Juana Azurduy: la mujer que siguió combatiendo después de perderlo todo
- Roberto Arnaiz
- hace 3 horas
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Hay personas cuya valentía puede medirse por las batallas que ganaron. La de Juana Azurduy debe medirse también por todo lo que perdió sin abandonar la lucha.
Fue guerrillera, reclutadora, estratega y conductora de hombres y mujeres. Combatió en los valles y montañas del Alto Perú, organizó fuerzas indígenas, participó en acciones contra los ejércitos realistas y capturó uno de sus estandartes.
En medio de aquella guerra murieron sus cuatro hijos. Después perdió a su esposo, Manuel Ascencio Padilla, capturado y decapitado por el enemigo.
Juana continuó combatiendo.
No fue una acompañante de los ejércitos de la independencia. Tampoco una figura decorativa colocada muchos años después junto a los grandes hombres de Mayo.
Fue una de sus jefas.
Una mujer de Chuquisaca
Juana Azurduy nació en Chuquisaca, la actual ciudad boliviana de Sucre, en 1780. Creció entre la ciudad y las propiedades rurales de su familia, en contacto directo con las comunidades indígenas de la región.
Aprendió quechua y aymara, se convirtió en una extraordinaria jinete y conoció los caminos, las quebradas y los valles por los que años más tarde conduciría a sus guerrilleros.
Quedó huérfana siendo joven y fue enviada a un convento. Su temperamento y su resistencia a la disciplina religiosa terminaron alejándola de aquella vida.
En 1805 se casó con Manuel Ascencio Padilla. Tuvieron cuatro hijos: Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes.
La revolución iniciada en Chuquisaca en 1809 transformó definitivamente a la familia. Padilla se incorporó a la causa emancipadora y Juana lo acompañó, no como una esposa que observaba desde la retaguardia, sino como una combatiente.
La casa dejó paso al campamento. Los hijos crecieron entre marchas, disparos, caballos y huidas.
La independencia no era todavía una fecha impresa en los manuales.
Era hambre, barro y pólvora.
La guerra de las republiquetas
Después de las derrotas de los ejércitos rioplatenses en el Alto Perú, la resistencia quedó en manos de fuerzas guerrilleras sostenidas por las poblaciones locales.
Estos grupos controlaban territorios dispersos y hostigaban constantemente a las tropas realistas. Atacaban destacamentos, interceptaban comunicaciones, obtenían armas y alimentos y después desaparecían entre los cerros.
Bartolomé Mitre llamó a aquella lucha la “guerra de las republiquetas”.
Los Padilla encabezaron la resistencia en la región de La Laguna, Tarabuco, Pomabamba, Tarvita, Presto y El Villar. Conocían el territorio y contaban con el apoyo de indígenas y campesinos.
Juana recorría las comunidades hablando con sus habitantes en sus propias lenguas. Reunía hombres, obtenía provisiones y transmitía una convicción que resultaba difícil rechazar: aquellas tierras podían dejar de pertenecer al rey.
Organizó un batallón conocido como Los Leales y, además, un cuerpo de caballería integrado por mujeres, recordado como Las Amazonas. Algunas cumplían tareas de enlace, espionaje y abastecimiento; otras combatían a caballo y participaban directamente en los ataques.
Fueron recordadas como las Amazonas de Juana Azurduy.
No llevaban la guerra en bandejas de plata ni bordaban banderas mientras los hombres peleaban. Entraban en combate.
La derrota de Huaqui
En 1811, las fuerzas patriotas sufrieron una grave derrota en Huaqui. Los realistas recuperaron posiciones, persiguieron a los revolucionarios y confiscaron las propiedades de los Padilla.
Juana y sus cuatro hijos fueron apresados. Manuel Ascencio consiguió liberarlos y la familia huyó hacia las alturas de Tarabuco.
