Los ejércitos de la Revolución: combatir al rey bajo las ordenanzas del rey
- Roberto Arnaiz
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La Revolución de Mayo sustituyó a la autoridad política, pero no podía crear de un día para otro una organización militar completamente nueva. Los hombres que comenzaron a combatir contra las fuerzas realistas habían nacido bajo la monarquía, servido en sus cuerpos veteranos o milicias y aprendido el oficio mediante reglamentos españoles.
De allí surge una paradoja reveladora: los ejércitos revolucionarios lucharon contra el poder del rey utilizando buena parte de las normas dictadas por ese mismo rey.
La causa había cambiado. La obediencia ya no se dirigía a la Corona, sino a la Junta y a los gobiernos que la sucedieron. Más tarde se invocarían la Patria, la libertad y la independencia. Sin embargo, las jerarquías, los procedimientos, la justicia militar y la concepción de la disciplina continuaron apoyándose en una tradición anterior a 1810.
Comprender esa continuidad permite interpretar mejor no solo la vida cotidiana de los soldados, sino también el poder de los comandantes, la función de las banderas y decisiones tan extraordinarias como el Éxodo Jujeño.
Las Ordenanzas de Carlos III
En 1768, Carlos III promulgó las Ordenanzas de Su Majestad para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos. La obra, dividida en tres tomos y numerosos tratados, regulaba casi todos los aspectos de la vida militar.
No era un simple código de castigos. Determinaba las obligaciones de soldados, cabos, sargentos y oficiales; establecía jerarquías; organizaba guardias, marchas, campamentos, alojamientos y servicios; regulaba la administración, la justicia militar y los consejos de guerra, y definía las responsabilidades de quienes ejercían el mando.
También se ocupaba del reclutamiento, la instrucción, el cuidado del armamento, las revistas, el abastecimiento, la actuación de las tropas en campaña, el régimen de las plazas y las atribuciones de las autoridades militares. Por su amplitud, puede considerarse una verdadera constitución del ejército español del siglo XVIII. El texto original demuestra que pretendía ordenar desde la conducta individual del soldado hasta el funcionamiento de un ejército en operaciones. Ordenanzas de Carlos III, edición de 1768
Su objetivo era transformar una reunión de hombres armados en una fuerza capaz de actuar de manera coordinada. Cada integrante debía conocer su función, obedecer a sus superiores y responder por las consecuencias de sus actos.
Pero las obligaciones no recaían únicamente sobre el subordinado. Los oficiales debían instruir a sus hombres, vigilar su conducta, conservar la unidad y dar ejemplo. La autoridad no se entendía solo como un privilegio del mando, sino como una responsabilidad.
Mayo no creó un ejército desde cero
En 1810, Buenos Aires ya contaba con cuerpos veteranos y con las milicias organizadas después de las Invasiones Inglesas. Patricios, Arribeños, Húsares, Artilleros y otros cuerpos poseían oficiales, grados, uniformes y una experiencia militar desigual, pero concreta.
La Primera Junta recurrió a esas fuerzas para organizar la expedición destinada al interior. Conservó unidades, empleos, funciones administrativas y procedimientos heredados, aunque los colocó bajo una autoridad política diferente.
La expedición contaba con comandante, mayor general, comisario de guerra, auditor y representante de la Junta. Por lo tanto, no se trataba de una multitud movilizada espontáneamente, sino de una fuerza cuya estructura provenía del orden militar español.
El nuevo gobierno carecía de tiempo, recursos y experiencia para sustituir todo el sistema normativo. Por esa razón, las disposiciones heredadas continuaron funcionando como marco general, mientras las autoridades revolucionarias dictaban reglamentos, bandos y órdenes destinados a resolver las necesidades de la guerra.
La ruptura fue inmediata en la legitimidad política, pero gradual en la organización militar.
Una continuidad que no fue absoluta
Decir que las Ordenanzas de 1768 continuaron sirviendo como referencia no significa afirmar que todos sus artículos se aplicaran de manera uniforme. Incluso antes de la Revolución existía una distancia considerable entre las normas y la realidad de los cuerpos rioplatenses.
