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JOSÉ IGNACIO RUCCI: EL ASESINATO QUE PARTIÓ AL PERONISMO

hace 6 horas
10 min de lectura

El 25 de septiembre de 1973, dos días después del triunfo electoral de Juan Domingo Perón, el secretario general de la CGT fue asesinado frente a su casa. Su muerte expuso una disputa que había crecido durante el exilio y que el regreso del líder ya no podía contener.


El martes 25 de septiembre de 1973, José Ignacio Rucci se preparaba para salir de su casa de la avenida Avellaneda, en el barrio porteño de Flores. Iba a grabar un mensaje para televisión. Perón acababa de ganar las elecciones presidenciales y, después de casi dieciocho años de exilio, estaba a punto de volver al gobierno. Rucci había trabajado durante años para ver ese momento.


Aquella mañana conversó con su jefe de prensa, tomó unos mates que le cebó su esposa, Nélida Blanca Vaglio, a quien llamaban Coca, y se ocupó de unos arreglos de la casa. Le pidió al albañil que se apurara: el domingo siguiente cumpliría años su hijo Aníbal y quería festejarlo con un asado. Había recibido amenazas, pero sus planes todavía incluían el cumpleaños de su hijo.


Varios automóviles lo esperaban sobre la avenida. Los custodios ocupaban sus puestos alrededor del vehículo de la CGT. A pocos metros, en una vivienda vecina, los atacantes aguardaban detrás de las ventanas del primer piso. Según la investigación de Reato, habían reducido a la propietaria de la casa para instalarse allí. Desde esa posición tenían a la vista la vereda y el lugar donde Rucci debía subir al coche.


A las 12:10 comenzó el ataque. Un disparo de escopeta y una ráfaga sorprendieron a la custodia. También se disparó un fusil desde la casa vecina. Rucci fue alcanzado en el cuello y cayó junto al automóvil, sin llegar a abrir la puerta. Sus custodios respondieron sin poder identificar de inmediato de dónde provenía el fuego. Ramón Rocha recibió un disparo y el chofer Abraham Muñoz resultó herido. La emboscada había durado segundos.


Numerosas crónicas señalan que el cuerpo de Rucci presentaba 23 impactos de bala. Otras reconstrucciones hablan de 25 heridas. Son recuentos publicados diferentes y, sin examinar directamente la documentación forense, no corresponde presentar uno como definitivo. La discrepancia no altera la naturaleza del hecho: el secretario general de la CGT fue acribillado a plena luz del día, frente a la casa donde quedaban su esposa y sus hijos. Una crónica consigna 23 impactos; Reato menciona 25 heridas.


Tenía 49 años. Su muerte golpeó a Perón antes de que asumiera la presidencia y dejó a su familia ante una pérdida irreparable. Para comprender por qué alguien decidió matarlo hay que volver al tiempo en que el peronismo luchaba por terminar con la proscripción.

 

El hombre de los sindicatos


Rucci había nacido el 15 de marzo de 1924 en Alcorta, provincia de Santa Fe. Obrero metalúrgico, desarrolló su carrera en la Unión Obrera Metalúrgica y ganó protagonismo después del derrocamiento de Perón en 1955. Durante los años de proscripción, los sindicatos fueron uno de los espacios desde los que el peronismo conservó organización y presencia pública. Rucci creció políticamente en ese mundo.


Ocupó cargos en la UOM, entre ellos responsabilidades en la seccional de San Nicolás, y en 1970 llegó a la secretaría general de la CGT. Era un dirigente formado en negociaciones y conflictos sindicales. Defendía organizaciones obreras fuertes, una conducción reconocida y la lealtad a Perón. Sus adversarios cuestionaban el poder de esa dirigencia y el escaso espacio que, a su juicio, dejaba a nuevas corrientes. La UOM de Paraná resume su trayectoria gremial.


