Lampazo, el guardián del mar
- Roberto Arnaiz
- 3 dic 2025
- 6 Min. de lectura
Nadie recuerda el momento exacto en que subió a bordo. Algunos dicen que lo trajeron los marineros del puerto, otros que simplemente apareció, como si el mar lo hubiera devuelto de algún naufragio. Pero todos coinciden en algo: aquel Terranova, enorme, de pelaje ambarino y mirada noble, nació para la vida de mar. Lo llamaron Lampazo.
En los barcos, el lampazo es una herramienta para limpiar la cubierta, una escoba marina que borra el rastro del día. Quizás el nombre se lo ganó por su cola espesa que barría la madera con cada movimiento, o tal vez por su incansable energía, siempre dispuesto a estar donde hacía falta. Desde el primer momento, fue uno más. Caminaba con seguridad entre los cabos y los barriles, conocía los pasillos del buque como si hubiera nacido sobre esa cubierta.
Era 1921 cuando el capitán Laprade, comandante de la Fragata Sarmiento, lo llevó consigo en una travesía que cruzaría el Atlántico. Decían que el capitán no era hombre de afectos fáciles, pero cuando vio al perro plantado frente a él, con el pecho erguido y la mirada fija, comprendió que aquel no era un animal cualquiera. Había algo en su postura, en la calma con que enfrentaba el rugido del viento, que imponía respeto. “Tendrá su lugar a bordo”, dijo el capitán, y nadie discutió.
Desde el primer día, Lampazo demostró su temple. No se mareaba, no se asustaba de las tormentas, no temblaba ante el silbido de las sogas tensadas ni ante el crujido de la madera bajo los embates del mar. Dormía junto al palo mayor, con la cabeza sobre las patas y los oídos atentos a cada movimiento. A veces se lo veía mirando el horizonte, inmóvil, como si en ese punto lejano donde el cielo se funde con el agua encontrara algo que los hombres no podían ver.
Era un perro del océano. Y el mar lo sabía.
Durante los días calmos, los marineros se acercaban a jugar con él, le daban restos de comida o lo dejaban echarse bajo el timón. Pero en las guardias nocturnas, Lampazo se transformaba. Se movía entre las sombras, olfateando el aire, vigilante. Si un cabo se soltaba, si una polea chirriaba fuera de ritmo, su ladrido era el primero en romper el silencio. Los hombres decían que su voz no era un ladrido, sino una advertencia. Una orden.
En una de esas travesías, cuando la fragata ARA Presidente Sarmiento enfrentaba el Atlántico embravecido, el destino puso a prueba su lealtad. El cielo se había cerrado de repente; el viento rugía como una bestia. Las olas alcanzaban el nivel de las jarcias y cada impacto hacía temblar el casco como si fuera de cristal. Los marineros corrían de un lado a otro asegurando velas, cerrando escotillas, atando cabos. En medio del caos, un grito partió el aire: un hombre había caído por la borda.
El marinero López, joven, apenas un cadete, había perdido pie al intentar amarrar una vela. Nadie lo vio caer, pero su voz desesperada se escuchó entre los truenos. “¡Hombre al agua!”, gritó alguien, y el corazón del barco se detuvo un instante. Las luces buscaban en la oscuridad, los hombres se asomaban al abismo negro que era el mar esa noche, pero nada. Solo espuma y viento. Y entonces, sin aviso, Lampazo saltó.
El salto fue limpio, potente, como un torpedo vivo lanzado desde la cubierta. El agua lo engulló, pero su silueta volvió a emerger entre las olas, guiada por algo más fuerte que el instinto. Los marineros gritaron su nombre, inútilmente. Nadaba entre los remolinos, con los ojos fijos, decidido. No tardó en encontrarlo. El joven López, exhausto, apenas lograba mantenerse a flote. Lampazo lo alcanzó, le mordió suavemente la chaqueta y lo sostuvo con la cabeza fuera del agua. Una ola los golpeó, otra los separó, pero el perro no lo soltó.
Desde cubierta lanzaron un cabo. Los hombres tiraron con todas sus fuerzas. En medio de la espuma, una figura oscura emergió del agua: era Lampazo, aferrado al marinero, jadeando, pero con la mirada firme. Cuando los izaron, los dos cayeron sobre la cubierta como náufragos resucitados. El joven lloraba, abrazado al perro, mientras los marineros los rodeaban sin poder decir palabra. El capitán Laprade, que había visto muchas tormentas y despedido a muchos hombres al mar, se acercó, se cuadró ante Lampazo y, rompiendo todo protocolo, lo saludó militarmente.