Muchos oficiales provenían de las milicias y poseían una formación limitada. Otros aprendieron durante las campañas, en medio de derrotas, falta de recursos y cambios constantes de gobierno. Los estudios sobre el Ejército Auxiliar del Perú muestran que el conocimiento y la aplicación de las ordenanzas fueron desiguales. Ana Laura Morea, “Los oficiales del Ejército Auxiliar del Perú”
Sin embargo, esa aplicación imperfecta no elimina su influencia. Las Ordenanzas de Carlos III continuaban ofreciendo el lenguaje y los principios disponibles para definir el mando, la obediencia, el servicio, el honor y la justicia militar.
Sobre esa base, la Revolución fue construyendo sus propias normas.
No se produjo, entonces, la sustitución inmediata de un ejército real por otro concebido desde sus cimientos. Durante varios años convivieron estructuras españolas, innovaciones revolucionarias y soluciones improvisadas ante las urgencias de cada campaña.
Las banderas: mucho más que un trozo de tela
Las Ordenanzas también regulaban las banderas de los cuerpos militares. Cada regimiento de infantería contaba con una bandera coronela, vinculada al primer batallón y a la autoridad del coronel, y con banderas sencillas destinadas a los demás batallones.
La coronela llevaba las armas reales; las sencillas conservaban elementos identificatorios del regimiento y la tradicional Cruz de Borgoña. No constituían una bandera nacional en el sentido moderno, sino enseñas militares asociadas con la monarquía y con cada cuerpo. El Ejército de Tierra español conserva una explicación histórica de esa diferenciación entre coronelas y sencillas. Historia de las banderas militares españolas
Su función no era únicamente ceremonial. En medio del humo, el ruido y la confusión del combate, la bandera indicaba la ubicación de la unidad, permitía reunir a los hombres y constituía una referencia para mantener la formación. También representaba el honor colectivo.
Perderla frente al enemigo era una deshonra. Defenderla significaba proteger la identidad del regimiento. Ante ella se realizaban juramentos que vinculaban al soldado con el rey, con sus superiores y con sus camaradas.
Este antecedente permite comprender mejor la magnitud de la decisión adoptada por Belgrano en 1812.
Al crear una bandera blanca y celeste no estaba eligiendo simplemente dos colores agradables ni diseñando un distintivo para una unidad. Introducía en el centro del ejército una nueva fuente de identidad y obediencia. Hasta entonces, las enseñas reglamentarias remitían a la autoridad monárquica. La bandera de Belgrano comenzaba a representar a una comunidad política diferente.
Por eso el Triunvirato reaccionó con tanta cautela y le ordenó ocultarla. La bandera no era un adorno: proclamaba visualmente aquello que el gobierno todavía no se atrevía a declarar de manera abierta.
La Revolución podía continuar utilizando procedimientos militares españoles, pero necesitaba símbolos propios para modificar el sentido de la obediencia.
La disciplina no era solamente castigo
Las Ordenanzas establecían penas severas para la deserción, la insubordinación, el abandono del puesto, la cobardía ante el enemigo, el robo y otras conductas que comprometían la seguridad de la fuerza. Los delitos eran juzgados mediante procedimientos militares y podían recibir castigos que hoy resultarían extremos.
Sin embargo, reducir la disciplina a las penas físicas o a la amenaza de muerte sería una simplificación.
Su finalidad consistía en conseguir que una guardia permaneciera en su puesto, que una unidad mantuviera la formación bajo el fuego, que las órdenes fueran cumplidas y que los soldados no se dispersaran durante una marcha o una retirada.
También debía impedir que las tropas saquearan, maltrataran a la población o se apropiaran de los recursos necesarios para la campaña. Un ejército indisciplinado podía convertirse en una amenaza para los mismos habitantes a quienes decía defender.
La disciplina era una necesidad militar, pero también política. Sin ella, la Revolución perdía legitimidad y el ejército dejaba de ser una fuerza organizada para transformarse en una multitud armada.
