San Miguel Arcángel: la iglesia de los pobres, las huérfanas y la familia Belgrano
- Roberto Arnaiz
- hace 3 horas
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Detrás de su fachada se esconden un cementerio colonial, un hospital de mujeres, una escuela para huérfanas y una trama familiar que conduce hasta Manuel Belgrano y Juan José Castelli. Una antigua imagen llegada desde Cádiz permite recorrer casi tres siglos de historia porteña.
Miles de personas atraviesan cada día la esquina de Bartolomé Mitre y Suipacha sin imaginar cuanto ocurrió allí. En esa manzana fueron sepultados pobres y ajusticiados, recibieron atención enfermos y soldados heridos, encontraron refugio niñas abandonadas y funcionó una de las primeras escuelas femeninas de Buenos Aires.
La iglesia conserva la imagen de Nuestra Señora de los Remedios que presidió buena parte de aquella obra. Una placa de mármol colocada en su interior recuerda a quienes, bajo su advocación, dedicaron sus vidas a asistir a los sectores más vulnerables de la sociedad colonial.
No se trata solamente de una pieza religiosa. Es una de las grandes testigos de la historia de Buenos Aires.
El nacimiento de la Hermandad
A comienzos del siglo XVIII, Buenos Aires era una ciudad pequeña, con escasos recursos sanitarios y una asistencia pública casi inexistente. Las epidemias se propagaban con rapidez y afectaban especialmente a los pobres, los esclavizados, los trabajadores y quienes carecían de protección familiar.
La enfermedad no era el único drama. También resultaba difícil dar sepultura a quienes no podían pagar un funeral. Las crónicas de la época describen cadáveres envueltos en cueros o trapos y trasladados en condiciones indignas por las calles de tierra. Mientras las familias acomodadas podían enterrar a sus muertos dentro de los templos o cerca de ellos, los sectores más humildes quedaban relegados a terrenos alejados o dependían de la caridad de sus vecinos.
La epidemia que golpeó a Buenos Aires en 1727 impulsó a Juan González y Aragón a reunir a un grupo de habitantes dispuestos a enfrentar aquella situación. Inspirado en las asociaciones de caridad existentes en Sevilla y Cádiz, promovió la creación de una institución destinada a asistir a los enfermos, acompañar a los moribundos y proporcionar una sepultura cristiana a quienes no podían pagarla.
El 3 de marzo de 1727, el obispo Pedro Fajardo aprobó la constitución de la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, nombró a San Miguel Arcángel como patrono y le entregó una imagen. Diez días después, el Cabildo de Buenos Aires autorizó su funcionamiento y reconoció a Nuestra Señora de los Remedios como patrona menor de la ciudad.
La primera comisión directiva se conformó con la presencia del obispo Fajardo y del gobernador Bruno Mauricio de Zavala. Como hermano mayor fue elegido un capitán llamado Juan de San Martín, a quien no debe confundirse con Juan de San Martín y Gómez, padre del Libertador, nacido en España en 1728.
Los integrantes de la Hermandad actuaban como una temprana red de voluntarios. Visitaban a los enfermos, solicitaban limosnas, reunían recursos, acompañaban espiritualmente a los agonizantes y se encargaban de enterrar a quienes habían muerto en la pobreza. Algunos aportaban dinero; otros ofrecían su tiempo, su trabajo o sus contactos. Juan González y Aragón habría destinado recursos propios y recorrido las calles en busca de ayuda para sostener la obra.
La organización se financiaba mediante las contribuciones de los cofrades, las donaciones de familias acomodadas y las limosnas. Su actividad respondía a una necesidad concreta: ante la ausencia de una política sanitaria y asistencial organizada por las autoridades coloniales, la atención de los sectores vulnerables recaía principalmente en la Iglesia, las órdenes religiosas y asociaciones de vecinos.
Aunque funcionaba desde 1727 con autorización eclesiástica y municipal, la Hermandad todavía no contaba con el reconocimiento formal de la Corona. Ese respaldo llegó el 16 de octubre de 1754, cuando una Real Cédula aprobó su existencia. No se trató de una segunda fundación, sino de la confirmación real de una institución que llevaba veintisiete años actuando en Buenos Aires.
