Mariquita Sánchez: la mujer que eligió ser libre
- Roberto Arnaiz
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Antes de que existiera la Argentina, una adolescente perteneciente a una de las familias más acomodadas de Buenos Aires decidió enfrentarse a sus padres, a las costumbres y al orden jurídico colonial porque quería casarse con el hombre que amaba. Décadas después, aquella misma joven habría de convertirse en anfitriona de algunas de las tertulias más importantes de la Revolución, participar en la educación femenina, relacionarse con los grandes protagonistas de su tiempo y terminar viviendo en Montevideo durante buena parte del gobierno de Juan Manuel de Rosas.
La extensa vida de Mariquita Sánchez, nacida en 1786 y fallecida en 1868, permite recorrer buena parte del nacimiento de la Argentina desde una perspectiva singular. Conoció el Virreinato, las Invasiones Inglesas, la Revolución de Mayo, la Independencia, las guerras civiles, el rosismo, Caseros y la organización nacional. Cuando nació era súbdita del rey de España; cuando murió, Bartolomé Mitre ya había completado su presidencia.
Pero quizá lo más interesante no sea solamente cuánto tiempo vivió, sino cómo decidió vivirlo. Su existencia puede dividirse en tres grandes etapas: la joven que desafió las reglas de la Colonia por amor, la protagonista de la sociabilidad política nacida con la Revolución y la mujer madura que se alejó de Buenos Aires durante el rosismo sin renunciar jamás a opinar sobre el país que estaba naciendo.
Primera vida: desafiar a la Colonia
María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillo nació en Buenos Aires el 1.º de noviembre de 1786. Era hija única de una familia rica y prestigiosa: su padre, Cecilio Sánchez de Velasco, era un comerciante español de considerable fortuna, mientras que su madre, Magdalena Trillo, pertenecía también a un sector destacado de la sociedad porteña.
Su posición le permitió recibir una educación poco frecuente para muchas jóvenes de su época. Aprendió a leer, escribir, música, idiomas y aquellas habilidades consideradas necesarias para desenvolverse en los círculos más distinguidos. Sin embargo, existía una decisión fundamental sobre la cual esa formación no le otorgaba autonomía: la elección de su marido.
El matrimonio entre familias acomodadas constituía mucho más que una cuestión sentimental. Podía significar la unión de patrimonios, relaciones comerciales, prestigio y posición social. La legislación reforzaba además la autoridad de los padres sobre los hijos menores que pretendían casarse, de modo que una negativa familiar podía convertirse en un obstáculo difícil de superar.
Los padres de Mariquita tenían pensado para ella un matrimonio conveniente. El problema era que su hija ya había elegido.
Estaba enamorada de Martín Jacobo Thompson.
El amor llevado ante el virrey
La oposición familiar fue terminante. Thompson no era el candidato que los Sánchez de Velasco consideraban adecuado y el conflicto terminó desbordando las paredes de la casa. Mariquita fue separada de él y pasó incluso un período en la Casa de Ejercicios Espirituales, probablemente con la esperanza de que la distancia y la presión familiar terminaran doblegando su voluntad.
No ocurrió.
La pareja recurrió al llamado juicio de disenso, procedimiento previsto por el orden jurídico español para resolver los conflictos entre los jóvenes que pretendían contraer matrimonio y los padres que negaban su consentimiento. Lo extraordinario es que una muchacha de apenas diecisiete años estuviera dispuesta a llevar su decisión hasta las máximas autoridades del Virreinato.
El 10 de julio de 1804, Mariquita dirigió su petición al virrey Rafael de Sobremonte. En esencia, solicitaba que el Estado interviniera frente a la voluntad de su propia familia y le permitiera decidir con quién compartiría su vida. El episodio, visto desde nuestro tiempo, puede parecer una disputa privada; dentro de la sociedad colonial constituía un desafío mucho más profundo a la autoridad paterna y a las convenciones que regulaban el destino de las jóvenes.
Sobremonte autorizó finalmente el matrimonio. El 29 de julio de 1804, Mariquita Sánchez y Martín Thompson se casaron en la iglesia de La Merced.
Tenía diecisiete años y acababa de ganar la primera gran batalla de su vida. Faltaban todavía seis años para Mayo, pero su revolución personal ya había comenzado.