El comandante no era un simple ejecutor
Uno de los aspectos más importantes de las Ordenanzas era la definición de la autoridad y las responsabilidades del mando. El comandante debía cumplir las disposiciones del gobierno y los objetivos generales de la campaña, pero también debía decidir cómo ejecutar la misión de acuerdo con el terreno, la situación del enemigo, el estado de sus tropas y los recursos disponibles.
Las comunicaciones eran lentas. Una orden enviada desde Buenos Aires podía tardar días o semanas en llegar al Norte. Cuando finalmente arribara, las posiciones del enemigo, la disponibilidad de alimentos o la condición del ejército podían haber cambiado por completo.
Por eso el general en jefe necesitaba amplias facultades operativas. Le correspondía organizar las marchas, establecer campamentos, distribuir las fuerzas, asegurar las comunicaciones, proteger los abastecimientos, reunir información y decidir cuándo presentar combate o evitarlo.
También debía conservar el ejército. Esta responsabilidad resulta fundamental. El honor no exigía combatir en cualquier circunstancia. Un comandante que arriesgaba toda su fuerza en una batalla imposible podía comprometer la campaña y dejar indefenso el territorio.
El mando se encontraba, por lo tanto, sometido a una tensión permanente: obedecer las directivas superiores y, al mismo tiempo, tomar las decisiones indispensables para cumplirlas. Esa combinación de subordinación y autonomía ayuda a entender a los generales de la Revolución.
Belgrano y la reconstrucción del Ejército del Norte
Cuando Belgrano asumió el mando del Ejército del Norte en 1812, recibió una fuerza devastada por la derrota de Huaqui. Faltaban armas, vestuario, animales, alimentos e instrucción. Muchos soldados estaban enfermos y la moral se había derrumbado.
Su primera tarea no consistió en buscar una batalla, sino en reconstruir el instrumento militar.
Reorganizó los cuerpos, impuso ejercicios, fortaleció la cadena de mando, controló los abastecimientos y procuró restablecer la confianza. La situación exigía rigor, pero Belgrano comprendía que la obediencia no podía sostenerse únicamente mediante castigos.
El jefe debía compartir las privaciones, administrar con honestidad y asumir las consecuencias de sus decisiones. La disciplina dependía del reglamento, pero también del ejemplo.
Belgrano unió los principios militares heredados con una nueva pedagogía revolucionaria. Los soldados no debían limitarse a cumplir órdenes: necesitaban comprender que su conducta comprometía la suerte de la Patria.
La bandera, los juramentos, las ceremonias y las proclamas formaron parte de esa construcción. Las Ordenanzas organizaban al cuerpo; los nuevos símbolos debían darle una causa.
Las atribuciones del mando y el Éxodo Jujeño
El Éxodo Jujeño suele presentarse como un acto de inspiración personal o como una demostración espontánea de patriotismo popular. Ambas dimensiones existieron, pero no alcanzan para explicar la operación.
Fue una decisión militar adoptada por el general en jefe dentro de una campaña.
En julio de 1812, el ejército realista de Pío Tristán avanzaba desde el Alto Perú con una fuerza superior. Belgrano carecía de medios suficientes para detenerlo en Jujuy y había recibido del Triunvirato la orden de replegarse hasta Córdoba. Las instrucciones también le exigían destruir o retirar cuanto pudiera resultar útil al enemigo. Ministerio de Cultura de la Nación, aniversario del Éxodo Jujeño
El 29 de julio, Belgrano publicó el bando que ordenaba retirar ganados, alimentos, mercaderías y medios de transporte. La población debía abandonar el territorio para que los realistas no encontraran recursos con los cuales alimentar a sus hombres, reemplazar animales o sostener la marcha. El documento se conserva como una de las fuentes fundamentales para estudiar aquella decisión. Bando de Belgrano del 29 de julio de 1812
No se trataba de una retirada desordenada. Era una operación que exigía coordinar al ejército, las milicias, las autoridades locales, los transportes y la población civil. Había que reunir provisiones, organizar columnas, proteger la retaguardia y negar recursos al adversario.
Belgrano no inventó la facultad de ordenar marchas, asegurar abastecimientos o impedir que el enemigo aprovechara el territorio. Esas funciones pertenecían a la tradición del mando militar y se encontraban dentro de la lógica de las Ordenanzas.
