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María Remedios del Valle: mujer de fuego y acero


Perdió a su esposo y a sus dos hijos en la guerra. Recibió seis heridas graves de bala, cayó prisionera, fue azotada públicamente durante nueve días y estuvo siete veces en capilla, esperando una muerte que podía llegar en cualquier momento. Sobrevivió. Consiguió escapar. Y volvió a luchar.


Muchos años después, cuando los cañones habían callado y la patria comenzaba a construir el relato de sus héroes, María Remedios del Valle vivía en la pobreza en Buenos Aires. Su cuerpo conservaba las cicatrices de aquella guerra, pero el Estado parecía haber olvidado sus servicios.


Era mujer, afrodescendiente y pobre. Ninguna de esas condiciones facilitaba hacerse escuchar en la sociedad de comienzos del siglo XIX. Sin embargo, había conseguido algo extraordinario: ganarse el respeto de los soldados y el reconocimiento de Manuel Belgrano.


Esta es la historia de una mujer que sobrevivió a la guerra, a la pérdida de su familia, al cautiverio, a la tortura y, quizá, al enemigo más persistente de todos: el olvido.


Una familia rumbo a la guerra


María Remedios del Valle nació en Buenos Aires hacia la segunda mitad del siglo XVIII. Los documentos la identifican como “parda”, una de las denominaciones utilizadas entonces para las personas afrodescendientes dentro de una sociedad profundamente jerarquizada.

Después de la Revolución de Mayo, su vida quedó definitivamente ligada a la guerra. El 6 de julio de 1810 partió desde Buenos Aires la expedición destinada al Alto Perú y María Remedios marchó con aquellas fuerzas.

No iba sola. La acompañaban su esposo, un hijo propio y otro adoptivo. Este último aparece mencionado también como entenado y distintas reconstrucciones lo recuerdan como su hijo “del corazón”: no era hijo de sangre, pero formaba parte de su familia.

Los tres murieron durante las campañas revolucionarias.

No conocemos con suficiente certeza dónde cayó cada uno. Algunas versiones vinculan sus muertes con Huaqui, pero la documentación disponible no permite afirmarlo. Lo que sí quedó registrado fue que María Remedios había perdido en campaña a su esposo, su hijo propio y su hijo adoptivo.

Había salido de Buenos Aires con una familia.

La guerra la dejó sola.


La Capitana de Belgrano

María Remedios permaneció junto a las fuerzas patriotas después de las primeras derrotas. Cuando Manuel Belgrano asumió el mando del Ejército del Norte en 1812, llevaba casi dos años recorriendo caminos, asistiendo soldados y compartiendo las privaciones de aquel ejército.

Participó en las campañas que condujeron a las victorias de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, y Salta, el 20 de febrero de 1813. Su tarea excedió la asistencia a los heridos: colaboró con la tropa y llegó a intervenir activamente en las operaciones.

Su comportamiento llamó la atención de Belgrano, quien terminó reconociéndola como Capitana.

La importancia de aquella distinción sólo puede comprenderse observando la sociedad en la que vivía. María Remedios no pertenecía a una familia poderosa, no poseía fortuna ni llevaba un apellido capaz de abrirle las puertas del poder. Era una mujer afrodescendiente dentro de un ejército organizado y conducido casi exclusivamente por hombres.

Su autoridad no provenía de su nacimiento.

Se la había ganado en campaña.


De las victorias al desastre

Después de Tucumán y Salta, el Ejército del Norte volvió a internarse en el Alto Perú. Parecía que las grandes victorias podían cambiar definitivamente el curso de la guerra.

La esperanza duró poco.

El 1.º de octubre de 1813, Belgrano fue derrotado en Vilcapugio. Intentó reorganizar sus fuerzas, pero apenas seis semanas después, el 14 de noviembre, sufrió un nuevo desastre en Ayohuma.

María Remedios estuvo allí.

El coronel Hipólito Videla declararía años después que la conocía desde 1812 y que en Ayohuma la había visto herida de bala y caer prisionera de los realistas.

Pero el cautiverio no consiguió convertirla en una prisionera resignada.

Continuó luchando desde adentro.