Para Perón, Rucci era un aliado capaz de reunir a los sindicatos detrás de una estrategia nacional. Su cercanía quedó plasmada en la conocida fotografía en la que sostiene un paraguas sobre la cabeza del líder durante uno de sus regresos a la Argentina. La imagen adquirió fuerza simbólica, aunque el vínculo tenía consecuencias mucho más concretas: cuando Perón pudiera gobernar, necesitaría el respaldo de la CGT.

 

Lo que Perón alentó durante el exilio


Montoneros surgió como organización armada en 1970. Entre sus integrantes confluyeron militantes provenientes del nacionalismo católico, de la izquierda peronista y de otras experiencias políticas. Algunas trayectorias estuvieron vinculadas con desprendimientos de Tacuara, pero ese antecedente no explica por sí solo el origen de toda la organización.


La proscripción del peronismo y las dictaduras militares fueron decisivas para su formación. Montoneros entendió la lucha armada como un camino hacia el regreso de Perón y hacia una transformación revolucionaria de la sociedad. Perón, desde Madrid, le otorgó reconocimiento político.


Su carta a Montoneros del 20 de febrero de 1971 es especialmente reveladora. En ella elogió sus acciones y negó que el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu hubiera perjudicado sus planes. También incluyó a los grupos armados dentro de una estrategia más amplia de confrontación con la dictadura, junto con la acción sindical y la actividad política. La carta está disponible íntegra en este archivo.


Aquel respaldo no fue una promesa documentada de entregarles el gobierno ni de aplicar el programa socialista que defendían. Pero sí contribuyó a legitimarlos dentro del peronismo. Montoneros podía considerar que su esfuerzo y sus muertos le daban derecho a participar de manera decisiva en la etapa que vendría. Perón, por su parte, reunía fuerzas para poner fin a la proscripción sin ceder la conducción del movimiento.


Mientras el objetivo común era lograr su regreso, esa diferencia podía quedar pendiente. Una vez abierta la posibilidad de gobernar, pasó al primer plano.

 

El regreso abrió la disputa por el poder


Montoneros esperaba que el retorno de Perón impulsara el «socialismo nacional». Aspiraba a ampliar el poder de sus organizaciones, transformar las estructuras económicas y desplazar a los dirigentes sindicales que consideraba burocráticos. Había contribuido a la lucha contra la dictadura y no quería quedar relegado al papel de acompañante.


Perón buscaba conducir un movimiento mucho más amplio. Su proyecto incluía a los sindicatos, los empresarios, los gobiernos provinciales y distintas corrientes políticas bajo la autoridad del Estado. La CGT dirigida por Rucci era esencial para esa tarea. Lo que Montoneros veía como un obstáculo, Perón lo consideraba una base para gobernar.


La distancia empezó a hacerse visible antes de que Perón ganara la presidencia. En abril de 1973, Rodolfo Galimberti, dirigente de la Juventud Peronista, propuso crear milicias populares. Perón lo desautorizó y lo apartó de su función. El episodio mostró que no aceptaría que una corriente del movimiento decidiera por su cuenta cómo organizar la fuerza armada. Una reconstrucción de la trayectoria de Galimberti examina aquella desautorización.


¿Se sintieron traicionados los montoneros? Para muchos de sus militantes, el reconocimiento recibido durante el exilio prometía un lugar mayor en el futuro gobierno. Cuando Perón empezó a afirmar otras alianzas, interpretaron que ese lugar se les negaba. Esa percepción ayuda a comprender sus decisiones, pero no prueba que Perón hubiera prometido entregarles la conducción ni explica por sí sola por qué eligieron continuar actuando mediante las armas.

 

Ezeiza y el Pacto Social


El 20 de junio de 1973, una multitud acudió a recibir a Perón en su regreso definitivo. La jornada terminó en violencia en Ezeiza. Las facciones peronistas competían por el control del acto y por la cercanía con el líder. Cuando columnas de la juventud se aproximaron al palco, fueron atacadas a tiros; hubo muertos y numerosos heridos. Una reconstrucción del episodio examina la organización del palco y la violencia de aquella jornada.