Segunda vida: de los salones a la Revolución
El matrimonio con Thompson coincidió con una época en que el mundo colonial comenzó a resquebrajarse. Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, la crisis de la monarquía española y los acontecimientos europeos modificaron aceleradamente la vida política del Río de la Plata. Cuando llegó la Revolución de Mayo de 1810, Mariquita tenía veintitrés años y pertenecía a uno de los círculos sociales donde las nuevas ideas encontraban terreno fértil.
Su casa se transformó en uno de los espacios de sociabilidad más conocidos de Buenos Aires. Allí se reunían militares, funcionarios, comerciantes, diplomáticos, músicos e intelectuales. Las tertulias no eran simples reuniones elegantes: en una época sin partidos políticos modernos ni medios de comunicación masivos, aquellos encuentros permitían intercambiar noticias, discutir proyectos y construir relaciones personales que podían terminar influyendo sobre los acontecimientos públicos.
Por sus salones circularon muchos de los nombres que luego ocuparían las páginas centrales de nuestra historia. Mariquita conoció y trató a Manuel Belgrano, José de San Martín, Bernardino Rivadavia, Juan Martín de Pueyrredón, Juan Manuel de Rosas y numerosos protagonistas de la política rioplatense. No podía votar ni desempeñar los cargos reservados a los hombres, pero eso no significaba que estuviera al margen de la política.
Su influencia pertenecía a otro mundo: el de las relaciones, las conversaciones, la correspondencia y la capacidad de reunir personas que difícilmente se habrían encontrado en espacios institucionales.
El Himno y una escena convertida en símbolo
Ninguna imagen quedó tan asociada a Mariquita como aquella que la muestra junto a un piano mientras un grupo de patriotas escucha por primera vez la canción que terminaría convirtiéndose en el Himno Nacional Argentino. La pintura realizada por Pedro Subercaseaux casi un siglo después contribuyó decisivamente a instalar la escena en la memoria colectiva.
La tradición sostiene que la Marcha Patriótica escrita por Vicente López y Planes, con música de Blas Parera, y aprobada por la Asamblea del Año XIII el 11 de mayo de 1813, fue interpretada en una tertulia celebrada en su casa. Sin embargo, no contamos con documentación contemporánea concluyente que permita afirmar que allí se produjo su primera ejecución ni que Mariquita haya sido quien la cantó.
La duda histórica no disminuye su importancia. Quizá la persistencia de aquella tradición se explique precisamente porque resultaba perfectamente verosímil que algo semejante ocurriera en su salón. Su casa era realmente uno de los lugares donde se encontraba buena parte del mundo político y cultural de la Revolución.
Reducir su vida a aquella escena, sin embargo, terminaría haciendo exactamente lo contrario de lo que pretendemos cuando la recordamos: convertir a una protagonista de su tiempo en una mujer sentada junto a un piano.
Mariquita fue mucho más.
La pérdida de Thompson
Con Martín Thompson tuvo cinco hijos: Clementina, Juan, Magdalena, Florencia y Albina. Mientras la familia crecía, Thompson desarrolló una importante actividad pública, fue capitán del puerto de Buenos Aires y terminó enviado a los Estados Unidos en una misión oficial.
Durante aquella misión comenzó a padecer graves problemas de salud. Su estado se deterioró y emprendió el regreso, pero murió en alta mar en 1819.
Para Mariquita debió de ser un golpe especialmente doloroso. Había desafiado a sus padres, soportado años de enfrentamientos y recurrido hasta el virrey para poder casarse con aquel hombre. Quince años después de haber conseguido hacerlo, Thompson ya no estaba.
En 1820 volvió a casarse, esta vez con el diplomático francés Jean-Baptiste Washington de Mendeville, con quien tuvo otros tres hijos: Julio, Carlos y Enrique. Pero aquella relación sería muy diferente de la primera. Las funciones diplomáticas de Mendeville lo mantuvieron durante largos períodos fuera del país y el matrimonio terminó distanciándose profundamente.
La joven que había luchado contra todo un sistema para ejercer el derecho a elegir a su marido descubría ahora otra cara de aquel mismo orden: era posible luchar para casarse, pero para una mujer resultaba muchísimo más difícil liberarse de un matrimonio que había dejado de funcionar.
La educación como otra forma de intervenir
En 1823, durante el gobierno de Martín Rodríguez y bajo el impulso de Bernardino Rivadavia, se creó la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, institución destinada a colocar bajo administración femenina numerosas tareas relacionadas con hospitales, escuelas, huérfanos y asistencia social.