Nueve días de azotes

María Remedios comenzó a colaborar con los patriotas cautivos. Los alimentaba, procuraba aliviar su situación, transportaba correspondencia y ayudaba a quienes intentaban escapar. También procuraba convencer a otros de continuar la resistencia contra los realistas.

Fue descubierta.

El castigo fue brutal.

La azotaron públicamente durante nueve días.

El azote era una pena corporal destinada no solamente a provocar dolor, sino también a humillar y servir de escarmiento. Los golpes podían desgarrar la piel, producir heridas y dejar cicatrices permanentes. En una persona debilitada por las marchas, el hambre, las heridas y el cautiverio, las consecuencias podían ser gravísimas.

No sabemos cuántos golpes recibió ni qué instrumento utilizaron. Tampoco necesitamos imaginarlo.

Conocemos algo mucho más contundente.

Las cicatrices permanecieron sobre su cuerpo durante el resto de su vida.


Siete veces en capilla

El expediente que presentaría años después conserva otra expresión estremecedora: María Remedios había estado “siete veces en capilla”.

No significa necesariamente que los realistas realizaran siete simulacros de fusilamiento. En el lenguaje de la época, estar en capilla significaba encontrarse ante la perspectiva inmediata de una ejecución, esperando una muerte que podía llegar en cualquier momento.

Siete veces atravesó aquella situación.

No sabemos qué ocurrió exactamente en cada ocasión. Tampoco qué pensó mientras esperaba. Los documentos guardan silencio y sería injusto llenar ese vacío con imaginación.

Sabemos el resultado.

Sobrevivió.

Consiguió escapar.

Y después hizo algo quizá todavía más difícil de comprender.

Volvió a la lucha.


Las seis heridas

La guerra había dejado otras señales.

Cuando años después reclamó el reconocimiento de sus servicios, quedó asentado que había recibido seis heridas graves de bala. Una de ellas puede vincularse documentalmente con Ayohuma gracias al testimonio de Videla; no sabemos con certeza dónde recibió las restantes.

A esa altura, María Remedios había perdido a su familia, sufrido heridas, cautiverio y castigos que pudieron costarle la vida. Sin embargo, continuó vinculada a las fuerzas revolucionarias.

No había fortuna esperando al final de la guerra.

No había tierras prometidas.

Ni siquiera podía saber si aquella revolución triunfaría.

Y siguió adelante.


La guerra terminó, el abandono comenzó

Los años pasaron. La Independencia fue declarada el 9 de julio de 1816 y las campañas posteriores terminaron por quebrar el dominio español en Sudamérica.

Para María Remedios, sin embargo, la victoria tuvo otro rostro.

Regresó a Buenos Aires sin esposo, sin hijos y sin fortuna. Su salud estaba deteriorada y terminó viviendo en condiciones de extrema pobreza.

La mujer que había sido reconocida como Capitana por Belgrano tenía ahora que conseguir ayuda para sobrevivir.

Hasta que decidió reclamar.


23 de octubre de 1826

Ese día comenzó otra batalla.

Ya no se libraría con fusiles.

El 23 de octubre de 1826, María Remedios del Valle inició una gestión para obtener el reconocimiento de sus servicios y de las pérdidas sufridas durante las campañas. La presentación fue realizada en su nombre por Manuel Rico.

Aquel expediente se convirtió en una fuente fundamental para reconstruir su vida. Allí quedaron registrados sus padecimientos, las heridas recibidas, el cautiverio, los azotes y la muerte de los tres hombres de su familia.

Pero contiene además una frase que permite comprender otra dimensión de su lucha.

La petición solicitaba que se reconocieran los derechos derivados de sus méritos:

“si su color no le hace indigna al derecho que le otorga al mérito y a las virtudes”.

La frase no pertenece a Viamonte. Formaba parte del escrito presentado en nombre de María Remedios.

Y resulta demoledora.

Después de haber enfrentado las balas realistas, perdido a su familia y soportado el cautiverio, todavía existía una pregunta: ¿podía el color de su piel pesar más que todo lo que había hecho por la patria?


