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Los Miedos Del Valor


Hay hombres que entran a la historia montados en un caballo blanco y otros que se cuelan por una rendija, con el sobretodo gastado y la conciencia llena de ruidos. A veces son los mismos. Porque el heroísmo, cuando se lo mira de cerca, no es una estatua sino un manojo de contradicciones que caminan.


Rudecindo Alvarado fue general, y no de los de escritorio. Estuvo en Tucumán y en Salta, en el Alto Perú y cruzando los Andes, en Chile, en el Perú, y hasta quedó al mando de lo que había sido el Ejército de los Andes cuando San Martín decidió partir. No era un genio militar, eso lo sabían sus contemporáneos y lo confirma la historia con la crueldad de los hechos: Torata y Moquegua fueron derrotas completas, de esas que no se explican por la mala suerte sino por el desorden, el mal cálculo y la torpeza en mandar.


Pero hay algo más, algo que no figura en los partes oficiales ni en los retratos al óleo. Alvarado le tenía miedo a las tormentas. No un miedo razonable, de esos que hacen buscar techo. Un miedo infantil, viscoso, paralizante. Truenos, rayos, oscuridad. Cuando la noche se llenaba de relámpagos, el general se envolvía en las frazadas, se hacía un bulto y se metía debajo de la cama, esperando el rayo que lo fulminara como un castigo inevitable.


Ahora bien: el mismo hombre que temblaba ante el cielo enfurecido, caminaba derecho bajo el fuego enemigo. En combate no retrocedía, no se descomponía, no se escondía. Ahí estaba, entero, cumpliendo. El miedo no lo hacía cobarde; simplemente lo acompañaba por otros pasillos de la vida.


Este tipo de contradicción no es un accidente aislado. La historia está llena de hombres valientes que, puertas adentro, eran un manojo de nervios. Belgrano, por ejemplo, tenía el coraje suficiente para sostener ejércitos descalzos y derrotados, pero vivía obsesionado con su salud, con la enfermedad, con la idea de la muerte rondándole el cuerpo. Napoleón, que hizo temblar a Europa entera, no podía dormir bien, sufría ataques de ansiedad y se descomponía ante miedos que hoy llamaríamos fobias. Nelson, héroe de los mares, temía la noche y la soledad, necesitaba luz y voces cerca para no quedar a solas consigo mismo.


¿Dónde queda entonces el valor? En el lugar menos romántico: en la acción. El coraje no consiste en no tener miedo, sino en no dejar que el miedo decida. El valiente no es el que no tiembla, sino el que avanza mientras tiembla.


A la historia le gusta borrar estas grietas porque incomodan. Es más fácil levantar monumentos que aceptar que los hombres que pelearon guerras decisivas también se escondían, dudaban, se enfermaban de angustia o se metían bajo una cama mientras el cielo se partía en dos.


Alvarado descansa hoy en el Panteón de las Glorias del Norte. Tal vez alguien imagine allí a un general de bronce, rígido, solemne. La verdad es otra: allí descansa un hombre. Y eso, lejos de empequeñecerlo, lo vuelve comprensible. Y hasta, si se quiere, un poco más verdadero.



 
 
 

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