La esclavitud y el negocio de los cuerpos: entre africanos y originarios en América
- Roberto Arnaiz
- 13 sept 2025
- 8 Min. de lectura
La historia de América está escrita con sangre y cadenas. Desde el primer desembarco europeo, millones de hombres y mujeres fueron convertidos en mercancía. El negocio de la esclavitud fue la base oculta sobre la que se levantaron imperios, ciudades y fortunas. No hubo rincón del continente que escapara a este sistema: en el altiplano andino, los pueblos originarios eran arrancados de sus comunidades para morir en las minas de Potosí; en el Caribe y Brasil, los africanos eran vendidos como bestias de trabajo para cortar caña de azúcar; en las colonias inglesas del norte, que luego serían Estados Unidos, los campos de algodón y tabaco se poblaron con cuerpos encadenados.
La lógica era cruel y simple: los originarios, más “baratos”, se destinaban a las minas o a la servidumbre bajo sistemas como el yanaconazgo; los africanos, más costosos pero físicamente más robustos, eran reservados para las plantaciones donde el sol y el látigo no daban tregua. En ambos casos, la vida humana se reducía a un cálculo económico: cuánto costaba un cuerpo, cuántos años de trabajo podía rendir, cuánta ganancia podía producir antes de quebrarse.
Y sin embargo, frente al sometimiento hubo rebeldía. Calchaquíes, aymaras, quechuas y guaraníes resistieron con lanzas, con fe y con la esperanza de un mañana libre. Al mismo tiempo, voces como la de Bartolomé de las Casas denunciaron que la “conquista” era en realidad un crimen sistemático contra pueblos enteros.
La trata de esclavos fue uno de los negocios más rentables del mundo moderno. El esquema conocido como Triángulo Atlántico conectaba Europa, África y América: barcos europeos llevaban armas, textiles y alcohol a África; allí se intercambiaban por hombres, mujeres y niños esclavizados; luego eran transportados a América, donde se vendían en mercados de Cartagena de Indias, Veracruz, La Habana o Río de Janeiro. Finalmente, los barcos regresaban a Europa cargados de azúcar, tabaco, algodón o metales preciosos.
Este sistema era la columna vertebral de la acumulación de capital en Europa y el nacimiento del capitalismo moderno. La riqueza amasada con el sudor de cuerpos encadenados alimentó las primeras industrias, financió bancos y consolidó el poder imperial de naciones enteras. Entre los siglos XVI y XIX fueron embarcados desde África alrededor de 12,5 millones de esclavos, de los cuales cerca de 10,7 millones sobrevivieron la travesía atlántica y llegaron a América. Brasil fue el mayor receptor: más de 4,5 millones desembarcaron en sus costas.
El Tratado de Utrecht de 1713 es una muestra del carácter mercantil del negocio: Inglaterra obtuvo el derecho exclusivo de introducir 4.800 esclavos africanos por año durante 30 años en las colonias españolas.
Pero la trata oficial no impedía las rutas clandestinas: existió un contrabando de esclavos que abastecía puertos menores o regiones con alta demanda y poca fiscalización. Comerciantes portugueses, holandeses o ingleses introducían cargamentos en costas apartadas del Caribe o del Río de la Plata, desafiando el monopolio oficial. Así, el comercio esclavista fue aún más amplio de lo que marcan las cifras oficiales.
En los grandes puertos, el precio de un africano joven y fuerte podía multiplicar por cinco o seis el valor de un originario sometido por encomienda o mita. La inversión era alta, pero se consideraba rentable: un esclavo africano bien cuidado podía producir diez años de trabajo intensivo en una plantación.
La travesía del Atlántico era una pesadilla: hacinados en bodegas, apenas con espacio para respirar, los cautivos sobrevivían entre enfermedades, hambre y violencia. La mortandad rondaba el quince por ciento. Algunos, desesperados, se arrojaban al mar en busca de libertad; otros eran ejecutados para dar “ejemplo”. Los que sobrevivían llegaban debilitados, marcados a fuego con hierros candentes, listos para ser subastados como si fueran ganado.
Los conquistadores europeos clasificaron a los pueblos explotados según su utilidad, reduciéndolos a simples instrumentos de trabajo. Aymaras y quechuas, de talla mediana o baja, mostraban gran resistencia a la altura y al frío, lo que los hacía aptos para las minas de Potosí.