Una Capitana en las calles de Buenos Aires

Existe una escena repetida por numerosas biografías de María Remedios. Cuenta que el general Juan José Viamonte, antiguo jefe del Ejército del Norte, caminaba por Buenos Aires cuando reconoció entre quienes pedían limosna a una mujer que había conocido muchos años antes en los campos de batalla.

Era María Remedios.

La imagen resulta extraordinaria: un general encontrando en la calle, reducida a la pobreza, a la Capitana que había conocido en la guerra.

Sin embargo, debemos ser prudentes.

No contamos con un documento contemporáneo que permita reconstruir con certeza cuándo ni cómo ocurrió aquel encuentro. Lo que sí está demostrado es que Viamonte conocía personalmente a María Remedios desde las campañas del Alto Perú y sabía que, años después, sobrevivía pidiendo ayuda en Buenos Aires.

Y cuando tuvo la oportunidad de hablar por ella, lo hizo.


Viamonte toma la palabra

El 18 de julio de 1828, el caso llegó al debate de la Sala de Representantes de Buenos Aires.

Viamonte tomó la palabra.

No estaba hablando de una mujer cuya historia conociera de oídas. Había compartido con ella las campañas del norte y sabía quién era.

Recordó sus servicios desde 1810 y señaló la pobreza en la que se encontraba. Pero agregó algo que ningún expediente podía transmitir con la misma fuerza.

María Remedios llevaba las pruebas sobre su cuerpo.

Viamonte afirmó que presentaba heridas de bala y cicatrices producidas por los azotes recibidos de los españoles. Después de tantos años, aquellas marcas seguían allí.

La mujer que Buenos Aires podía confundir con una mendiga había sido la Capitana de Belgrano.

Y su cuerpo todavía lo demostraba.


Cuando el cuerpo se convirtió en documento

Hay algo profundamente doloroso en aquella historia.

María Remedios había servido durante años al Ejército de la Revolución, pero para obtener reconocimiento debía demostrarlo. Habían pasado gobiernos, los ejércitos se habían reorganizado, muchos protagonistas habían muerto y parte de la documentación se había dispersado.

Pero las cicatrices permanecían.

La patria buscaba papeles.

María Remedios llevaba los suyos sobre la piel.

Las heridas de bala y las marcas del látigo se habían convertido, involuntariamente, en pruebas de una vida entregada a aquella misma nación que ahora debía decidir si la reconocía.

Su cuerpo era su expediente de guerra.


Finalmente, el reconocimiento

La intervención de los veteranos y el tratamiento legislativo permitieron que su situación comenzara a cambiar. La Sala de Representantes terminó concediéndole el sueldo correspondiente al grado de capitán de infantería, computado desde el 15 de marzo de 1827.

El 21 de noviembre de 1829, María Remedios fue ascendida a sargento mayor de caballería. Poco después, el 29 de enero de 1830, quedó incorporada a la Plana Mayor del Cuerpo de Inválidos con el sueldo correspondiente a su clase.

Habían pasado casi veinte años desde aquella mañana de 1810 en que salió de Buenos Aires rumbo al Alto Perú.

La patria finalmente comenzaba a pagar una parte de su deuda.

Pero su historia todavía guardaba un capítulo inesperado.


Rosas y Remedios

El 7 de marzo de 1835, Juan Manuel de Rosas inició su segundo gobierno de Buenos Aires.

Poco después, el 16 de abril, María Remedios fue destinada a la Plana Mayor Activa, conservando su jerarquía de sargento mayor. Su situación económica mejoró considerablemente y su remuneración llegó a 216 pesos.

Entonces ocurrió algo singular.

En las listas militares de noviembre de 1836, María Remedios del Valle comenzó a aparecer con otro nombre:

Remedios Rosas.

La explicación tradicional sostiene que adoptó el apellido del gobernador como demostración de gratitud por la mejora de su situación. Es posible, aunque no conservamos una declaración personal suya que explique los motivos de aquella decisión.

El cambio documental, en cambio, está registrado.

Durante los últimos años de su vida, la antigua Capitana de Belgrano figuró oficialmente como Remedios Rosas.

Dos personajes que la historia argentina suele colocar en capítulos diferentes quedaron así unidos, inesperadamente, por la vida de una misma mujer.


El último recibo

El 28 de octubre de 1847, Remedios Rosas recibió su último haber registrado: 216 pesos.

