Pedro Regalado de la Plaza, el artillero de los Andes
- Roberto Arnaiz
- hace 2 días
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A Pedro Regalado de la Plaza no lo pintaron. Nadie tuvo tiempo. O nadie creyó que hiciera falta. No hay daguerrotipo ni óleo, ni siquiera un perfil borroso para los manuales escolares. Apenas un nombre que sobrevive como una piedra enterrada a medias en la historia.
Nació en Mendoza en 1776, cuando la palabra Patria todavía no servía para encender discursos y la obediencia era una costumbre heredada. Murió en Santiago de Chile en 1865, lejos de su tierra, cansado de servir a demasiadas banderas. Entre un punto y otro se le fue la vida empujando cañones, calculando distancias, tapándose los oídos del estruendo y viendo caer hombres que no tendrían biografía.
Entró joven en la milicia, como quien se mete en un oficio peligroso porque no conoce otro. Más tarde Buenos Aires: la guarnición, los uniformes gastados, el olor agrio de la pólvora vieja. Tal vez el padre —militar también— le enseñó que la guerra no se elige: se hereda.
En 1806 y 1807 llegaron los ingleses, prolijos y confiados. Y De la Plaza estuvo allí, en la Reconquista de Buenos Aires, cuando la ciudad aprendió que defenderse no era un gesto elegante sino un acto desesperado. Para 1810 ya era mayor del cuerpo de Artillería de la Unión. En esos años los ascensos no se ganaban con palabras sino con resistencia.
Con Belgrano marchó al Norte en 1812. Tucumán y Salta: las jornadas que la historia llama gloriosas. Pero también Vilcapugio y Ayohuma, esas derrotas que no entran bien en los discursos patrióticos. Mientras los jefes pensaban la Nación, De la Plaza pensaba en pólvora, cureñas, munición y ángulos. La independencia se hacía con números, no con retórica.
Regresó a Buenos Aires en 1814. Montevideo sitiada. Alvear. La ciudad rendida. Después vino la guerra civil, esa costumbre sangrienta que el país adoptó desde temprano. Artigas, Dorrego, Guayabos. Derrota. Retirada. Exilio. El exilio como repetición.
En 1815 se unió al Ejército de los Andes. Cruzar la cordillera no fue una hazaña romántica: fue una necesidad brutal. Chacabuco, Cancha Rayada, Maipú. La artillería no admite improvisaciones. Fray Luis Beltrán la imaginó; De la Plaza la volvió temible. Sin su saber, su esmero y su sacrificio, la campaña libertadora de Chile habría costado más muertos y más errores. Pero los técnicos nunca entran al bronce.
Sus hijos también combatieron. La guerra como herencia familiar. Para 1831 la paradoja era completa: padre e hijos eran coroneles en ejércitos de tres países distintos. Sudamérica fragmentada y hombres intentando sostenerla a fuerza de disciplina y pólvora.
Cuando la pelea entre unitarios y federales se volvió personal, eligió bando, se desencantó rápido y cruzó otra vez los Andes. Chile ofrecía algo raro para un soldado: silencio. Se aferró a él.
Murió en Santiago el 29 de julio de 1865. Estaba casado con doña Micaela Obredor. No dejó retrato. No dejó monumentos. Apenas una escuela en Mendoza, una calle en Buenos Aires y un grupo de Artillería de Montaña que lleva su nombre como quien guarda una contraseña olvidada.
Pedro Regalado de la Plaza fue un hombre útil. Y la historia suele olvidar a los hombres útiles. Prefiere a los que declaman, a los que firman papeles, a los que saben posar.
Él hacía funcionar los cañones.
Uno más de los casi anónimos que no fundaron la Patria con palabras, sino con ruido, cálculo y sacrificio. Y que, justamente por eso, quedaron fuera del cuadro.






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