La aprobación fortaleció su posición y abrió una nueva etapa. La misión inicial, concentrada en los enfermos, los moribundos y la sepultura de los pobres, se amplió hacia la educación de las niñas, la atención hospitalaria, la protección de las mujeres desamparadas y el cuidado de los niños expósitos.
De aquella respuesta vecinal nacida durante una epidemia surgiría uno de los complejos asistenciales más importantes del Buenos Aires colonial.
De una capilla apartada al corazón de Buenos Aires
El 15 de agosto de 1727 se celebró la primera misa en una capilla construida sobre un terreno donado por Juan Francisco de Mathos, en la actual esquina de la avenida Independencia y Tacuarí.
El lugar se encontraba alejado del centro y resultaba incómodo para los miembros de la Hermandad. En 1733, la propiedad fue vendida al capitán Matías Flores. Con el tiempo, el templo quedó bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y fue elevado a parroquia en 1769.
Mientras buscaban una ubicación más conveniente, los hermanos de la Santa Caridad se instalaron temporalmente en la iglesia de San Juan Bautista. Finalmente, el 29 de septiembre de 1738 inauguraron una capilla en un terreno propio situado en las calles de la Piedad y San Miguel, actuales Bartolomé Mitre y Suipacha.
Habían encontrado el lugar definitivo desde el cual desplegarían su obra.
La imagen llegada desde Cádiz
Una placa conservada en la iglesia señala que el sacerdote Juan González y Aragón trajo desde Cádiz la imagen de Nuestra Señora de los Remedios y propagó su culto entre los cofrades. Hasta el momento no se ha podido determinar cuándo llegó él a Buenos Aires ni en qué año introdujo la imagen, por lo que no corresponde asignarle una fecha sin respaldo documental.
Después de enviudar, González y Aragón se ordenó sacerdote y dedicó los últimos años de su vida a la atención de los desamparados. La Virgen vinculada con su obra se convirtió en patrona de las actividades caritativas desarrolladas por la Hermandad y continúa presidiendo el templo.
Alrededor de la capilla comenzó a formarse una red asistencial sin precedentes por su alcance. Junto al edificio religioso funcionó un cementerio destinado a pobres y ajusticiados. Allí recibían sepultura quienes solían quedar excluidos de otros espacios funerarios.
En 1741 se instaló también un pequeño hospital de doce camas, que permaneció activo hasta 1749. Aunque disponía de escasos recursos, brindaba atención a personas que difícilmente podían obtenerla en otro lugar.
San Miguel empezaba a ser mucho más que una capilla.
Una casa para las niñas olvidadas
La enseñanza formó parte de las obligaciones establecidas por la Corona desde los primeros años de la conquista. La Real Cédula de 1503 dispuso que los sacerdotes reunieran a los niños de los pueblos originarios para enseñarles doctrina cristiana, lectura y escritura. La educación estaba ligada a la evangelización y era utilizada también para transformar sus costumbres.
En 1552, la Junta de Prelados de Lima recomendó incorporar escritura, lectura, cálculo y religión católica. En 1572, una disposición de Felipe II ordenó nombrar maestros en los pueblos. Sin embargo, el cumplimiento de estas normas fue irregular debido a la falta de docentes, edificios y recursos.
Cuando Juan de Garay fundó nuevamente Buenos Aires en 1580, no trajo maestros. Durante buena parte del período colonial, la ciudad careció de un sistema educativo público y general. La enseñanza quedó en manos de sacerdotes, conventos, cabildos, órdenes religiosas y algunos docentes particulares.
El acceso dependía del origen social, el sexo, el lugar de residencia y la situación económica. La formación de las mujeres era más restringida y se orientaba hacia la doctrina cristiana, las primeras letras, las tareas domésticas y los conocimientos considerados necesarios para desempeñarse como esposas, madres o cuidadoras.
En ese contexto, la experiencia desarrollada en San Miguel resultó excepcional.