Habían pasado treinta y siete años desde que salió de Buenos Aires acompañada por su esposo y sus dos hijos rumbo a una guerra cuyo final ninguno podía imaginar.

Pocos días después, el 8 de noviembre, las listas militares registraron su baja por fallecimiento:

“El mayor de caballería Dña. Remedios Rosas falleció”.

Terminaba una vida extraordinaria.

La mujer que había salido a la guerra con su familia moría finalmente reconocida dentro de la estructura militar.


Mujer de fuego y acero

Durante demasiado tiempo contamos la Independencia mediante generales, batallas y grandes decisiones políticas. Era necesario, pero insuficiente.

Los ejércitos también fueron sostenidos por miles de personas cuyos nombres apenas sobrevivieron: mujeres, indígenas, afrodescendientes, soldados anónimos, baqueanos, enfermeras, lavanderas y familias enteras.

María Remedios del Valle consiguió escapar de ese anonimato porque quedaron testimonios, porque algunos de sus antiguos compañeros todavía vivían y porque sobrevivió un expediente.

Pero también porque su propio cuerpo conservó aquello que los papeles habían perdido.

En 2013, la Ley 26.852 estableció el 8 de noviembre, en su homenaje, como Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro.

Casi dos siglos habían transcurrido.

Belgrano la reconoció como Capitana.

Los realistas la hicieron prisionera, la azotaron durante nueve días y la tuvieron siete veces en capilla.

La guerra le quitó a su esposo y a sus dos hijos.

Viamonte levantó su voz cuando aquella veterana sobrevivía en la pobreza.

Rosas mejoró su situación y durante sus últimos años apareció en los documentos como


Remedios Rosas.

Pero quizá ningún grado, ley ni monumento alcance para explicar quién fue realmente.

Porque antes de convertirse en símbolo fue una mujer de carne y hueso. Una mujer que amó, perdió, sangró, fue torturada, esperó la muerte y volvió a levantarse.

La guerra pudo quitarle su familia.

Los azotes pudieron marcarle el cuerpo.

La pobreza pudo llevarla a pedir ayuda.

El olvido pudo condenarla durante años.

Pero ninguno consiguió borrar su nombre.


María Remedios del Valle.

Mujer de fuego y acero.

 

 

Fuentes y bibliografía

Argentina. Congreso de la Nación. (2013). Ley 26.852. Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro. Boletín Oficial de la República Argentina.

Argentina. Honorable Cámara de Diputados de la Nación. (2013). Proyecto de ley: Monumento en homenaje a María Remedios del Valle. Cámara de Diputados de la Nación.

Buenos Aires. Sala de Representantes. (1828). Diario de sesiones de la Honorable Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires (Sesión del 18 de julio de 1828).

Guzmán, F. (2016). María Remedios del Valle. “La Capitana”, “Madre de la Patria” y “Niña de Ayohuma”. Historiografía, memoria y representaciones en torno a esta figura singular. Nuevo Mundo Mundos Nuevos.

Guzmán, F. (2018). María Remedios del Valle y las niñas de Ayohuma. Representaciones y memoria de las mujeres afrodescendientes en la Argentina. En trabajos sobre población afrodescendiente, género y construcción de la memoria histórica.

Instituto Nacional de Asuntos Indígenas & Secretaría de Derechos Humanos. (s. f.). María Remedios del Valle: Madre de la Patria. Gobierno de la República Argentina.

Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo. (s. f.). María Remedios del Valle, la Madre de la Patria. Ministerio de Cultura de la Nación.

Museo Casa Histórica de la Independencia. (s. f.). María Remedios del Valle: la Capitana de la Patria. Ministerio de Cultura de la Nación.

Provincia de Buenos Aires. Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual. (s. f.). María Remedios del Valle. Gobierno de la Provincia de Buenos Aires.

Rico, M. (1826, 23 de octubre). Solicitud en favor de María Remedios del Valle por sus servicios prestados durante las campañas de la Independencia [Expediente administrativo].

Viamonte, J. J. (1828, 18 de julio). Intervención en la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires. En Diario de sesiones de la Honorable Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires.

 


 
 
 

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