Desde entonces vivieron en constante movimiento. Debían cambiar de refugio, evitar patrullas, conseguir alimentos y proteger a los niños mientras organizaban nuevos ataques.
La vida familiar quedó sometida a la guerra.
No existía una separación clara entre el hogar y el campo de batalla porque el hogar ya no existía.
Belgrano y los guerrilleros del Alto Perú
En 1812, Manuel Belgrano asumió la conducción del Ejército del Norte. Los Padilla colaboraron con sus fuerzas y aportaron un conocimiento que ningún mapa militar podía ofrecer.
Juana se destacó por su capacidad para reclutar combatientes y reunir recursos entre las comunidades indígenas. Su presencia permitía movilizar a poblaciones que desconfiaban de los oficiales llegados desde Buenos Aires.
El vínculo con Belgrano fue importante. El general comprendió que la resistencia altoperuana no era una fuerza secundaria. Sus guerrillas podían inmovilizar tropas realistas, cortar comunicaciones y dificultar el avance hacia las provincias del norte.
Después de las derrotas patriotas en Vilcapugio y Ayohuma, el Ejército del Norte debió retirarse.
Los Padilla permanecieron.
Los ejércitos regulares se marchaban. Los habitantes del Alto Perú no podían hacerlo. La guerra continuaba sobre sus casas, sus cultivos y sus familias.
El precio de la resistencia
En 1814, el general realista Joaquín de la Pezuela intensificó la persecución contra las fuerzas de Juana y Padilla.
La familia tuvo que separarse. Padilla continuó las operaciones guerrilleras mientras Juana buscó refugio con sus hijos en el valle de Segura, una región húmeda, selvática y afectada por enfermedades transmitidas por mosquitos.
Los niños estaban debilitados por el hambre, el frío y las marchas.
Manuel y Mariano enfermaron y murieron. Poco después murieron también Juliana y Mercedes.
En un breve período, Juana perdió a sus cuatro hijos.
No tuvo una casa donde velarlos ni un cementerio familiar donde dejarlos. La persecución continuaba y cada día de permanencia aumentaba el peligro de ser descubierta.
La guerra se había llevado a los cuatro niños sin dispararles una bala.
Aquella tragedia habría bastado para destruir a cualquier persona. Juana, además, estaba nuevamente embarazada.
Continuó junto a las fuerzas guerrilleras y participó en las operaciones de aquel año. Poco después nació Luisa, la quinta hija del matrimonio y la única que sobreviviría a la guerra.
Juana había enterrado a cuatro hijos y acababa de traer otra vida a un mundo dominado por el hambre, la persecución y la muerte.
Y siguió combatiendo.
El cerro de las Carretas
En agosto de 1814, los realistas atacaron las posiciones guerrilleras en el cerro de las Carretas.
Las fuerzas de Padilla y Azurduy estaban compuestas principalmente por indígenas armados con lanzas, hondas y las pocas armas de fuego capturadas al enemigo. Frente a ellos avanzaban tropas profesionales mejor equipadas.
El combate fue sangriento. Los patriotas sufrieron numerosas bajas y debieron retirarse.
Allí murió Juan Huallparrimachi, joven guerrillero, baqueano y poeta que se había convertido en uno de los colaboradores más cercanos de los Padilla.
La muerte volvió a rodear a Juana.
Había perdido a sus hijos. Perdía ahora a uno de sus combatientes más queridos. Y aun así la guerrilla no se disolvió.
Los realistas ganaban posiciones, pero no conseguían terminar con la resistencia.
Cada vez que creían haber destruido a los Padilla, los guerrilleros reaparecían en otra quebrada.
Una guerra sin descanso
Durante los años siguientes, Juana participó en numerosos ataques contra los realistas. Sus fuerzas se movían rápidamente, aprovechaban el terreno y buscaban apoderarse de armas y municiones.
La guerra de guerrillas exigía algo más que valor. Era necesario conocer los caminos, conseguir información, mantener el apoyo de las comunidades y saber cuándo atacar y cuándo desaparecer.