Mariquita estuvo entre sus integrantes y ocupó posiciones relevantes dentro de la institución. El hecho puede parecer modesto desde nuestra perspectiva, pero representaba una novedad considerable. En una sociedad donde las mujeres carecían de derechos políticos y encontraban importantes restricciones jurídicas, la Sociedad de Beneficencia abrió un espacio institucional desde el cual algunas de ellas pudieron intervenir en asuntos públicos.
Mariquita comprendió rápidamente la importancia de la educación. No concebía la instrucción femenina simplemente como una preparación para ser buena esposa o administrar una casa, sino como una herramienta capaz de mejorar la sociedad. Esa preocupación la acompañaría durante buena parte de su vida y reaparecería en sus cartas y actuaciones públicas.
Para entonces ya no era solamente la joven de las tertulias revolucionarias. Se había convertido en una figura reconocida de Buenos Aires, con opiniones propias y una red de relaciones que atravesaba diferentes sectores políticos.
Y entonces apareció Rosas.
Tercera vida: una vieja amistad frente al poder
La relación entre Mariquita Sánchez y Juan Manuel de Rosas resulta mucho más compleja de lo que suele sugerir la fórmula que los presenta simplemente como enemigos. Se conocían desde hacía años, pertenecían a círculos sociales relacionados y mantuvieron un vínculo personal que sobrevivió incluso a profundas diferencias políticas.
Cuando Rosas se convirtió en la figura dominante de Buenos Aires, Mariquita ya era una mujer madura que había atravesado la Colonia, la Revolución y los primeros años de las guerras civiles. Al mismo tiempo comenzó a relacionarse con una generación mucho más joven de intelectuales que cuestionaba el régimen político existente.
Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, entre otros integrantes de la llamada Generación del 37, encontraron en ella una interlocutora capaz de comprender sus inquietudes. La diferencia de edad no constituyó un obstáculo. Mariquita conversaba, escribía y discutía con hombres que podían ser sus hijos porque conservaba algo que la había acompañado desde la adolescencia: la necesidad de pensar por sí misma.
A medida que la situación política se endureció, su posición se volvió incómoda. Muchos de sus amigos y allegados abandonaron Buenos Aires y Montevideo se convirtió en uno de los principales centros de la oposición al rosismo.
Mariquita terminaría siguiendo aquel camino.
¿Destierro o alejamiento?
Con frecuencia se afirma que Rosas desterró a Mariquita Sánchez. La realidad es más compleja. Entre 1837 y 1838 comenzó su prolongada vinculación con Montevideo, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que hubiera sido formalmente expulsada por el gobernador. Incluso regresó en distintas oportunidades a Buenos Aires durante los años del rosismo.
Por eso resulta más preciso hablar de exilio, emigración o alejamiento político, según el momento, antes que de una proscripción formal. Su residencia montevideana estuvo relacionada con el clima político de Buenos Aires, con sus vínculos familiares y con su cercanía a numerosos opositores.
Lo interesante es que la distancia no terminó con su participación en la vida argentina. Desde la otra orilla del Río de la Plata continuó escribiendo cartas, intercambiando opiniones y siguiendo con enorme atención los acontecimientos políticos.
La adolescente que en 1804 había utilizado una petición para defender su derecho a amar utilizaba ahora la escritura para defender otra libertad: la de pensar y decir lo que pensaba.
Las cartas: otra forma de hacer política
La correspondencia de Mariquita constituye una de las fuentes más ricas para conocer no sólo su personalidad, sino también el mundo rioplatense de la primera mitad del siglo XIX. En sus cartas aparecen la política, las relaciones familiares, la educación, las guerras, los hombres públicos, la situación de las mujeres y los cambios sociales que había presenciado.
No escribía como una historiadora que observa acontecimientos terminados, sino como alguien que estaba dentro de ellos. Conocía personalmente a muchos protagonistas, recibía noticias, opinaba sobre decisiones gubernamentales y mantenía vínculos con personas ubicadas en posiciones políticas diferentes.
Sus cartas permiten además observar algo que las instituciones de aquella época tendían a negar: las mujeres participaban de la política aun cuando legalmente estuvieran excluidas de ella. Lo hacían mediante relaciones familiares, tertulias, correspondencia, asociaciones y redes personales capaces de atravesar fronteras.
Mariquita convirtió ese espacio informal en su territorio.