Pero conviene introducir una distinción importante: las Reales Ordenanzas no deben presentarse como una autorización literal y suficiente para evacuar a toda la población jujeña. El Éxodo se apoyó en las instrucciones del gobierno, en las atribuciones del general en jefe y en una situación de necesidad militar extrema. Belgrano aplicó esos elementos con una amplitud extraordinaria.
Su decisión demuestra hasta dónde podía llegar la autoridad de un comandante en un teatro de operaciones alejado del poder central.
También revela los límites de esa autonomía.
El Triunvirato había ordenado retroceder hasta Córdoba. Belgrano condujo la retirada, pero decidió detenerse en Tucumán cuando consideró que continuar hacia el sur podía destruir la moral, abandonar recursos decisivos y dejar abierto el camino al enemigo. Allí presentó batalla y obtuvo la victoria del 24 de septiembre de 1812.
Desde una mirada puramente administrativa, había desobedecido una orden. Desde la perspectiva del mando, asumió la responsabilidad de modificar su ejecución porque la situación militar había cambiado.
No actuó sin autoridad: utilizó la autoridad del comandante y quedó dispuesto a responder por las consecuencias.
Esa diferencia es fundamental para comprender el episodio. El mando militar no consiste en cumplir mecánicamente una instrucción recibida semanas antes. Exige interpretar la intención superior, evaluar la realidad y decidir bajo riesgo.
Del soldado del rey al soldado de la Patria
Las Ordenanzas de Carlos III habían concebido al militar como servidor de la monarquía. La Revolución necesitaba convertirlo en defensor de una comunidad política que aún carecía de una Constitución estable, fronteras definitivas y hasta de un nombre aceptado por todos.
Los ejércitos reunían veteranos, milicianos, voluntarios, reclutas forzosos, indígenas, mestizos, negros libres, libertos y esclavizados incorporados bajo promesas de libertad. Esos hombres poseían experiencias e intereses diferentes.
La disciplina, los grados, los uniformes y las formaciones procuraban crear un comportamiento común. Las nuevas banderas y juramentos intentaban proporcionarles una identidad.
La estructura seguía siendo jerárquica, pero la guerra abrió oportunidades desconocidas para numerosos sectores. La experiencia, el valor y la capacidad de mando permitieron ascensos que el antiguo orden había condicionado por el nacimiento, las relaciones familiares y la posición social.
No desaparecieron las desigualdades, pero el ejército se convirtió en uno de los espacios donde la movilización revolucionaria comenzó a modificar antiguas jerarquías.
La verdadera ruptura
Reconocer la influencia de las Ordenanzas de Carlos III no disminuye la originalidad de los ejércitos de la Independencia. Permite comprender cómo nacen realmente las instituciones.
Las revoluciones rara vez eliminan de inmediato todo lo anterior. Conservan herramientas, transforman prácticas y otorgan un significado nuevo a estructuras heredadas.
Los ejércitos revolucionarios mantuvieron grados, procedimientos, justicia militar y principios de disciplina porque eran los instrumentos disponibles para conducir la guerra. Incluso las atribuciones de sus comandantes provenían de una tradición profesional construida bajo la monarquía.
La transformación decisiva ocurrió en otro plano.
Las antiguas ordenanzas exigían obedecer al rey. La Revolución conservó parte de ese orden militar, pero comenzó a dirigir la obediencia hacia una nueva autoridad. Las banderas reglamentarias representaban al monarca y a cada regimiento; Belgrano levantó una enseña destinada a identificar a un pueblo. El general en jefe había servido antes como ejecutor de la voluntad real; ahora debía interpretar las necesidades de una causa revolucionaria.
Combatieron al rey bajo las ordenanzas del rey, pero ya no lo hicieron por la misma bandera ni en nombre de la misma soberanía.
En esa combinación de continuidad militar y ruptura política comenzó a formarse el Ejército de la nueva Nación.
