El Tambor de Tacuarí: el niño cuyo redoble atravesó la historia
- Roberto Arnaiz
- hace 34 minutos
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El 9 de marzo de 1811, a orillas del río Tacuarí, Manuel Belgrano enfrentó una de las situaciones más difíciles de su vida militar. La expedición enviada por la Junta de Buenos Aires al Paraguay había fracasado en su propósito inicial, sus fuerzas se encontraban disminuidas y el enemigo avanzaba para cerrarles el camino de retirada.
En medio de aquella jornada quedó grabada una imagen que atravesaría generaciones: la de un muchacho de doce años marchando junto a los soldados mientras batía su tambor. La tradición le dio un nombre, Pedro Ríos, y la memoria argentina lo recordaría para siempre como el Tambor de Tacuarí.
Su historia reúne documentos, recuerdos orales, reconstrucciones posteriores y poesía. Para comprenderla no alcanza con repetir la leyenda, pero tampoco resulta justo descartarla porque algunos de sus detalles no aparezcan en los partes militares. Es necesario internarse en la guerra, conocer el papel de los tambores y mirar la infancia con los ojos de una sociedad muy distinta de la nuestra.
El niño de Yaguareté-Corá
Pedro Ríos habría nacido en septiembre de 1798 en Yaguareté-Corá, actual ciudad de Concepción, provincia de Corrientes. Era hijo de Antonio Ríos, a quien las narraciones posteriores identificaron como un maestro rural de edad avanzada.
En noviembre de 1810, el ejército de Belgrano atravesó aquella población durante su marcha hacia el Paraguay. Según la tradición local, Pedro se presentó ante el general y le pidió incorporarse a la expedición. Belgrano habría rechazado inicialmente el pedido porque no quería llevar a un niño a la guerra.
El relato más difundido sostiene que Antonio Ríos intervino y pronunció una frase destinada a conmover a generaciones:
“La entrega de mi hijo es la única ofrenda que puedo hacer a la Patria”.
Estas palabras no aparecen en la documentación contemporánea a la campaña. Fueron recogidas mucho tiempo después por Francisco Atenodoro Benítez en Homenaje justiciero:
La estatua al Tambor de Tacuarí, publicado en 1930. Por eso deben presentarse como parte de la tradición construida alrededor del niño y no como una declaración comprobada documentalmente.
Belgrano finalmente habría aceptado su incorporación y lo habría destinado como acompañante de Celestino Vidal, un joven oficial con graves dificultades visuales. Pedro cumplía así una función concreta: servía como guía de Vidal durante las marchas y, al mismo tiempo, comenzaba a familiarizarse con los toques del tambor.
Un niño en un ejército de su tiempo
Contemplar hoy a un niño de doce años marchando hacia una guerra resulta incomprensible. Nuestra sociedad reconoce la infancia como una etapa que debe ser protegida y considera inadmisible la participación de menores en los conflictos armados. Sin embargo, trasladar directamente esa mirada a 1810 puede conducirnos a interpretar el pasado con normas y valores que todavía no existían.
Los ejércitos revolucionarios continuaban organizándose según las Reales Ordenanzas para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos, promulgadas por Carlos III en 1768. La Revolución había cambiado la legitimidad política, los símbolos y los objetivos de la lucha, pero no podía reemplazar de un día para otro todo el sistema militar heredado de la monarquía.
Aquellas Ordenanzas reconocían a los tambores como integrantes de las unidades y los sometían a la disciplina militar. No eran músicos contratados para acompañar ceremonias: recibían uniforme, participaban de las marchas, vivían en los campamentos y transmitían órdenes mediante toques reglamentarios.
Muchas de esas funciones eran desempeñadas por muchachos muy jóvenes. También existían cadetes, pífanos, lazarillos, asistentes y aprendices que ingresaban tempranamente en la vida militar. La frontera entre la niñez y el mundo adulto era mucho menos definida que en la actualidad, especialmente entre las familias humildes, cuyos hijos comenzaban a trabajar desde edades que hoy consideraríamos inadmisibles.
