Las Amazonas de Juana Azurduy
- Roberto Arnaiz
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La historia suele recordar a Juana Azurduy como una mujer solitaria, montada a caballo y con el sable en la mano. La imagen es poderosa, pero incompleta. Detrás de aquella guerrera existió una organización popular formada por indígenas, mestizos, campesinos y mujeres que transformaron las montañas del Alto Perú en un territorio hostil para los ejércitos del rey.
Juana no se limitó a acompañar a Manuel Ascencio Padilla. Reclutó combatientes, organizó fuerzas, preparó ataques y ejerció el mando. Comprendió que para enfrentar a un ejército profesional no alcanzaba con el coraje. Era necesario conocer los caminos, obtener información, asegurar los alimentos y contar con el apoyo de la población.
Los Leales
Una de las fuerzas organizadas por Azurduy recibió el nombre de Los Leales. Estaba integrada principalmente por indígenas y mestizos, hombres nacidos en aquellas montañas que conocían cada sendero, cada río y cada desfiladero.
No tenían los uniformes impecables ni el armamento abundante de los realistas. Luchaban con las armas que podían conseguir: fusiles arrebatados al enemigo, lanzas, hondas, cuchillos y herramientas convertidas por necesidad en instrumentos de guerra.
Su mayor ventaja era el territorio. Podían aparecer de improviso, atacar una columna, apoderarse de sus armas y desaparecer entre los cerros. Allí donde un oficial español veía una montaña infranqueable, ellos encontraban un camino.
Los Leales participaron junto con las fuerzas patriotas en los años más difíciles de las campañas del Alto Perú. Después de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, cuando el Ejército del Norte debió retroceder, fueron las guerrillas locales las que mantuvieron encendida la revolución.
Las Amazonas
Juana también comandó un cuerpo de caballería integrado por unas veinticinco mujeres, conocido como Las Amazonas.
Eran indígenas, mestizas y criollas que habían dejado atrás la vida cotidiana para incorporarse a una guerra brutal. Montaban a caballo, trasladaban mensajes, protegían recursos y participaban en los ataques. Algunas conocían senderos que no figuraban en ningún mapa; otras podían ingresar en pueblos ocupados sin despertar las sospechas que habría provocado un soldado.
Pero reducirlas a mensajeras o auxiliares sería cometer una injusticia. Las Amazonas también combatieron.
Debieron aprender a dominar el caballo, manejar las armas y avanzar bajo el fuego enemigo. En una sociedad que reservaba la guerra para los hombres, aquellas mujeres no pidieron permiso. La necesidad de la libertad fue más fuerte que las costumbres de su tiempo.
No luchaban solamente contra los soldados del rey. También peleaban contra una estructura social que las consideraba incapaces de mandar, decidir y combatir.
Juana las condujo con el ejemplo. Compartió con ellas el cansancio, el hambre, las derrotas y el peligro. Su autoridad no provenía de un salón de gobierno ni de un apellido ilustre: nacía en el campo de batalla.
Los ojos y los oídos de la revolución
Aquella guerra no se libraba únicamente con fusiles y sables. La información podía decidir la suerte de una columna entera.
Era necesario saber cuántos soldados avanzaban, qué armas transportaban, dónde pasarían la noche y qué caminos pensaban utilizar. Esa información circulaba por medio de mujeres, campesinos, comerciantes, arrieros, indígenas y baqueanos. Un mensaje escondido entre las ropas, una conversación escuchada en una pulpería o las huellas encontradas en un sendero podían salvar centenares de vidas.
Las redes vinculadas a Azurduy y a las republiquetas operaban en el Alto Perú. Más al sur, el marqués de Yavi, Juan José Fernández Campero, controlaba un espacio estratégico entre Chichas y la Puna. En Jujuy y Salta, Martín Miguel y Macacha Güemes sostenían otra extraordinaria trama de observación y comunicaciones, en la que se destacaron las mujeres conocidas como Bomberas.