La Hermandad había nacido para dar sepultura a pobres y ajusticiados. Cuando en 1741 se restringieron los entierros gratuitos que realizaba, debió encontrar nuevas formas de continuar su misión. José González Islas, hijo del fundador y principal continuador de su obra, promovió la creación de una casa destinada a proteger y educar a mujeres sin amparo.
En 1755 comenzó a funcionar el Colegio de Niñas Huérfanas de San Miguel. Las primeras doce internas quedaron al cuidado de una directora y tres maestras, acompañadas por un capellán y un administrador. En 1760 había veinticuatro residentes y, seis años después, la institución albergaba aproximadamente a ciento cincuenta niñas y jóvenes.
La expresión “niñas huérfanas” tenía entonces un sentido más amplio que el actual. Incluía a quienes habían perdido a sus padres, pero también a mujeres pobres, abandonadas o privadas de protección familiar. El establecimiento podía recibir, además, a esposas separadas de sus maridos y a jóvenes enfrentadas con sus familias por pretender casarse sin autorización.
Las residentes obtenían alojamiento, alimentación y formación religiosa. Aprendían lectura, escritura, cuentas, canto, música, cocina, costura y bordado. También elaboraban panes, dulces, masas y bizcochos, además de confeccionar guantes, medias, escapularios y otras manufacturas.
Parte de esa producción se vendía para sostener el colegio y las restantes obras asistenciales. En 1757 se presentó ante el Cabildo un proyecto para comercializar en la Recova los alimentos preparados por las alumnas. Una porción de lo recaudado sería destinada a la ciudad y el resto a la Casa de Huérfanas, el hospital y la Casa de Niños Expósitos.
Una escuela abierta a la ciudad
La institución no quedó limitada a sus residentes. También mantuvo una escuela externa para las niñas de Buenos Aires. Un aviso de 1755 informaba que las familias con recursos debían pagar por la enseñanza, mientras que las alumnas pobres serían admitidas gratuitamente y recibirían la misma instrucción.
Hijas de familias acomodadas, criadas y sirvientas pudieron aprender primeras letras, doctrina cristiana y labores manuales bajo la dirección de maestras laicas. Aunque no eliminó las desigualdades de la sociedad colonial, aquella convivencia representó una apertura poco frecuente para la época.
La formación tenía una finalidad práctica. Buscaba ofrecer herramientas para trabajar, colaborar con el sostenimiento de la institución o desenvolverse fuera de ella. Algunas jóvenes podían desempeñarse como costureras, cocineras o cuidadoras. Otras eran preparadas para el matrimonio.
Cuando un hombre solicitaba casarse con una residente, la Hermandad investigaba sus antecedentes y evaluaba la conveniencia de la unión. Si la aprobaba, la boda podía celebrarse en la iglesia de San Miguel.
El colegio brindó protección y conocimientos a quienes difícilmente habrían accedido a ellos por otros medios. Sin embargo, también reproducía las normas sociales y religiosas del siglo XVIII. La disciplina era estricta y, en determinados casos, el refugio podía convertirse en un espacio de encierro y control.
Las huérfanas que cuidaron soldados
La educación impartida en San Miguel incluía tareas de asistencia. Las jóvenes llevaban alimentos a las enfermas y colaboraban en su cuidado. Esa experiencia adquirió una dimensión inesperada en 1761, cuando la Hermandad compró un terreno sobre la calle San Juan, actual Esmeralda, cuyos fondos lindaban con el colegio.
El nuevo espacio fue destinado a recibir soldados heridos. Las alumnas atendieron a trece hombres: nueve sobrevivieron y cuatro fallecieron.
Aquellas jóvenes habían llegado buscando protección y terminaron protegiendo a otros. Su labor constituye uno de los primeros antecedentes de formación práctica en enfermería vinculados con la institución.
En 1768, a pedido de José González Islas, el gobernador Francisco de Paula Bucarelli dispuso la construcción de un Hospital de Mujeres en parte del nuevo predio. Contaba con trece camas y se convirtió en uno de los antecedentes del futuro Hospital Rivadavia.
