a un período posterior al orden colonial, muestran la continuidad de prácticas de comunicación desarrolladas durante el Virreinato.


Manuel Belgrano convirtió la correspondencia en un instrumento político y militar. No se limitaba a escribirles a sus superiores, subordinados o partidarios. También procuraba dialogar con personas situadas en el campo contrario, persuadirlas y comprender sus intenciones.


Después de la batalla de Tacuarí, librada el 9 de marzo de 1811, sostuvo un intenso intercambio con el comandante paraguayo Manuel Atanasio Cabañas. Ambos habían conducido fuerzas enfrentadas, pero la terminación del combate no clausuró la comunicación. Por el contrario, abrió un nuevo escenario para la negociación y la disputa política.


Belgrano y Cabañas intercambiaron proposiciones, discutieron la relación entre Buenos Aires y el Paraguay y expusieron posiciones que las armas no habían podido conciliar. La carta se transformó así en una prolongación del campo de batalla mediante otros recursos.


Algo semejante ocurrió con Pío Tristán, jefe realista y antiguo conocido de Belgrano. Aunque comandaban ejércitos enemigos, podían comunicarse utilizando un lenguaje que reunía recuerdos personales, cortesía, persuasión política e intereses militares.


Estos casos demuestran que la información no circulaba solamente entre personas afines. Las redes epistolares atravesaban fronteras, jurisdicciones y enfrentamientos. Se escribía para informar y ser informado, pero también para negociar, convencer, distraer, obtener inteligencia o descubrir las intenciones del adversario.


Las tertulias: donde la información se convertía en conocimiento


La llegada de una carta no concluía el proceso informativo. En cierto modo, recién lo comenzaba.


Durante las tertulias, las noticias eran leídas, comparadas, interpretadas y discutidas. Alguien podía llevar una carta recibida de España; otro relataba lo conversado con un comerciante llegado de Montevideo; un tercero conocía una disposición del gobierno y otro había conseguido un periódico europeo.


Cada participante aportaba una pieza diferente. Ninguna fuente contenía por sí sola toda la verdad, pero la reunión de varias versiones permitía reconstruir un panorama más amplio y evaluar la confiabilidad de cada noticia.


Las casas de las familias principales se transformaban así en verdaderos centros de interpretación. En ellas no solamente se bailaba, se escuchaba música, se concertaban matrimonios o se cultivaban relaciones sociales. También se analizaban los acontecimientos, se discutían decisiones gubernamentales y se formaban opiniones.


Una persona podía concurrir a distintas reuniones durante una misma tarde o noche. La información escuchada en una casa era llevada a la siguiente, donde se confrontaba con otros testimonios. Cada tertulia funcionaba como un nodo de una red social sostenida por la presencia física, los vínculos personales y la palabra.


La ciudad poseía sus propios mecanismos de difusión. Una novedad llegada al puerto podía pasar rápidamente a los despachos oficiales, las casas comerciales y los salones. Desde allí descendía hacia mercados, cuarteles, pulperías, iglesias, talleres y calles.


No existían redes sociales digitales, pero las noticias circulaban de persona en persona, atravesaban diferentes grupos y generaban conversaciones colectivas. Su velocidad era incomparablemente menor a la nuestra cuando se trataba de grandes distancias, aunque dentro de una ciudad relativamente pequeña podían propagarse con rapidez.


La información más allá de la alfabetización


El acceso a estas redes era profundamente desigual. Los comerciantes, funcionarios, militares, sacerdotes y miembros de familias influyentes disponían de mayores recursos y contactos. Un trabajador rural, una persona esclavizada o un habitante alejado de las rutas principales no podía obtener la misma cantidad de información.


La alfabetización, la posición económica, la profesión, el género y el lugar de residencia determinaban qué noticias podía recibir cada persona. Por eso, no sería correcto afirmar que toda la población colonial se encontraba perfectamente informada.


Sin embargo, tampoco debemos pensar que la cultura escrita permanecía encerrada entre quienes sabían leer. Las cartas, los bandos, las proclamas y los periódicos podían leerse en voz alta, explicarse y transmitirse oralmente. Una persona analfabeta podía conocer el contenido de un documento sin haberlo leído.


La lectura colectiva ampliaba considerablemente el alcance de la palabra escrita. Lo que comenzaba como una carta particular podía transformarse en un relato compartido, atravesar distintos sectores sociales y continuar circulando durante días.