Los calchaquíes, aunque no eran los más resistentes en la altura, resultaban más baratos y fáciles de someter, y por eso eran enviados a las minas como yanaconas o destinados a obrajes y haciendas.
Los guaraníes, de talla intermedia, habituados a la selva y expertos cazadores, eran codiciados por los bandeirantes para servidumbre y plantaciones, aunque supieron organizarse militarmente en las reducciones.
Los africanos eran buscados por su talla alta, musculatura y resistencia física, considerados valiosos para el trabajo agrícola intensivo en climas tropicales. En la lógica económica colonial, los originarios eran más baratos y se usaban en minas y servidumbre, mientras los africanos eran más caros y destinados a plantaciones de gran escala.
En el sur de las Trece Colonias, la esclavitud se convirtió en la base económica: algodón, tabaco, arroz y caña de azúcar dependían del trabajo africano. A mediados del siglo XIX, el sur estadounidense tenía más de 4 millones de esclavos africanos, equivalentes a un tercio de su población total. La producción algodonera dependía casi en su totalidad de ese trabajo forzado, lo que convirtió al algodón en el principal producto de exportación del país.
A diferencia del mundo hispano, aquí la esclavitud fue exclusivamente africana y hereditaria: los hijos de una mujer esclava nacían automáticamente esclavos. El “oro blanco” del algodón convirtió a Estados Unidos en líder mundial en su exportación. La brutalidad era sistemática: ventas forzadas de hijos, latigazos públicos, mutilaciones ejemplares. El cuerpo africano era visto como una máquina de trabajo que debía rendir hasta quebrarse.
En el mundo hispano, los originarios eran explotados masivamente en minas y haciendas. La mita de Potosí, instaurada por el virrey Toledo en 1573, obligaba cada año a unos 13.000 originarios de las provincias andinas a trabajar en las minas del Cerro Rico. Se calcula que en los tres siglos de explotación, ocho millones de originarios murieron en Potosí, entre socavones, derrumbes y envenenamiento por mercurio.
Se decía que quien entraba al socavón raramente volvía a ver el sol. El yanaconazgo fue otra forma de servidumbre: familias enteras arrancadas de sus comunidades para servir de por vida a un encomendero. No eran esclavos legales, pero en la práctica quedaban condenados a trabajos perpetuos. Era un modo de evitar el gasto de comprar africanos: el originario estaba allí, obligado y controlado.
El fraile Bartolomé de las Casas se alzó contra la barbarie en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), denunciando matanzas y abusos. Logró que la Corona aprobara las Leyes Nuevas de 1542, aunque poco se cumplieron.
El cronista originario Guamán Poma de Ayala retrató la tragedia en su Nueva Corónica y Buen Gobierno: “Los pobres originarios mueren como ganado en los socavones de la mina, sin cura ni consuelo.”
En el noroeste argentino, los calchaquíes resistieron en tres guerras sucesivas entre 1560 y 1696. La primera, liderada por Juan Calchaquí, arrasó ciudades españolas, incluso la de Londres (Catamarca). La segunda, bajo el falso inca Pedro Bohórquez, mantuvo en vilo a la región con sitios y destrucciones hasta que la traición del líder acabó con el movimiento. La tercera, encabezada por José Chelemín, fue la más sangrienta y terminó con campañas de exterminio y la deportación masiva de los sobrevivientes como yanaconas. Más de un siglo de guerra demuestra que la conquista no fue un proceso rápido ni indiscutido, sino una lucha prolongada y sangrienta.
Aymaras y quechuas fueron base de la mita de Potosí y protagonizaron rebeliones como las de Túpac Katari en 1781 y Túpac Amaru II en 1780, que movilizaron a decenas de miles contra el dominio colonial.
Los guaraníes, por su parte, sufrieron la captura de más de 60.000 personas por parte de los bandeirantes portugueses entre 1620 y 1640. En respuesta, organizados en las reducciones jesuíticas, vencieron en la batalla de Mbororé en 1641, la primera gran victoria originaria contra cazadores de esclavos.
La rebeldía también se manifestó en el mundo africano. En Brasil, los quilombos —comunidades de fugitivos— resistieron durante décadas. El más famoso, Palmares, llegó a reunir a veinte mil personas y se mantuvo independiente casi un siglo.