La Hermandad también intervino en la administración de la Casa de Niños Expósitos, destinada a recibir recién nacidos abandonados. Entre los médicos vinculados posteriormente con esa obra estuvo Cosme Argerich, quien tendría una actuación destacada en la medicina rioplatense y durante el proceso revolucionario.
Antes de que existiera una estructura estatal capaz de atender esas necesidades, el entorno de San Miguel reunió asistencia sanitaria, educación, capacitación laboral y protección de la infancia.
La familia de Belgrano y el nuevo templo
Juan González y Aragón murió en 1768, pero su obra continuó a través de su hijo, el sacerdote José González Islas. Este se consagró a las instituciones de la Hermandad, fundó una asociación bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios y compuso una novena destinada a promover su culto.
En 1782 comenzó la construcción de una iglesia más amplia. El nuevo templo fue inaugurado el 21 de noviembre de 1788 y la imagen traída desde Cádiz quedó entronizada en el altar mayor.
La ceremonia tenía una dimensión especial para una familia estrechamente vinculada con Manuel Belgrano. Juan González y Aragón era abuelo de María Josefa González Casero, madre del creador de la Bandera, y por lo tanto bisabuelo materno del prócer. José González Islas, responsable de la nueva iglesia, era tío de María Josefa y tío abuelo de Manuel.
María Josefa tenía alrededor de cuarenta y seis años cuando se inauguró el edificio. Vivía en Buenos Aires junto con su esposo, Domingo Belgrano y Peri, incorporado a la Hermandad de la Santa Caridad en 1758.
No se ha encontrado un documento que confirme su asistencia a los festejos de 1788. Sin embargo, los lazos familiares y religiosos permiten considerar probable su participación en la apertura de la iglesia construida por su tío y presidida por la Virgen llevada desde España por su abuelo.
Manuel Belgrano no habría estado presente porque desde 1786 estudiaba en Europa. Aun así, San Miguel formaba parte de su herencia familiar: allí permanecían la labor asistencial de su bisabuelo, el templo levantado por su tío abuelo y una tradición dedicada a la educación y al bien común.
La misma genealogía vincula este lugar con Juan José Castelli. Gregoria González Islas, hermana de José, fue abuela del futuro integrante de la Primera Junta. Belgrano y Castelli compartían así antepasados relacionados con una de las principales iniciativas de beneficencia de la ciudad colonial.
De la caridad religiosa a la asistencia pública
En 1791, la Hermandad trasladó su sede a la iglesia de Nuestra Señora de Monserrat, aunque continuó administrando durante un tiempo el hospital, la Casa de Huérfanas y la Casa de Expósitos.
Durante las Invasiones Inglesas de 1807, el hospital funcionó en un edificio situado en la esquina de las calles San Carlos y San Juan, actuales Alsina y Piedras.
Las reformas promovidas por Bernardino Rivadavia en 1822 modificaron el sistema asistencial porteño. La Hermandad fue suprimida, sus bienes quedaron sujetos a las nuevas disposiciones y varias de sus funciones pasaron a la Sociedad de Beneficencia, creada en 1823.
La asistencia dejaba gradualmente de depender de las asociaciones religiosas y comenzaba a integrarse en una organización pública. La Casa de Expósitos continuó su recorrido institucional hasta quedar vinculada con la Casa Cuna y el actual Hospital General de Niños Pedro de Elizalde.
El nacimiento de la parroquia
El 10 de marzo de 1830, el obispo Mariano Medrano creó oficialmente la novena parroquia de Buenos Aires. La denominó San Miguel Arcángel y estableció su sede en la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios.
Bernardo José de Ocampo fue designado primer párroco y permaneció al frente de la comunidad hasta su muerte, el 11 de abril de 1839. Sus restos fueron depositados en la cripta del templo.
Parte de los terrenos pertenecientes al antiguo complejo asistencial fue ocupada posteriormente por la Asistencia Pública. El edificio terminó demolido y en su lugar se encuentra la Plaza Roberto Arlt. Bajo ese suelo aún permanecen vestigios del cementerio colonial.