Juana dominaba esas tareas.
Podía reclutar combatientes, organizar provisiones y conducir una carga. Su autoridad no provenía de un apellido militar ni de un nombramiento enviado desde Buenos Aires.
Provenía de los hechos.
Los hombres y mujeres que la seguían la habían visto cabalgar, pasar hambre, perder a sus hijos y continuar en el frente. Sabían que no les pedía afrontar un riesgo que ella no estuviera dispuesta a compartir.
El Villar y la captura de la bandera
En marzo de 1816, las fuerzas realistas avanzaron sobre la zona de El Villar. Juana encabezó el contraataque al frente de jinetes, combatientes indígenas y varias de sus Amazonas.
Atacaron a las fuerzas comandadas por José Santos de la Hera y consiguieron derrotarlas.
Durante la acción, Juana capturó un estandarte realista y se apoderó de armas que resultaban indispensables para sus hombres.
Una bandera militar no era un simple trozo de tela. Representaba el honor del regimiento y la autoridad del rey. Perderla era sufrir una humillación. Capturarla significaba demostrar que el poder español podía ser vencido.
En una guerra en la que los guerrilleros padecían una constante escasez de fusiles, pólvora y municiones, cada arma tomada al enemigo permitía prolongar la resistencia.
Pero la captura del estandarte tenía un valor todavía mayor.
Una mujer mestiza del Alto Perú acababa de arrancarle a las tropas del rey uno de sus símbolos de autoridad.
El reconocimiento de Belgrano
La noticia de la victoria llegó a Manuel Belgrano.
El 26 de julio de 1816, desde Tucumán, el general envió a las autoridades un reconocimiento formal de los méritos militares de Juana Azurduy. El documento se conserva en el Archivo General de la Nación.
Juan Martín de Pueyrredón, director supremo de las Provincias Unidas, dispuso que fuera promovida al grado de teniente coronel.
La designación resultaba extraordinaria para su tiempo. Una mujer recibía un grado militar por su actuación efectiva en el campo de batalla.
No era un homenaje póstumo ni una reparación simbólica realizada muchas décadas después.
La guerra continuaba y Juana seguía al mando de combatientes.
Belgrano también le entregó su sable como reconocimiento a su valor. Aquel gesto unía a dos figuras que habían luchado de maneras diferentes por una misma causa: él al frente de los ejércitos regulares; ella conduciendo a los pueblos que resistían cuando esos ejércitos debían retirarse.
La muerte de Padilla
El año 1816 todavía guardaba otra tragedia.
En septiembre, los realistas atacaron a las fuerzas guerrilleras en la región de La Laguna y El Villar. Juana fue herida durante el combate. Padilla, que había iniciado la retirada, regresó para protegerla.
Fue alcanzado por el enemigo, muerto y decapitado.
Los realistas expusieron su cabeza en una pica en la plaza de El Villar. Buscaban aterrorizar a la población y demostrar que la resistencia había terminado.
Juana quedó viuda, herida y con una hija pequeña.
También quedó al frente de los sobrevivientes.
El enemigo había matado a Padilla, pero no había destruido la causa que defendía. Juana asumió el mando y continuó la lucha.
Después organizó la recuperación de los restos de su esposo para darles sepultura.
Hasta para enterrar a Padilla tuvo que combatir.
Junto a Güemes
La muerte de Padilla debilitó profundamente a las fuerzas de La Laguna. Juana se dirigió hacia el sur y se incorporó a la resistencia conducida por Martín Miguel de Güemes.
En Salta encontró otro sistema de guerra sostenido por las poblaciones rurales. Los gauchos de Güemes defendían la frontera norte mediante ataques rápidos, emboscadas y un conocimiento completo del terreno.
Juana continuó prestando servicios a la causa revolucionaria y mantuvo bajo su mando a combatientes altoperuanos.
