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Repercusión de los hechos ocurridos en Venezuela en los jóvenes militares


Introducción


Los hechos ocurridos recientemente en Venezuela, y en particular la acción directa llevada adelante por Estados Unidos sobre el liderazgo político del país, produjeron un impacto que excede ampliamente el plano diplomático o coyuntural. Para los jóvenes integrantes de las fuerzas armadas de la región, estos acontecimientos funcionaron como una demostración empírica de algo que muchos ya intuían, pero que pocas veces se había manifestado con tanta claridad: la existencia de una capacidad operativa real prácticamente nula, independientemente del volumen de material declarado, de la retórica política o de la estructura formal de las instituciones militares involucradas.


Este episodio no es interpretado por los cuadros jóvenes como una derrota militar clásica, ni como una simple humillación política. Se lo entiende, más bien, como la confirmación de una falla estructural profunda. La atención no se concentra en el hecho político en sí mismo, sino en lo que dejó expuesto respecto de la distancia entre el poder militar que se declara y el poder militar que efectivamente puede ejercerse. Las conclusiones que se extraen de esta experiencia no se expresan en documentos oficiales ni en discursos públicos, pero circulan de manera persistente en conversaciones internas, en ámbitos de formación y en intercambios informales, con un grado de crudeza que raramente trasciende los cuarteles.


Para muchos jóvenes militares, el caso venezolano dejó de ser un fenómeno externo o ajeno y pasó a convertirse en un punto de referencia profesional negativo. Funciona como advertencia, como ejemplo de lo que ocurre cuando una fuerza armada conserva su forma institucional pero pierde su sustancia operativa. En ese sentido, los hechos recientes no inauguraron una discusión nueva, sino que cristalizaron percepciones que ya estaban presentes y les otorgaron una validación empírica difícil de ignorar.


El colapso operativo como evidencia


Durante años, Venezuela fue percibida —tanto dentro como fuera de la región— como el ejemplo de una fuerza armada relativamente bien equipada, con sistemas modernos, capacidad de disuasión declarada y una retórica intensa centrada en la defensa de la soberanía. Para muchos jóvenes militares de otros países, esa imagen operaba como referencia comparativa frente a instituciones con presupuestos más limitados o menor visibilidad estratégica. La existencia de material moderno, ejercicios exhibidos públicamente y un discurso político firme contribuían a sostener la percepción de una fuerza con capacidad real.


La acción directa de Estados Unidos sobre el liderazgo político venezolano alteró radicalmente esa percepción. Desde la mirada de los jóvenes oficiales, lo ocurrido dejó al descubierto la inexistencia de una capacidad efectiva de respuesta militar. No se observó disuasión creíble, no hubo capacidad de negación del espacio aéreo o terrestre, ni posibilidad real de escalamiento controlado. La estructura militar, aun existiendo formalmente, fue incapaz de traducir sus medios en acción concreta.


Esta constatación es interpretada como una prueba definitiva de que el poder militar no reside en la posesión de sistemas, sino en la capacidad de integrarlos, sostenerlos y emplearlos de manera coherente. El equipamiento, sin logística adecuada, sin entrenamiento continuo, sin munición suficiente y sin cohesión institucional, se transforma en un recurso meramente declarativo. Para los jóvenes militares, el caso venezolano confirma que una fuerza puede exhibir inventarios extensos y, aun así, carecer de capacidad operativa real.


Este episodio también reforzó una percepción ya extendida en muchos ámbitos castrenses: la conciencia brutal del límite real. Los jóvenes oficiales no viven engañados ni sostienen ilusiones románticas sobre la guerra. Existe un conocimiento bastante preciso de las propias carencias. Se reconoce que no hay capacidad de combate convencional sostenida, que la munición disponible resulta insuficiente incluso para un entrenamiento adecuado y que numerosos sistemas existen solo en papeles, inventarios o exhibiciones, pero no se encuentran en condiciones efectivas de empleo.


En este contexto, circula con frecuencia una evaluación tan simple como demoledora: ante un conflicto real de mediana intensidad, la capacidad de resistencia sería limitada en el tiempo. Esta idea no constituye un secreto ni una postura marginal, sino parte del diagnóstico cotidiano que se comparte puertas adentro. Los hechos ocurridos en Venezuela, y la imposibilidad de ofrecer una respuesta militar significativa frente a una acción directa externa, no hicieron más que confirmar ese diagnóstico.


Impacto psicológico y profesional en los cuadros jóvenes


El efecto predominante de estos acontecimientos entre los jóvenes militares no es el miedo ni la sorpresa, sino el desencanto. Lo que se consolida es la percepción de que la lealtad política no sustituye a la cohesión profesional, que la retórica no reemplaza a la logística y que la concentración excesiva del mando, lejos de fortalecer, tiende a debilitar la capacidad operativa. Esta lectura se incorpora de manera silenciosa, pero profunda, en la formación mental de oficiales y suboficiales jóvenes.


El caso venezolano refuerza un proceso de deterioro que ya estaba en marcha en distintos ejércitos de la región. Allí donde las capacidades reales eran limitadas, los hechos recientes profundizan la desmoralización y confirman que esas capacidades, en los hechos, no existen. Para los cuadros jóvenes, esto no introduce una novedad, sino que valida una percepción previa: la brecha entre el poder declarado y el poder efectivo es estructural y difícil de revertir.