El regreso
La derrota de Rosas en Caseros, el 3 de febrero de 1852, cerró una etapa de la historia argentina y también modificó la vida de Mariquita. Regresó definitivamente a una Buenos Aires muy distinta de aquella ciudad colonial donde había nacido sesenta y cinco años antes.
Continuó vinculada con la Sociedad de Beneficencia, con la educación y con los debates públicos. Para entonces se había convertido en una especie de memoria viviente de un mundo desaparecido. Había conocido personalmente a hombres de Mayo, presenciado las guerras de la Independencia, atravesado los conflictos entre unitarios y federales y contemplado desde Montevideo el largo gobierno de Rosas.
En sus últimos años escribió recuerdos sobre la vida colonial. Allí reconstruyó costumbres, relaciones familiares, vestidos, comidas, educación y formas de sociabilidad de aquella Buenos Aires de su juventud. Sus textos poseen un valor excepcional porque permiten observar un mundo generalmente narrado por hombres desde la mirada de una mujer que había vivido dentro de él.
Mariquita Sánchez murió en Buenos Aires el 23 de octubre de 1868, pocos días antes de cumplir ochenta y dos años.
La ciudad que dejó era irreconocible comparada con aquella en la que había nacido.
También lo era el país.
Tres vidas, una misma búsqueda
Hay una sorprendente coherencia detrás de las tres grandes etapas de su existencia. En la Colonia, desafió la autoridad familiar para elegir al hombre que amaba. Durante la Revolución, convirtió su casa y sus relaciones en espacios de participación, acompañó la transformación política y encontró en la educación una manera de ampliar la presencia femenina en la vida pública. Durante el rosismo, se alejó de Buenos Aires, se relacionó con una nueva generación de intelectuales y continuó interviniendo mediante sus cartas y opiniones.
No fue una guerrera como Juana Azurduy ni una combatiente como María Remedios del Valle. Tampoco encabezó gobiernos ni comandó ejércitos. Su batalla se libró en otro terreno: el derecho de una mujer a decidir sobre su propia vida y a participar de una sociedad que reservaba para los hombres casi todos los espacios de poder.
Por eso recordarla únicamente como “la dama en cuya casa se cantó el Himno” resulta insuficiente y, en cierto modo, injusto. Esa imagen agradable de una mujer junto a un piano termina ocultando a la adolescente que llevó a sus padres ante la autoridad colonial, a la anfitriona que reunió a protagonistas de la Revolución, a la educadora, a la corresponsal de los hombres del 37 y a la mujer que siguió discutiendo sobre política cuando muchos consideraban que esos asuntos no le correspondían.
Su vida comenzó bajo la autoridad de un rey y terminó en una Argentina que buscaba organizarse como nación. En esos ochenta y dos años cambió casi todo: gobiernos, fronteras, leyes, instituciones y formas de entender el país.
Hay algo, sin embargo, que permaneció.
Desde aquella muchacha de diecisiete años que se atrevió a pedirle al virrey permiso para casarse con el hombre que amaba hasta la anciana que escribía sobre política y educación, Mariquita defendió una misma convicción: nadie debía decidir por ella lo que ella podía decidir por sí misma.
Tal vez allí se encuentre su verdadera revolución.
Mariquita Sánchez de Thompson.
La mujer que eligió ser libre.
Fuentes y bibliografía
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Argentina. Ministerio de Cultura. Museo Histórico Nacional. (s. f.). Mariquita, una mujer tenaz. Museo Histórico Nacional.
Argentina. Secretaría General de la Presidencia. Museo Casa Rosada. (s. f.). María Sánchez de Thompson. Museo Casa Rosada.
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Gallo, K. (2004). Las invasiones inglesas. Eudeba.
González, J. M. (1952). Mariquita Sánchez y su tiempo. Buenos Aires.
Mizraje, M. G. (2003). Argentinas de Rosas a Perón. Biblos.
Pigna, F. (2011). Mujeres tenían que ser: historia de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras. Desde los orígenes hasta 1930. Planeta.
Sáenz Quesada, M. (1995). Mariquita Sánchez: vida política y sentimental. Sudamericana.
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Sánchez de Thompson, M. (2003). Intimidad y política: diario, cartas y recuerdos (M. Sáenz Quesada, Ed.). Adriana Hidalgo Editora.
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Zavalía Lagos, J. (1986). Mariquita Sánchez y su tiempo. Plus Ultra.




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