Quienes cruzan hoy la plaza caminan sobre una de las capas más antiguas y menos conocidas de Buenos Aires.
De los combates a la transformación artística
Durante la segunda Invasión Inglesa, en 1807, las inmediaciones de San Miguel se convirtieron en campo de batalla. Las tropas británicas que avanzaban por la calle de la Piedad encontraron una fuerte resistencia y sufrieron numerosas bajas frente al templo.
Más de un siglo después, la iglesia experimentó una transformación profunda. Por iniciativa de monseñor Miguel de Andrea, el pintor y arquitecto italiano Augusto César Ferrari emprendió entre 1917 y 1922 una reforma integral. Renovó la fachada, incorporó mosaicos de inspiración veneciana y desarrolló un extenso programa pictórico en el interior.
Ferrari utilizaba fotografías de modelos para estudiar los gestos, las posturas y la iluminación antes de trasladar las escenas a los muros. Su intervención convirtió al templo en uno de los conjuntos artísticos más singulares del centro porteño.
En 1927, monseñor De Andrea restauró solemnemente el culto de Nuestra Señora de los Remedios y renovó el vínculo con la devoción iniciada dos siglos antes.
Nijinsky, el incendio y las actas salvadas
San Miguel también fue escenario de un episodio destacado de la vida cultural porteña. El 10 de septiembre de 1913 se celebró allí el matrimonio religioso del bailarín ruso Vaslav Nijinsky con Romola de Pulszky, durante la visita de los Ballets Rusos a Buenos Aires.
La iglesia volvió a quedar atravesada por la historia nacional el 16 de junio de 1955. Después del bombardeo de la Plaza de Mayo, y en medio de una grave crisis política y religiosa, grupos vinculados con el peronismo atacaron e incendiaron numerosos templos de la ciudad. San Miguel fue uno de ellos.
El fuego causó daños importantes y puso en peligro el archivo parroquial. Sacerdotes y fieles lograron rescatar parte de la documentación, entre ella varias actas matrimoniales. Una de las salvadas, aunque seriamente deteriorada, fue la correspondiente al casamiento de Nijinsky.
En 1983, la iglesia de San Miguel Arcángel fue declarada Monumento Histórico Nacional por sus valores religiosos, arquitectónicos, artísticos y sociales.
Una imagen y una ciudad
En noviembre de 1977, al conmemorarse doscientos cincuenta años del comienzo del culto, la parroquia colocó la placa de mármol que aún puede observarse en su interior. La inscripción recuerda a quienes, inspirados por Nuestra Señora de los Remedios, dedicaron sus vidas a las obras de caridad de aquella manzana.
La imagen continúa en el altar mayor. No conocemos el año exacto de su llegada a Buenos Aires, pero sabemos que acompañó una historia en la que la fe se convirtió en asistencia, la caridad abrió un camino para la educación femenina y una familia vinculada con el templo dio al país dos protagonistas de la Revolución de Mayo.
San Miguel Arcángel no es solamente una iglesia antigua. Es un archivo vivo de Buenos Aires.
La próxima vez que alguien pase por Bartolomé Mitre y Suipacha quizá contemple su fachada de otra manera. Detrás de sus mosaicos no permanece únicamente un templo: sobrevive una ciudad entera.
Quiero agradecer al presbítero Ricardo Pascual Dotro por su colaboración para poder realizar este trabajo y la Iglesia San Miguel Arcangel por abrirme las puertas de sus archivos.
Fuentes consultadas
Placa conmemorativa del 21 de noviembre de 1977, conservada en la iglesia de San Miguel Arcángel.
Parroquia San Miguel Arcángel: historia institucional.
Universidad de Buenos Aires: estudio sobre el Colegio de Niñas Huérfanas y la educación femenina colonial.
Documentación sobre la Hermandad de la Santa Caridad y la familia Belgrano.
Museo Nacional de Bellas Artes: obra de Augusto César Ferrari.
Ministerio de Cultura de la Nación: Augusto Ferrari y la iglesia de San Miguel Arcángel.
La Nación: el casamiento de Vaslav Nijinsky en San Miguel.




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