Rucci pertenecía a la conducción sindical enfrentada con la izquierda peronista y había participado en la organización política del recibimiento. Su posición en esa disputa no permite afirmar, sin pruebas específicas, que dirigiera personalmente los disparos. Ezeiza profundizó la desconfianza entre los sectores del movimiento y convirtió el regreso de Perón en una demostración pública de su fractura.


En los meses siguientes, la salida de Héctor Cámpora de la presidencia y la creciente centralidad de los sindicatos reforzaron entre los montoneros la impresión de que perdían influencia. La discusión alcanzó también al programa económico.


El Pacto Social reunió al gobierno, la CGT y las entidades empresariales con el propósito de ordenar precios y salarios, contener la inflación y favorecer la producción. Para Perón, era una herramienta de gobierno; para Rucci, confirmaba el lugar de los sindicatos en las decisiones nacionales. Montoneros fue cuestionando cada vez más la autoridad de esa conducción sindical y las restricciones a los reclamos de los trabajadores. Su posición pasó gradualmente de la aceptación al rechazo: no se opuso al pacto de manera uniforme desde el primer día. Una investigación académica estudia esa evolución entre 1973 y 1974.


La confrontación económica escondía una disputa por la representación. Si Rucci hablaba por el movimiento obrero desde la CGT, el espacio desde el que Montoneros y la Juventud Trabajadora Peronista pretendían intervenir quedaba limitado. Rucci se convirtió así en un adversario político de enorme importancia para la organización.

 

Un asesinato después de la victoria


El domingo 23 de septiembre de 1973, Perón ganó las elecciones presidenciales con más del 61 % de los votos (Presidente de la Argentina era Raúl Lastiri). La amplitud de su triunfo no resolvió la lucha interna. Dos días más tarde, Rucci cayó asesinado en Flores.


El atentado fue preparado para aprovechar el momento en que quedara expuesto entre la puerta de su casa y el automóvil. La presencia de custodios no impidió que los tiradores, protegidos en la vivienda vecina, abrieran fuego primero. Su muerte eliminó al hombre que Perón necesitaba al frente de la CGT cuando estaba por iniciar su presidencia.


Montoneros no asumió públicamente la autoría de inmediato. En 1975, el número 5 de su revista Evita Montonera incluyó la muerte de Rucci entre las acciones de la organización. Investigaciones periodísticas atribuyeron la conducción del comando a Julio Iván Roqué, conocido como «Lino». Es necesario distinguir esa reconstrucción de una sentencia judicial que establezca la responsabilidad individual de todos los participantes. El número de Evita Montonera se conserva en un archivo documental; Reato expone su investigación sobre los ejecutores.

Diversos investigadores interpretan el crimen como un intento de presionar a Perón: al demostrar que podían matar a su principal aliado sindical, los responsables buscaban que reconociera el peso de Montoneros en el reparto del poder. Esa explicación del posible propósito político no equivale a una justificación ni permite conocer con certeza el razonamiento de cada participante. El resultado, en cualquier caso, fue el contrario al de una negociación: Perón perdió a un colaborador cercano y su relación con la organización se agravó.

 

Del velatorio a la Plaza de Mayo


Perón asistió al velatorio de Rucci y lloró ante su féretro. Expresó que aquellos disparos también habían sido dirigidos contra él. La pérdida era personal, pero tenía además un efecto inmediato sobre el gobierno que estaba por formar: Rucci había sido un hombre de confianza y un sostén de su alianza con los sindicatos. La investigación de Reato recoge la escena del velatorio y las palabras atribuidas a Perón.


La reacción política no esperó al enfrentamiento público de 1974. El 1 de octubre de 1973, el Consejo Superior Peronista emitió un documento reservado que mencionaba el asesinato de Rucci y llamaba a combatir la llamada «infiltración marxista». El texto muestra la rapidez con que la disputa entró en una fase más dura. Perón asumió la presidencia el 12 de octubre. Puede consultarse la transcripción del documento del Consejo Superior Peronista.