Fuentes y bibliografía
Fuentes primarias
1. Carlos III, Ordenanzas de Su Majestad para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos, tres tomos, Madrid, Oficina de Antonio Marín, 1768. Fuente principal para el estudio de la organización, la disciplina, la subordinación, las atribuciones del mando, la justicia militar, el servicio en campaña y las banderas. Edición digitalizada de 1768.
2. Belgrano, Manuel, “Bando dirigido a los pueblos de la Provincia” [documento que dispuso la retirada conocida posteriormente como Éxodo Jujeño], Cuartel General de Jujuy, 29 de julio de 1812. Archivo General de la Nación, Documentos Escritos, Sala X, 3-10-6. Reproducción documental.
3. Belgrano, Manuel, Autobiografía y memorias sobre la expedición al Paraguay y la batalla de Tucumán, en Biblioteca de Mayo. Colección de obras y documentos para la historia argentina, tomo II, Buenos Aires, Senado de la Nación, 1960.
4. Museo Mitre, Documentos del Archivo de Belgrano, Buenos Aires, Imprenta de Coni Hermanos. Colección de correspondencia, órdenes, bandos, partes de campaña y comunicaciones entre Belgrano y los gobiernos revolucionarios.
5. Gazeta de Buenos Ayres, números correspondientes al periodo 1810-1813. Fuente para los nombramientos militares, partes de campaña, disposiciones gubernamentales, proclamas y noticias sobre la organización de los ejércitos revolucionarios.
6. Carrillo, Joaquín, Jujui, provincia federal arjentina. Apuntes de su historia civil, Buenos Aires, 1877. Contiene una de las primeras reproducciones impresas del bando emitido por Belgrano el 29 de julio de 1812.
Estudios históricos
7. Rabinovich, Alejandro M., “Obedecer y comandar. La formación de un cuerpo de oficiales en los ejércitos revolucionarios del Río de la Plata, 1810-1820”, Estudios Sociales, n.º 41, Universidad Nacional del Litoral, 2011, pp. 41-67. Ficha bibliográfica del CONICET.
8. Morea, Alejandro, “El proceso de profesionalización del Ejército Auxiliar del Perú durante las guerras de independencia”, Quinto Sol, vol. 15, n.º 2, 2011. Artículo disponible en Quinto Sol.
9. Morea, Alejandro, “Soldados para la Independencia. Algunas notas sobre las características del cuerpo de oficiales del Ejército Auxiliar del Perú”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2013, DOI: 10.4000/nuevomundo.65195.
10. Gallo, Maximiliano, “Supplying the Revolution: War and Management in the Auxiliary Army of Peru’s Commissariat, 1810-1820”, Revista Universitaria de Historia Militar, vol. 10, n.º 21, 2021, DOI: 10.53351/ruhm.v10i21.726. Artículo completo.
Fuentes institucionales de consulta
11. Ejército de Tierra de España, Instituto de Historia y Cultura Militar, “Historia de la bandera de España”. Referencia institucional sobre las banderas coronelas y sencillas, sus características y su vinculación con los regimientos. Consulta digital.
12. Museo del Ejército de España, “Ordenanzas de Carlos III”. Síntesis institucional sobre la promulgación y la prolongada influencia de las Ordenanzas de 1768. Consulta digital.
13. Ejército Argentino, “23 de agosto: aniversario del Éxodo Jujeño”, Ministerio de Defensa de la Nación. Referencia sobre la situación del Ejército del Norte, las instrucciones del Triunvirato y la retirada conducida por Belgrano. Consulta digital.
Aclaración sobre el bando del 29 de julio de 1812
El documento no lleva originalmente el título “Exhorto al pueblo jujeño”. Comienza con la expresión “Pueblos de la Provincia” y fue firmado en el Cuartel General de Jujuy.
La denominación “Éxodo Jujeño” es posterior. Por eso, en la bibliografía se respeta el encabezamiento original y se agrega entre corchetes una aclaración que permite identificar el acontecimiento histórico al cual se refiere.
Asimismo, debe considerarse que Jujuy todavía no constituía una provincia autónoma en 1812. Formaba parte de la entonces Provincia de Salta, dentro de la organización territorial heredada de la Intendencia de Salta del Tucumán. La autonomía política de Jujuy se produciría en 1834.




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