Por eso debe evitarse afirmar que las Ordenanzas autorizaban, de manera general, el reclutamiento de cualquier niño de doce años como soldado combatiente. La incorporación temprana se relacionaba principalmente con funciones auxiliares, musicales o formativas. Pedro Ríos no habría sido recibido inicialmente para cargar un fusil, sino para acompañar y guiar a Celestino Vidal.
Comprender este contexto no significa justificar que un niño terminara expuesto al fuego. Significa reconocer que la decisión de Belgrano debe ser evaluada dentro de una estructura militar y una concepción de la infancia diferentes de las actuales.
El tambor no era un instrumento musical
En los campos de batalla de comienzos del siglo XIX, la voz humana tenía un alcance limitado. El estruendo de los disparos, las explosiones de la artillería, los gritos, el humo y la extensión de las formaciones dificultaban la transmisión de las órdenes.
El tambor resolvía, al menos parcialmente, ese problema. Cada toque tenía un significado conocido por la tropa. Podía ordenar llamada, reunión, marcha, ataque, retirada, alto, oración o silencio. También regulaba la vida cotidiana del cuartel y marcaba distintos momentos del servicio.
El tamborilero debía permanecer cerca de los jefes, interpretar la orden recibida y convertirla en un sonido reconocible para toda la unidad. Su tarea exigía memoria, coordinación, disciplina y valor, porque durante el combate debía hacerse escuchar cuando los demás buscaban protección.
Por esa razón, el tambor no era una presencia decorativa ni un simple estímulo para levantar la moral. Constituía un verdadero sistema de comunicaciones. Cuando una formación comenzaba a desorganizarse, sus redobles podían transformarse en el último vínculo entre los soldados y el comandante.
Pedro Ríos no llevaba solamente un instrumento. Llevaba una voz capaz de atravesar el campo de batalla.
La expedición al Paraguay
La Primera Junta envió a Belgrano al Paraguay con la intención de conseguir el reconocimiento del nuevo gobierno establecido en Buenos Aires. La misión, concebida inicialmente como una combinación de presencia militar y persuasión política, pronto se convirtió en una campaña mucho más compleja.
Belgrano avanzó con una fuerza reducida, alejada de sus bases y con grandes dificultades para recibir soldados, armas, alimentos y municiones. Creía que una parte de la población paraguaya apoyaría los principios de la Revolución, pero encontró una resistencia organizada por el gobernador Bernardo de Velasco.
El 19 de enero de 1811, los ejércitos se enfrentaron en Paraguarí. Después de un avance inicial favorable, la dispersión y la confusión afectaron a las fuerzas de Belgrano, que debieron retirarse.
La tradición sostiene que allí Pedro tuvo su bautismo de fuego. Primero habría permanecido en la retaguardia, ayudando cerca del parque y del hospital de campaña. Cuando el tambor titular tomó un fusil para incorporarse al combate, el niño ocupó su lugar y comenzó a transmitir los toques.
No contamos con un parte contemporáneo que permita reconstruir individualmente su actuación. Sin embargo, el episodio resulta coherente con el funcionamiento de aquellos ejércitos, en los cuales las necesidades del combate obligaban a modificar funciones y cubrir rápidamente las bajas.
La posición del Tacuarí
Después de Paraguarí, Belgrano retrocedió hacia el sur y estableció una posición defensiva junto al río Tacuarí. Allí esperaba recibir refuerzos y preservar una cabecera que le permitiera sostener su presencia en territorio paraguayo.
Frente a él se concentraron las fuerzas comandadas por Manuel Atanasio Cabañas. Los paraguayos comprendieron que un ataque frontal contra la posición de Belgrano podía resultar costoso y prepararon una maniobra envolvente.
Durante la noche del 8 de marzo construyeron y utilizaron un paso aguas arriba. Mientras algunas fuerzas presionaban desde el río y el frente, la columna principal avanzó por un flanco que los hombres de Belgrano consideraban protegido por el terreno.
Al amanecer del 9 de marzo, el ataque se desencadenó desde varias direcciones. La sorpresa, la superioridad numérica paraguaya y la amenaza sobre la retaguardia colocaron al ejército revolucionario en una situación desesperada.