En el Caribe, los cimarrones formaron guerrillas que hostigaban a las plantaciones y en algunos casos firmaron tratados que les reconocieron cierta autonomía. La resistencia cultural fue igualmente significativa: mantener religiones, ritmos musicales y lenguas era un acto de rebeldía frente a la deshumanización. El candombe en el Río de la Plata o la persistencia del quechua y el guaraní son huellas vivas de esas luchas silenciosas.
La jerarquía colonial colocaba en la cima a los peninsulares y en la base a africanos y originarios. El comercio esclavista enriqueció a imperios europeos, pero dejó una herencia de racismo y desigualdad que persiste hasta hoy.
La historia de la esclavitud en América es la historia de cómo se mercantilizó la vida humana. Los pueblos originarios fueron considerados más baratos y se los usó en minas y servidumbre. Los africanos fueron vistos como la “mano de obra premium” y vendidos para plantaciones. Ambos compartieron el mismo destino: el látigo y la explotación.
Pero frente al sometimiento hubo dignidad. Calchaquíes, aymaras, quechuas, guaraníes y los quilombos africanos demostraron que la libertad nunca dejó de pelearse. Bartolomé de las Casas y Guamán Poma denunciaron, aunque sin poder detener la tragedia.
Epílogo
Hoy, las huellas de la esclavitud y de la explotación de los pueblos originarios no son solo recuerdos en libros de historia. Están en la pobreza estructural que aún pesa sobre comunidades originarias, en el racismo cotidiano que sufren afrodescendientes en toda América, en la desigualdad de acceso a tierras, educación y justicia.
La sangre derramada en Potosí, en las plantaciones de azúcar del Caribe o en los campos de algodón del sur estadounidense todavía late en las calles de Lima, de Salvador de Bahía y de Cartagena. Es un eco que recuerda que la riqueza de unos pocos se construyó sobre las cadenas de millones.
Sin embargo, también persiste la resistencia. En cada lengua originaria que se enseña a los niños, en cada tambor de candombe, en cada comunidad que reclama sus derechos, se renueva el grito de los que no se resignaron.
Algunos países de América han intentado reparar parcialmente esa herencia mediante políticas de acción afirmativa. En Brasil existen cuotas en universidades públicas y empleos estatales para afrodescendientes y pueblos originarios. En Colombia se han establecido cupos especiales para comunidades afrocolombianas e indígenas en el Congreso y en programas educativos. En Bolivia, bajo la Constitución de 2009, se reconoce representación política y prioridad en ciertos ámbitos para las comunidades originarias. En Estados Unidos, programas de affirmative action han buscado durante décadas aumentar el acceso de afroamericanos y latinos a universidades y empleos, aunque no sin controversias.
Estas medidas no borran el pasado, pero muestran que la historia todavía pesa y que la lucha por la igualdad sigue abierta. Entender el pasado es reconocer que el presente aún está marcado por esas viejas heridas, y que la verdadera libertad en América solo se alcanzará cuando esas cicatrices se transformen en justicia.
Bibliografía:
“Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, Bartolomé de las Casas, Fondo de Cultura Económica, 2011, México.
“Nueva corónica y buen gobierno”, Felipe Guamán Poma de Ayala, Biblioteca Ayacucho, 1980, Caracas.
“Historia general de las cosas de la Nueva España”, Bernardino de Sahagún, Editorial Porrúa, 1985, México.
“Esclavitud y sociedad en el Caribe hispano”, Manuel Moreno Fraginals, Editorial Crítica, 2001, Barcelona.
“La trata de esclavos africanos”, Hugh Thomas, Editorial Planeta, 1998, Barcelona.
“Historia general de América Latina, Vol. III: El primer contacto y la formación de nuevas sociedades”, UNESCO / Trotta, 2000, Madrid.
“Mita y mita: trabajo forzoso y economía colonial en el Perú”, Enrique Tandeter, Siglo XXI Editores, 1992, Buenos Aires.
“Esclavos, negros y morenos en el Río de la Plata”, José Luis Moreno, Editorial Biblos, 2003, Buenos Aires.
“El quilombo de Palmares”, Décio Freitas, Editorial Paz e Terra, 1978, Río de Janeiro.
“La resistencia de los pueblos originarios en América”, Eduardo Galeano, Siglo XXI Editores, 2004, México.
“Túpac Amaru y la rebelión de los pueblos andinos”, Alberto Flores Galindo, Editorial Horizonte, 1986, Lima.
“Los bandeirantes y las fronteras del Brasil colonial”, Sérgio Buarque de Holanda, Companhia Editora Nacional, 1971, São Paulo.






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