—Desde hoy —dijo con voz grave—, este perro es parte de la tripulación. Y más que eso: es uno de nosotros.
El mar volvió a calmarse dos días después. Pero en la fragata, algo había cambiado. En el comedor, un plato más se servía cada noche junto al del capitán. En las guardias, una figura negra recorría los pasillos como un fantasma protector. En cada puerto, cuando el barco fondeaba, los marineros lo llevaban a tierra, pero él nunca se alejaba más de unos metros del muelle. “No quiere perder el barco”, decían, riendo. Y tenían razón. Su hogar estaba sobre esas tablas, entre el olor del salitre y el rumor de las olas.
Con el tiempo, Lampazo se volvió leyenda. Los nuevos cadetes escuchaban su historia al llegar: el perro que había salvado un hombre en medio del infierno líquido. Algunos, escépticos, se reían. Hasta que veían su sombra paseando por la cubierta cuando el sol se escondía. “Está haciendo la ronda”, decían los viejos marinos, con media sonrisa.
Los años pasaron. La fragata siguió cruzando mares, llevando el nombre de la patria por el mundo. Y Lampazo envejeció en su cubierta, fiel a su puesto. Su pelaje comenzó a encanecer, sus patas a fallar. Ya no corría como antes, pero su mirada seguía atenta, serena, vigilante. Cuando los marineros izaban la bandera, él se erguía lentamente, como si respondiera al saludo. Nadie lo había enseñado: simplemente lo hacía.
Un amanecer de 1930, la Fragata Sarmiento atracó en Buenos Aires tras una larga travesía. El cielo tenía ese tono rosado que anuncia calma. Los marineros bajaron uno a uno, pero Lampazo no los siguió. Se quedó en cubierta, frente al horizonte. El capitán se acercó, lo acarició en silencio. El perro levantó la cabeza, movió la cola una vez, y se recostó. Murió como había vivido: en su barco, mirando al mar.
No hubo trompetas ni discursos. Los hombres lo envolvieron en una bandera y lo velaron en silencio, con la gorra en el pecho. El capitán ordenó que su cuerpo fuera preservado. “Que siga de guardia”, dijo. Y así fue. Lampazo fue embalsamado y colocado dentro del buque, junto al sector de mando, donde podía seguir vigilando a su tripulación.
Hoy, cuando uno visita la Fragata ARA Presidente Sarmiento, anclada en Puerto Madero, Buenos Aires, puede encontrarlo allí. No está de pie ni erguido: descansa recostado en su vitrina, con el pelaje ambarino ya gastado por el tiempo y la mirada quieta que aún parece vigilar la cubierta. Su presencia conmueve. Los niños se acercan en silencio, los viejos marinos inclinan la cabeza y murmuran recuerdos que el barco, viejo guardián, parece escuchar.
Dicen que en las noches de tormenta, cuando las sogas gimen y el agua golpea el casco, se escucha un ruido sobre la cubierta: pasos pesados, un trote pausado, un golpe de cola contra la madera. Algunos aseguran haber visto una sombra negra recorrer el pasillo, detenerse junto al timón y mirar hacia el horizonte. Y cuando el viento sopla desde el río, un ladrido corto, profundo, parece responder desde algún lugar del barco.
Los marinos del puerto lo saben. “Es Lampazo —dicen—, pasando revista.”
Su historia, más que un recuerdo, es una enseñanza. Porque Lampazo no fue solo un perro. Fue un símbolo de lealtad, de valor, de amor al deber. Un marinero que no conoció el miedo ni la desobediencia. Un alma que entendió, mejor que muchos hombres, lo que significa el honor.
Cada año, en el aniversario del primer viaje de la fragata, un grupo de cadetes se forma frente a su vitrina. Uno de ellos, elegido por sus compañeros, se adelanta y deja una flor junto a su pata. Es un ritual que nadie ordenó, pero que todos respetan. El silencio se impone. Y durante unos segundos, parece que el viejo marinero, con su mirada inmóvil, aprueba el gesto.
Porque hay guardianes que nunca abandonan su puesto, ni siquiera cuando el último ancla ya está echado. Lampazo sigue allí, firme, eterno, como parte del mar que tanto amó. Y cuando la bruma cubre la fragata y el viento acaricia las jarcias, parece escucharse su voz diciendo: —Presente, mi capitán. A bordo, como siempre.






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