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Manuel Asencio Padilla y la guerra de las republiquetas:


La independencia no nació en congresos solemnes ni en papeles firmados con tinta fina. Nació entre gritos, fusiles y sangre. Se sostuvo con hombres y mujeres que dejaron la vida en las montañas del Alto Perú. Y si Buenos Aires todavía flamea con una bandera, es porque allá, en la dureza de las quebradas, se combatió hasta la última gota de coraje.


Imagine usted un territorio áspero, implacable. El Alto Perú —lo que hoy llamamos Bolivia— es una geografía hecha de cuchillos de piedra y altiplanos que parecen tocar el cielo. Allí el aire es delgado, como si cada respiro costara la mitad de la vida.


En las noches el frío muerde los huesos, y de día el sol castiga como fuego. Cuando uno sube a la puna, el aire enrarecido se vuelve enemigo: la cabeza late como un tambor, un dolor punzante que no lo deja pensar ni hablar. Es el martillo invisible de la altura, que vuelve torpes las piernas y hace arder los pulmones.


Y cuando llueve, la tierra, seca y quebrada, se convierte en barro pegajoso: dar un paso significa levantar kilos de lodo adheridos al calzado, una y otra vez. La vegetación es rala, espinosa, se aferra a las piedras como si también luchara por sobrevivir en un paisaje hostil.

A eso se suman los olores: pólvora, carne quemada, humedad estancada. Y los sonidos: cascos que retumban en la montaña, disparos que revientan el silencio, gritos que se pierden en el viento.


Ese era el escenario de la guerra. Un infierno natural donde los españoles, acostumbrados a formaciones rígidas y disciplina de cuartel, se sentían torpes y pesados. Pero para los campesinos, mestizos y originarios, ese territorio era un aliado: conocían cada sendero, cada quebrada, cada piedra detrás de la cual esconderse.


Mientras en Buenos Aires se discutían proclamas, en el Alto Perú la independencia se jugaba con la vida. Significaba sobrevivir a la mita, a la explotación brutal en las minas de Potosí, al látigo que caía sobre originarios y mestizos. Significaba rebelarse contra siglos de humillación.


Por eso, cuando estalló la Revolución de Mayo, esas tierras se encendieron. No era una abstracción: era la posibilidad concreta de dejar de ser esclavos. Y mientras los porteños dudaban, los altoperuanos morían.


Bartolomé Mitre las llamó “republiquetas”, casi con desprecio. Quería decir “pequeñas repúblicas”, bandas irregulares, ejércitos menores que se armaban en torno a un caudillo y se disolvían cuando era necesario.


Pero en esa palabra, que buscaba ser despectiva, hay grandeza. Las republiquetas eran pueblos en armas. No tenían reglamentos ni banderas bordadas: tenían hondas, machetes, lanzas improvisadas y la convicción de que no volverían a doblar la cerviz.


Se escondían en las serranías, atacaban de sorpresa, y desaparecían como fantasmas. Eran invisibles para los partes de guerra, pero insoportables para los realistas, que se desangraban en esas emboscadas.


El historiador boliviano Gunnar Mendoza las definió como “el alma popular de la guerra, la resistencia espontánea que no se rendía aunque todo pareciera perdido”. Y el argentino José María Rosa lo reafirmó: “La revolución se sostuvo más por la terquedad de los pueblos del norte que por las decisiones de Buenos Aires”.


Pacho O’Donnell también señaló que en esas montañas “la patria se defendió sin permiso, con el cuerpo y el hambre como únicas armas”.


Manuel Belgrano comprendió lo que otros generales despreciaron. En 1812, cuando el gobierno le ordenó replegarse hasta Córdoba, Belgrano desobedeció. Apostó todo en Tucumán, armó un ejército con paisanos, mujeres, esclavos libertos, y venció.


Esa victoria fue un punto de quiebre: sin Tucumán, los realistas habrían llegado a Buenos Aires y la revolución habría muerto. Belgrano vio en Padilla y en Juana Azurduy aliados imprescindibles. Los trató con respeto, les dio armas, y hasta condecoró a Juana regalándole su espada después de Ayohuma. Fue un reconocimiento único: nunca antes un general había honrado así a una mujer en batalla.