Su experiencia resultaba valiosa. Había luchado durante años contra los mismos ejércitos que intentaban avanzar hacia Salta y Jujuy.
La muerte de Güemes en 1821 puso fin a aquella etapa. Juana había sobrevivido a Padilla, a sus cuatro hijos, a Huallparrimachi y a buena parte de los hombres y mujeres que iniciaron con ella la lucha.
La independencia finalmente llegó.
La recompensa, no.
Bolívar y la heroína olvidada
Después de la liberación del Alto Perú, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre visitaron a Juana y reconocieron sus servicios.
El nuevo Estado boliviano le concedió una pensión. Sin embargo, los pagos fueron irregulares y terminaron desapareciendo entre cambios de gobierno y decisiones burocráticas.
Juana pasó sus últimos años reclamando la devolución de las propiedades que habían pertenecido a su familia y tratando de sobrevivir con escasos recursos.
La mujer que había comandado guerrillas y recibido el grado de teniente coronel terminó viviendo en la pobreza.
Murió en Sucre el 25 de mayo de 1862.
Fue enterrada en una fosa común.
La fecha contiene una ironía dolorosa. Murió en el aniversario de la Revolución de Mayo, la misma causa a la que había entregado su familia, sus bienes y casi toda su vida.
El Estado independiente que ayudó a construir no encontró para ella una tumba digna.
La mujer que continuó
La vida de Juana Azurduy no puede resumirse en la imagen de una mujer agitando un sable sobre un caballo.
Fue estratega, reclutadora, baqueana y conductora de hombres y mujeres. Supo utilizar el ataque, la retirada, la sorpresa y el conocimiento del terreno. Transformó comunidades perseguidas en fuerzas capaces de mantener ocupados a ejércitos profesionales.
Fue también una madre que llevó a sus hijos por los caminos de una guerra sin hospitales ni refugios. Los vio enfermar y morir uno detrás de otro. Después dio a luz a Luisa y regresó a la lucha.
Capturó un estandarte realista, recibió el reconocimiento de Belgrano y fue promovida por méritos de guerra.
Luego perdió a Padilla y tuvo que continuar sola.
Ésa fue, quizá, su hazaña más grande.
Continuar después de las derrotas. Después de los entierros sin lápida. Después de la muerte de sus hijos y de su marido. Continuar cuando los grandes ejércitos se habían retirado y la independencia parecía una promesa abandonada entre los cerros.
Juana Azurduy perdió casi todo.
Lo único que el enemigo nunca consiguió quitarle fue la voluntad de seguir luchando.
Referencias
Archivo General de la Nación. (1816, 26 de julio). Reconocimiento de Manuel Belgrano a la valentía de Juana Azurduy de Padilla [Documento escrito, sala X, legajo 23-2-3]. Reproducido por el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. https://institutorosas.cultura.gob.ar/media/uploads/site-35/multimedia/reconocimiento_a_la_valentia_de_juana_azurduy.pdf
Centro Juana Azurduy. (2003). Por los caminos de la libertad: La ruta de doña Juana Azurduy. https://www.centrojuanaazurduy.org/wp-content/uploads/2024/08/Por_los_caminos_de_la_libertad.pdf
Gantier, J. (1946). Doña Juana Azurduy de Padilla. Fundación Universitaria Simón I. Patiño.
Hennes, H. (2010). Corrientes culturales en la leyenda de Juana Azurduy de Padilla. Cuadernos Americanos, 132, 93-111. https://www.cialc.unam.mx/cuadamer/textos/ca132-93.pdf
Museo Histórico Sarmiento. (2023, 28 de febrero). Juana Azurduy de Padilla derrotó a las tropas realistas. https://museosarmiento.cultura.gob.ar/noticia/juana-azurduy-de-padilla-derroto-a-las-tropas-realistas/
O’Donnell, M. P. (1998). Juana Azurduy: La teniente coronela. Planeta.




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