La información no permanecía inmóvil. En cada transmisión podía perder detalles, incorporar interpretaciones o adquirir un sentido diferente, pero alcanzaba espacios mucho más amplios que los estrictamente alfabetizados.


Rumores, errores y operaciones


La abundancia de comunicaciones no garantizaba la verdad. La imposibilidad de comprobar inmediatamente una noticia favorecía el rumor, la exageración y la manipulación.


Una derrota podía presentarse como una retirada estratégica; la enfermedad de un monarca, convertirse en la noticia de su muerte; y una crisis política, anunciarse como el derrumbe definitivo de un gobierno. Las versiones se modificaban mientras pasaban de una persona a otra.


Las autoridades retenían correspondencia, controlaban publicaciones e intentaban impedir la difusión de ideas consideradas peligrosas. Durante las guerras, además, una carta podía utilizarse deliberadamente para engañar al adversario, exagerar la fuerza propia o esconder una debilidad.


Por esa razón, quienes dependían de la información para tomar decisiones buscaban comparar varias fuentes. Importaba tanto el contenido de la noticia como la identidad de quien la enviaba, el lugar desde el cual había partido y la existencia de otros testimonios que pudieran confirmarla.


En este aspecto, aquel mundo no resulta tan diferente del nuestro. Hoy recibimos información en segundos, pero continuamos obligados a distinguir entre hechos, interpretaciones, rumores y operaciones. Ellos enfrentaban la demora y la incertidumbre; nosotros, la velocidad y la saturación.


Otra forma de entender el tiempo


El gran error consiste en juzgar las comunicaciones coloniales únicamente desde nuestra experiencia tecnológica. Vistas desde el presente, sesenta jornadas parecen un abismo. Consideradas dentro de las posibilidades del siglo XVIII, podían representar el tiempo normal que necesitaba una noticia para cruzar el océano.


Para quienes vivían en Buenos Aires, la carta recién llegada no constituía necesariamente una reliquia del pasado. Era una novedad capaz de modificar decisiones comerciales, provocar discusiones políticas, alterar alianzas y despertar temores o esperanzas.


Ellos no podían conocer el presente inmediato de Europa, pero tampoco permanecían inmóviles frente a un mundo desconocido. Recibían un relato continuo que avanzaba todos los días, aunque se encontrara desplazado varias semanas respecto de los hechos.


En lugar de imaginar una sociedad que esperaba durante meses dentro de un silencio informativo, deberíamos pensar en numerosos mensajes avanzando simultáneamente por el mar y la tierra. Algunos estaban llegando, otros atravesaban el océano y muchos acababan de iniciar su recorrido.


Las distancias determinaban el tiempo de cada comunicación, pero la multiplicación de barcos, correos, viajeros y corresponsales mantenía vivo el sistema. La lentitud del transporte no eliminaba la continuidad de la información.


La red invisible de la colonia


La sociedad colonial estaba atravesada por una red formada por barcos, chasquis, postas, comerciantes, militares, sacerdotes, funcionarios, familias y viajeros. Sobre ella circulaban cartas, informes, periódicos, disposiciones, relatos y rumores.


Después de llegar, la información era comparada en los despachos, comentada en las tertulias y transmitida hacia otros espacios. Cada noticia podía generar nuevas cartas, conversaciones y decisiones, alimentando otra vez el circuito.


No compartían nuestra inmediatez ni conocían los acontecimientos en el momento de producirse. Sin embargo, recibían las novedades más recientes que los medios de su época permitían alcanzar. Aquella información ocupaba en sus vidas el lugar que hoy concedemos a una noticia de último momento.


Vivían dentro de un presente distinto: no el presente cronológico de Europa, sino un presente informativo desplazado, actualizado mediante cada carta y cada barco que llegaba al Río de la Plata.


Tal vez por eso no deberíamos decir que vivían incomunicados ni que todas las noticias les llegaban tarde. La demora existía si la medimos desde el momento del acontecimiento; para quienes recibían la primera comunicación disponible, aquella noticia llegaba a tiempo.


No vivían incomunicados. Vivían conectados con sesenta días de demora.


No recibían noticias viejas: recibían, cada día, las noticias más nuevas que su mundo podía ofrecerles.



 
 
 

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