La envidia: esa víbora con perfume francés
- Roberto Arnaiz
- 6 ago 2025
- 5 Min. de lectura
Póngase usted a caminar por la ciudad, lector. Por cualquiera. Buenos Aires, Montevideo, Madrid, una callejuela de Roma, un zoco en Marruecos, qué más da. No importa el idioma, la religión o el clima. Si observa con cuidado, verá siempre la misma escena: alguien que ríe mientras por dentro se le pudre el alma al ver que otro prospera. Porque la envidia no necesita traducción. Es universal, transversal, silenciosa y punzante.
En la oficina alguien es ascendido. En la mesa del almuerzo, otro consigue pareja. En el barrio, uno termina su casa. Y entonces... ahí aparece. No hace ruido, pero se siente. Es un gesto, una mueca, un chiste envenenado. Es la envidia, esa víbora que se esconde entre aplausos.
No grita como la ira ni se retuerce como los celos. La envidia te aprieta el corazón como una garra de acero y te susurra al oído que el otro no lo merece. Que vos sí. Que ese idiota no debería tener lo que tiene. Que si el mundo fuera justo, ese aplauso, esa fortuna, esa belleza o esa felicidad... serían tuyas.
Decía Baruch Spinoza —que no era ningún improvisado— que la envidia es “una tristeza que proviene del bien que le sucede a otro”. ¿Cómo puede ser que el bien ajeno nos provoque tristeza? Pero es así. Lo sabemos. Lo sentimos. Lo hemos vivido.
Envidiar no es simplemente desear lo que el otro tiene. Eso sería codicia, o ambición. La envidia es más oscura: es desear que el otro no lo tenga. No se trata de querer lo mismo. Se trata de querer que el otro lo pierda. Que tropiece. Que se le caiga la torre que levantó con tanto esfuerzo.
La envidia no necesita cuchillo: basta una mirada torcida, una palabra al pasar, una omisión estudiada. Se disfraza de opinión honesta, de crítica constructiva, de justicia moral. Pero por dentro, es un alma hambrienta. No de pan, sino de estima, de amor propio, de reconocimiento.
Vi a un tipo masticar un canapé con odio porque el ascendido brindaba con espumante. ¡Un canapé, lector! Se le endureció la mandíbula como si el salmón ahumado fuera injusticia social. Tragaba como quien se traga una traición, con los ojos clavados en la copa ajena, deseando que el brindis termine en asfixia. Ese es el nivel de bilis que produce la envidia: se vuelve física, se le nota en la espalda tensa, en el vaso que aprietan como si fuera el cuello del otro.
Aristóteles, viejo zorro griego, ya hablaba de la envidia como phthonos, ese dolor mezquino que nos corroe por el éxito del otro. No se envidia al rey ni al mendigo: se envidia al compañero, al colega, al vecino. Y eso la vuelve más cruel. Porque el cuchillo se clava en la mesa compartida.
Cervantes lo pintó de cuerpo entero: “La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”. ¡Y qué verdades dice ese manchego! La envidia no se sacia. Muere de hambre mirando el banquete ajeno.
Bertrand Russell, que escribía con frialdad británica, se animó a decir que la envidia puede motorizar el progreso. Bien por él. Pero en este sur de barro y resentimiento, la envidia suele disfrazarse de justicia social y terminar en puñaladas morales.
El envidioso no quiere ser feliz: quiere que el otro no lo sea. Esa es la tragedia. Prefiere que todos estén mal. Porque si la fiesta se incendia, ya nadie ve que él no fue invitado.
Y lo más perverso: a veces, la envidia se disfraza de justicia, de lucha, de ideología. El pobre envidia al rico, el mediocre al talentoso, el gris al brillante. El fracasado se convierte en juez.
¿Nunca vio usted cómo en una reunión, cuando alguien menciona a un exitoso, hay quien aprieta los dientes y dice: “eso fue suerte”? ¿Nunca escuchó el placer disfrazado cuando se dice “ese se cayó”? ¿Nunca notó que en vez de admirar, se murmura?
El admirador dice: quiero aprender de vos. El envidioso dice: quiero que te caigas. La admiración te impulsa a levantarte. La envidia te invita a tirar al otro de la cama. Y a veces, lo más triste es que ambos viven dentro de la misma persona.
La Argentina está llena de talento, pero también de dagas verbales. Acá se castiga el éxito. Al que triunfa se lo acusa. Al que brilla se lo oscurece. Como decía Jauretche: “El argentino medio no quiere ser más que el otro: quiere que el otro sea menos que él”.
Salieri envidió a Mozart. Judas traicionó al hombre que amaba. Caín mató a Abel. La historia está escrita con tinta verde de envidia.
Y ni hablar de hoy. En Instagram la envidia tiene filtros. En Twitter, sarcasmo. En WhatsApp, silencio. Y en Facebook, corazones envenenados. Todos tenemos un archivo secreto donde guardamos las alegrías ajenas que nos molestaron. Y lo abrimos en soledad, lo repasamos con rencor y lo cerramos con una sonrisa amarga.
Freud le guiñaría el ojo al envidioso. Lacan, con su jerga endemoniada, diría que no se odia al otro: se odia lo que el otro despierta en uno. La envidia es el espejo donde se refleja lo que no tenemos. Lo que no nos animamos a hacer. Lo que deseamos, pero nos da miedo buscar.
Y el espejo, cuando no lo aceptamos, se rompe. Y los vidrios rotos los arrojamos al otro. En forma de crítica, de sarcasmo, de juicio moral. Y así vamos, llenos de cortes en las manos.
No confunda, lector: no toda denuncia es envidia. Pero cuando el dedo apunta con espuma en los labios y placer en la desgracia, no es justicia: es un espejo rajado que no soporta lo que refleja.
Tal vez, lector, la salida no sea negar la envidia. Porque está. Vive en nosotros. La sentimos. Lo importante es reconocerla a tiempo. Domarla. Mirarla a los ojos y decirle: “Sí, te veo. Pero no vas a manejarme”.
Si alguna vez usted sintió ese picor en el pecho cuando otro tuvo suerte, no se torture. Pero tampoco lo justifique. Pregúntese qué le duele. Qué parte de usted está deseando ser reconocida. Y en lugar de odiar al otro... aprenda de él. Inspire. Camine. Haga. Porque la envidia paraliza, pero la admiración moviliza.
Y si usted es de los que son envidiados, no se achique. No se esconda. No se disculpe por brillar. Pero no se vuelva altanero. Camine derecho. Sea generoso. Y si puede, no conteste. El envidioso no soporta el silencio: lo llena con su propio eco.
La próxima vez que veas a alguien brillar, aplaudí en lugar de murmurar. Capaz se te prende una chispa propia. Y si no podés... al menos, no escupas fuego donde otros quieren encender su vida.
Porque como decía el gran Pepe Mujica: “El que ama mucho las cosas materiales no tiene tiempo para amar la vida. Hay que andar liviano de equipaje para tener las manos libres y poder abrazar”.
Y no se puede abrazar con el puño cerrado de la envidia.
Y sin embargo, lo intentamos.
Cada día.
Con la torpeza de quien quiere acariciar con un cuchillo.
La envidia es el único pecado que no da placer, solo resentimiento. Y sin embargo, es el que más practicamos. Quizás por eso el mundo no mejora: porque nos duele más el triunfo del otro que nuestra propia mediocridad.






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