Este cinismo no se traduce necesariamente en rebeldía ni en indisciplina. Por el contrario, suele adoptar la forma de una adaptación pragmática. El joven militar aprende a cumplir con sus funciones, a respetar la cadena de mando y a sostener la forma institucional, pero reduce sus expectativas respecto del propósito estratégico de su labor. La distancia emocional con los grandes discursos se amplía, mientras crece una mirada técnica y despojada sobre las limitaciones reales del sistema.


Transformación de la vocación militar


Uno de los efectos más profundos de los hechos ocurridos en Venezuela se manifiesta en la transformación de la vocación militar. El joven oficial promedio ya no se proyecta como combatiente en una guerra convencional ni como protagonista de una defensa nacional efectiva. En su lugar, comienza a concebir su rol como gestor de emergencias, fuerza de apoyo a lo civil o actor secundario dentro del aparato estatal.


Esta redefinición de la identidad profesional va acompañada de la aceptación tácita de que no existen hipótesis de conflicto realistas ni condiciones materiales para sostenerlas. La carrera militar se piensa, cada vez más, en términos de estabilidad laboral, previsibilidad y permanencia institucional, antes que como una trayectoria orientada al combate. Lejos de responder a cobardía o desinterés, este repliegue constituye una adaptación racional a un entorno que no demanda ni permite otra cosa.


Sin embargo, este proceso no es homogéneo. Existe un núcleo menor, pero significativo, de jóvenes oficiales que viven esta situación con fuerte frustración. Se trata de perfiles que estudian con seriedad, que observan conflictos contemporáneos y que comprenden que, desde el punto de vista doctrinario y profesional, podrían desempeñarse de manera muy superior. El choque se produce al enfrentar una realidad marcada por presupuestos simbólicos, decisiones políticas que no priorizan fuerzas armadas relevantes y el uso permanente del pasado como argumento para bloquear cualquier discusión sobre el presente.


Las consecuencias de esta tensión son visibles: desgaste acumulado, retiros tempranos y, en muchos casos, una desconexión emocional profunda con la institución. Esta desconexión resulta particularmente peligrosa, porque no rompe la disciplina ni la forma, pero vacía de contenido el compromiso profesional. El uniforme se conserva, la función se cumple, pero la identificación con la misión se diluye.


Dinámica interna y relación entre oficiales y suboficiales


Los hechos venezolanos también influyen de manera significativa en la relación entre oficiales y suboficiales. En fuerzas donde la misión se percibe como difusa o inexistente, los suboficiales con mayor experiencia tienden a adoptar posturas conservadoras y defensivas, orientadas a preservar lo poco que funciona. Los oficiales jóvenes, por su parte, desarrollan estilos de conducción cada vez más administrativos, enfocados en la gestión cotidiana antes que en la preparación para un empleo real.


Ambos grupos comparten una certeza implícita: la institución puede subsistir aun cuando su función esencial esté seriamente limitada. La cadena de mando se mantiene, las órdenes se cumplen y la disciplina persiste, pero el sentido profundo que articula esas prácticas se erosiona de manera sostenida. Este fenómeno no genera conflictos abiertos, sino una normalización del declive.


A largo plazo, esta dinámica produce fuerzas armadas que funcionan correctamente desde el punto de vista burocrático, pero que carecen de confianza en su propia razón de ser. La profesionalidad se mantiene en las formas, pero se debilita en su contenido estratégico.


Consecuencias estructurales de largo plazo


El impacto más delicado de los hechos ocurridos en Venezuela no es inmediato. A largo plazo, tiende a consolidarse un perfil institucional compuesto por oficiales técnicamente competentes pero emocionalmente distantes, y suboficiales altamente capacitados pero escépticos respecto del sistema. Las fuerzas continúan existiendo y operando en funciones subsidiarias, pero pierden progresivamente relevancia estratégica.


Este escenario no conduce a rupturas abruptas ni a crisis visibles, sino a una erosión silenciosa. La estructura permanece, los uniformes se conservan y las ceremonias continúan, pero el peso real de la institución dentro del Estado se reduce. La acción directa de Estados Unidos sobre Venezuela, al dejar en evidencia la incapacidad de respuesta militar efectiva, aceleró este proceso de desmitificación.


Conclusión


Para los jóvenes militares de la región, los hechos ocurridos en Venezuela y la acción directa de Estados Unidos no constituyen un episodio aislado, sino una advertencia profesional de gran alcance. Demuestran que el poder militar no se define por la cantidad de sistemas declarados ni por la retórica que los acompaña, sino por la capacidad real de emplearlos de manera sostenida.


Cuando esa capacidad es inexistente, la fuerza armada existe solo en el papel. La lección que se internaliza es incómoda pero clara: sin una política de defensa coherente, sin entrenamiento real, sin logística efectiva y sin autonomía profesional, la capacidad operativa es cero. El caso venezolano no tranquiliza ni ofrece un modelo alternativo; confirma, con crudeza, un límite que muchos jóvenes militares ya reconocían antes de que los hechos lo hicieran evidente.



 
 
 

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