La ruptura, sin embargo, no se produjo en un solo día. A comienzos de 1974, diputados vinculados con la Juventud Peronista se opusieron a la reforma del Código Penal impulsada por el gobierno. Todavía en febrero, Mario Firmenich hablaba públicamente de discutir con Perón el lugar de la juventud dentro del movimiento y el rumbo político del país. Su conferencia de prensa está conservada por CeDeMA.


El 1 de mayo de 1974, esa disputa quedó expuesta en la Plaza de Mayo. Durante el acto por el Día del Trabajador, columnas vinculadas a Montoneros lanzaron consignas contra funcionarios y dirigentes sindicales. Perón respondió desde el balcón de la Casa Rosada, defendió a quienes habían sostenido al movimiento durante la proscripción e increpó a los jóvenes que cuestionaban su conducción. Parte de las columnas se retiró mientras él continuaba hablando. Educ.ar conserva material sobre el discurso y la retirada.


El líder por cuyo regreso habían luchado los rechazaba públicamente; ellos abandonaban el acto convocado para escucharlo. Habían pasado poco más de siete meses desde la muerte de Rucci. La violencia de Ezeiza, la disputa por el Pacto Social, el asesinato y los enfrentamientos posteriores habían llevado al movimiento hasta aquella escena.

 

La clandestinidad llegó después de Perón


Perón murió el 1 de julio de 1974. Montoneros no anunció su paso a la clandestinidad durante su presidencia ni inmediatamente después del acto de mayo. Distinguir esas fechas permite entender quiénes protagonizaron cada etapa.


Tras la muerte de Perón asumió María Estela Martínez de Perón. La confrontación se agravó en un clima de atentados, persecución política y ataques de la Triple A contra militantes y dirigentes de izquierda. Montoneros conservaba una estructura armada, pero mantenía también espacios de actuación pública.


El 6 de septiembre de 1974, su conducción anunció el regreso formal a la clandestinidad. Mario Firmenich presentó la decisión como respuesta al rumbo del gobierno. A partir de entonces, la organización volvió a situar la lucha armada en el centro de su actuación. El asesinato de Rucci, la ruptura pública con Perón y ese anuncio forman parte de un mismo proceso, aunque ocurrieron en momentos diferentes y bajo gobiernos distintos. La investigación sobre Montoneros y el Pacto Social registra la fecha del anuncio.

 

La vida que quedó detrás de la disputa


Rucci fue un dirigente con poder, adversarios y decisiones políticas que pueden discutirse. Su trayectoria pertenece a la historia del sindicalismo argentino y admite un examen crítico. También fue un hombre asesinado al salir de su casa. Su esposa y sus hijos tuvieron que vivir con las consecuencias de una operación concebida para intervenir en una lucha por el poder.


Perón tampoco queda fuera de esa historia. Durante el exilio había dado respaldo político a Montoneros y a la lucha armada contra la dictadura. Cuando recuperó la posibilidad de gobernar, defendió un proyecto que no coincidía con las aspiraciones de la organización. Esa contradicción contribuyó a la ruptura; la decisión de asesinar a Rucci correspondió a quienes prepararon y ejecutaron el atentado.


La muerte del secretario general de la CGT no resolvió la disputa. Perón perdió a uno de sus principales aliados; Montoneros no obtuvo la influencia que buscaba; la confrontación continuó hasta la ruptura pública y el regreso de la organización a la clandestinidad. En la vereda de la avenida Avellaneda quedó, además, una familia a la que ninguna interpretación política podía devolverle al esposo y al padre.


Aquella mañana Rucci pensaba en un mensaje sobre el triunfo electoral y en el cumpleaños de Aníbal. No llegó a grabar el mensaje ni a celebrar el asado. Su asesinato recuerda hasta dónde puede llegar una disputa cuando sus protagonistas aceptan que las armas decidan lo que la política no consigue acordar.

 

Fuentes consultadas




 
 
 

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