El redoble en medio del combate
Una parte de las fuerzas de Belgrano se dispersó o buscó refugio en los montes. Otro núcleo permaneció junto al comandante e intentó contener el avance para evitar la destrucción completa de la expedición.
Fue en ese momento cuando Bartolomé Mitre situó la imagen que dio origen a la leyenda. En su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, cuya primera edición apareció entre 1857 y 1859, describió a la infantería marchando:
“Al son del paso de ataque que batía con vigor un tamborcillo de doce años que era, al mismo tiempo, el lazarillo del comandante Vidal, que apenas veía”.
Mitre cerró el pasaje con una frase destinada a perdurar:
“Pues hasta los niños y los ciegos fueron héroes en aquella jornada”.
Esta es la referencia histórica más antigua conocida sobre el joven tambor. Mitre no lo llamó Pedro Ríos, no mencionó el diálogo con su padre ni describió las circunstancias de su muerte. Sin embargo, dejó asentado el núcleo del episodio: en Tacuarí habría actuado un tamborilero de doce años que también guiaba al comandante Celestino Vidal.
El hecho de que el relato apareciera varias décadas después obliga a tratarlo con prudencia, aunque no necesariamente a rechazarlo. Mitre conoció a protagonistas de la Independencia y reunió documentos, testimonios familiares y recuerdos orales que todavía circulaban entre quienes habían participado de las campañas.
La muerte de Pedro Ríos
Las versiones posteriores afirman que Pedro continuó batiendo el tambor mientras avanzaba junto a Vidal. En algún momento de la acción habría recibido dos disparos en el pecho y cayó gravemente herido.
También se atribuyó a Celestino Vidal un recuerdo estremecedor:
“Lo recuerdo y me estremezco. Me parece estar viéndolo impasible avanzar a mi lado”.
Según esa narración, Vidal abandonó momentáneamente la lucha para socorrerlo y siempre consideró que aquella detención le había salvado la vida, porque otros hombres que continuaron avanzando fueron abatidos.
Estos detalles no figuran en los partes inmediatos de Tacuarí y pertenecen a reconstrucciones posteriores. La documentación contemporánea tampoco registra a Pedro Ríos por su nombre. Esto no demuestra que no haya existido, pero obliga a diferenciar aquello que puede sostenerse desde las fuentes tempranas de lo que fue incorporando la tradición.
La ausencia de su nombre tampoco resulta extraordinaria. Los documentos militares conservaban con mayor facilidad los nombres de jefes y oficiales, mientras dejaban fuera a numerosos soldados, mujeres, niños, indígenas, afrodescendientes y auxiliares que también integraban las columnas.
La historia registró las decisiones de los comandantes. La memoria debió recuperar a quienes marchaban detrás de ellos.
Una derrota que preservó el honor
Tacuarí fue una derrota militar, pero no terminó con la aniquilación de las fuerzas de Belgrano. Rodeado y con un reducido número de hombres, el comandante sostuvo la resistencia el tiempo suficiente para negociar con Cabañas.
Los paraguayos permitieron que los sobrevivientes se retiraran con sus armas y parte de sus pertrechos. Belgrano aprovechó entonces el diálogo con los jefes enemigos para explicar los principios de la Revolución y proponer una relación basada en la unión, la confianza y el comercio.
Aquella conversación produjo un resultado que las armas no habían conseguido. Pocos meses después, los paraguayos desplazaron al gobernador Velasco e iniciaron su propio proceso revolucionario, aunque rechazaron quedar subordinados a Buenos Aires.
La campaña fracasó en su objetivo inmediato, pero contribuyó a movilizar el debate político dentro del Paraguay. Belgrano perdió las batallas de Paraguarí y Tacuarí, aunque sus ideas continuaron circulando cuando sus soldados ya habían cruzado nuevamente el Paraná.
Del testimonio a la memoria nacional
La escueta referencia de Mitre fue ampliándose con el paso de los años. La tradición correntina le dio al niño un nombre, un lugar de nacimiento, una familia y una historia personal. En 1930, Francisco Atenodoro Benítez reunió esas narraciones para impulsar un homenaje en Concepción.