No era un servicio de inteligencia centralizado como los actuales. Era algo más rudimentario y, al mismo tiempo, más difícil de destruir: una extensa cadena de lealtades personales que atravesaba pueblos, haciendas, montañas y fronteras todavía inciertas.
La noticia del movimiento de una fuerza realista podía viajar desde el Alto Perú hacia la Puna y continuar hasta Jujuy y Salta. Cada eslabón conocía una parte del recorrido. Cada población era un puesto de observación. Todo el territorio parecía mirar al invasor.
Una bandera arrancada al enemigo
En 1816, cerca de El Villar, Juana encabezó un ataque contra una fuerza realista y logró arrebatarle su bandera. Aquella insignia no era un simple pedazo de tela: representaba la autoridad del rey y el honor de la unidad que la llevaba. Perderla significaba sufrir una de las mayores humillaciones militares.
La acción llegó a conocimiento de Manuel Belgrano. El 26 de julio de 1816, el general informó al gobierno sobre el valor de Azurduy y pidió que fuera recompensada. Poco después recibió el grado de teniente coronel.
Detrás de aquel reconocimiento también estaban quienes combatían junto a ella. Los nombres de la mayoría se perdieron. La historia guardó el de Juana, pero dejó en la penumbra a las mujeres que cabalgaron a su lado y a los indígenas y mestizos que formaron sus filas.
Un ejército nacido del pueblo
Las Amazonas y los Leales revelan la verdadera dimensión de Juana Azurduy. No fue solamente una mujer de coraje extraordinario. Fue una conductora capaz de organizar fuerzas populares, interpretar el territorio y convertir a los habitantes de la región en protagonistas de la revolución.
Su ejército no nació en los cuarteles. Surgió de las comunidades, de los campos y de los pueblos castigados por los abusos coloniales. Sus soldados no combatían por una recompensa segura. Lo hacían por una libertad que muchos de ellos no llegarían a conocer.
Las Amazonas desafiaron dos poderes al mismo tiempo: el del imperio español y el de una sociedad que pretendía mantener a las mujeres alejadas de la vida pública. Cabalgaron, espiaron, llevaron mensajes y empuñaron las armas. No fueron espectadoras de la Independencia. Fueron sus protagonistas.
A más de dos siglos, todavía ignoramos los nombres de muchas de ellas. Quizás allí resida la deuda más profunda de nuestra memoria histórica.
Juana Azurduy fue la figura que sobrevivió al olvido. A su alrededor marchó un pueblo entero. Entre aquellos combatientes estaban Los Leales y, cabalgando junto a ella, veinticinco mujeres que la posteridad recordaría con un nombre digno de su coraje:
Las Amazonas.
Bibliografía
Archivo General de la Nación. (1816, 26 de julio). Reconocimiento de Manuel Belgrano a la valentía de Juana Azurduy de Padilla [Documento, Sala X, legajo 23-2-3]. Reproducido por el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. https://institutorosas.cultura.gob.ar/noticia/reconocimiento-de-manuel-belgrano-a-la-valentia-de-juana-azurduy-de-padilla-tucuman-26-de-julio-de-1816-archivo-general-de-la-nacion-documentos-escritos-sala-x-legajo-23-2-3/
Gantier, J. (1973). Doña Juana Azurduy de Padilla. Editorial Don Bosco.
Mitre, B. (1887). Historia de Belgrano y de la independencia argentina (4.ª ed.). Félix Lajouane.
Museo Histórico Nacional. (2017, 6 de marzo). Juana Azurduy: la Revolución con olor a jazmín. Ministerio de Cultura de la Nación.
https://museohistoriconacional.cultura.gob.ar/noticia/juana-azurduy-la-revolucion-con-olor-a-jazmin/
O’Donnell, P. (1994). Juana Azurduy: la teniente coronela. Planeta.




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