Pero antes, en 1909, Rafael Obligado había convertido al tamborilero en poesía. Su composición El Tambor de Tacuarí fue recitada durante décadas por miles de alumnos y fijó en la imaginación nacional la figura del niño que continuaba batiendo el parche en medio del combate.
En 1912, el Consejo Nacional de Educación dispuso que su memoria fuera evocada en las escuelas. Monumentos, calles, establecimientos educativos, películas y canciones terminaron de consolidarlo como uno de los símbolos de la infancia durante la Independencia.
Esa construcción no debe ser interpretada simplemente como una falsificación. Las sociedades elaboran símbolos para representar valores y transmitir experiencias difíciles de conservar mediante una enumeración documental. El problema aparece cuando la poesía se presenta como parte militar o cuando la ausencia de un documento se utiliza para negar todo el episodio.
Pedro Ríos pertenece a ambos territorios: al de la historia que intenta comprobar y al de la memoria que busca no olvidar.
Una mirada desde el presente
Hoy no podemos contemplar sin dolor la imagen de un niño dentro de una guerra. Tampoco deberíamos convertir su muerte en una aventura atractiva ni utilizarla para naturalizar la participación infantil en los conflictos.
Sin embargo, sería igualmente erróneo juzgar a Belgrano como si hubiese actuado dentro de un ejército del siglo XXI. En 1810 seguían vigentes las estructuras, categorías y costumbres militares heredadas de la monarquía española. Muchachos muy jóvenes prestaban servicios como tambores, pífanos, guías, asistentes y cadetes.
Según la tradición, Belgrano no recibió a Pedro como combatiente, sino como compañero y lazarillo de un oficial que apenas podía ver. La guerra terminó llevándolo hacia una función más peligrosa, porque los límites entre la retaguardia y el combate podían desaparecer en cuestión de minutos.
Comprender aquellas circunstancias no significa absolver al pasado ni condenarlo. Significa reconstruirlo antes de juzgarlo. La historia pierde su sentido cuando se limita a aplicar valores actuales sobre sociedades que organizaban la vida, la infancia y la guerra de otra manera.
El sonido que la historia no pudo apagar
Nunca sabremos con certeza si Antonio Ríos pronunció la frase que le atribuye la tradición, si Pedro recibió exactamente dos disparos o cuáles fueron sus últimas palabras. Tampoco podemos asegurar cada detalle que la poesía y los homenajes agregaron a su vida.
Pero detrás de la leyenda permanece una referencia histórica poderosa: en Tacuarí, un tamborilero de doce años marchó junto a la infantería, batió el paso de ataque y sirvió de guía a un oficial con graves dificultades visuales.
No comandó ejércitos, no redactó proclamas ni ocupó cargos públicos. Llevaba un tambor y cumplía una función que los soldados comprendían. Cuando la formación comenzaba a quebrarse, su redoble ayudaba a transmitir una orden, mantener el paso y recordar que todavía existía una unidad.
La documentación casi perdió su nombre. La memoria se negó a perder su sonido.
Fuentes y bibliografía
Argentina. Instituto Nacional Belgraniano. (2020, 9 de marzo). Efemérides belgranianas: 09 de marzo, Batalla de Tacuarí. Argentina.gob.ar.
ttps://www.argentina.gob.ar/noticias/efemerides-belgranianas-09-de-marzo-batalla-de-tacuari
Belgrano, M. (1855). Autobiografía del general don Manuel Belgrano, que comprende desde sus primeros años hasta la Revolución del 25 de Mayo. En B. Mitre, Historia de Belgrano.
Benítez, F. A. (1930). Homenaje justiciero: La estatua al Tambor de Tacuarí. Corrientes, Argentina.
España. (1768). Ordenanzas de S. M. para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos. Oficina de Pedro Marín. Biblioteca Virtual de Defensa
Mitre, B. (1859). Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (Vol. 1). Imprenta de Mayo. Edición digital
Obligado, R. (1909). El Tambor de Tacuarí.
Paredes, R. A. (2022). Manuel Belgrano y el Paraguay: La diplomacia de campaña. Indicios. Revista del Archivo Histórico de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires




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