Norberto Galasso lo recuerda bien: “Belgrano se adelantó a su tiempo, comprendió que la independencia debía ser también justicia social y protagonismo popular”.


Pero no todos fueron como él. Otros comandantes, como Rondeau, miraron a los caudillos altoperuanos con desprecio, los usaron como carne de cañón y luego los dejaron abandonados. ¿Qué justicia podía nacer de esa desconfianza porteña, que exigía sacrificios y devolvía olvido?


Padilla nació en 1774, hijo de hacendados. Estudió leyes en Chuquisaca, pero abandonó la toga para casarse con Juana Azurduy. Juntos hicieron de su hogar una trinchera. Tuvieron cinco hijos, que pagarían con su vida el precio de la libertad.


En 1810 se plegó a la revolución, organizando un ejército de dos mil originarios que apoyaron a Esteban Arze en la victoria de Aroma. Conocía la tierra, conocía a la gente, y sobre todo conocía la miseria en la que vivían. Desde La Laguna —hoy la ciudad que lleva su nombre— organizó un foco de resistencia que se extendería por toda Chuquisaca y Potosí.


Cuando los realistas arrasaban, Padilla y Juana reaparecían como sombras. Atacaban convoyes, liberaban prisioneros, incendiaban cuarteles. Y cuando el Ejército del Norte necesitó apoyo, ahí estuvieron, cargando cañones por las montañas, guiando a los soldados porteños por senderos imposibles.


Juana Azurduy merece un párrafo aparte. No fue solo la compañera de Padilla: fue una comandante temida. Peleó embarazada, dirigió cargas de caballería, organizó batallones de mujeres. Belgrano, al regalarle su espada, reconoció algo más que un gesto de valor: reconoció a una líder. Ella encarnaba lo que las republiquetas tenían de más profundo: que el pueblo entero, hombres, mujeres y niños, se volvía ejército.


La guerra fue despiadada con la familia Padilla. Sus hijos fueron secuestrados por los realistas: los varones asesinados, las niñas usadas como carnada para tenderle una trampa al caudillo.


La respuesta fue una furia incontenible: Padilla y Juana atacaron, rescataron a las pequeñas, que murieron poco después. Desde ese momento, el matrimonio luchó con una herida que ya no cicatrizaba.


No peleaban solo contra un ejército: peleaban contra el dolor, contra la pérdida, contra la injusticia. Esa tragedia los convirtió en símbolos de una resistencia sin concesiones. ¿Quién recuerda hoy a Padilla, degollado en una plaza? ¿Quién piensa en Juana, enterrando a sus hijos y volviendo al combate?


En septiembre de 1816, rodeado en La Laguna por las tropas del coronel Aguilera, Padilla cayó en combate. No se rindió. Peleó hasta el final, como había vivido.


Su cabeza fue cortada y exhibida en una pica en la plaza, como advertencia. Pero lo que los realistas quisieron mostrar como castigo, se transformó en bandera. Belgrano lo nombró coronel sin saber que ya había muerto. Y al enterarse de la noticia, ascendió a Juana Azurduy, reconociendo en ella la grandeza de quien había perdido todo y seguía combatiendo.


El historiador boliviano Enrique Finot escribió que “el Alto Perú fue el verdadero corazón de la resistencia, donde el pueblo entero se convirtió en ejército”.


Alcides Arguedas agregó: “La guerra altoperuana fue la más cruenta de América, porque allí se jugaba no sólo la independencia, sino la supervivencia de las comunidades originarias”.

De los más de cien caudillos que encabezaron estas guerrillas, apenas nueve sobrevivieron en 1825. Los demás murieron fusilados, degollados, colgados en las plazas.


Pero su sacrificio no fue en vano: desgastaron al enemigo, mantuvieron viva la llama cuando todo parecía perdido y abrieron el camino a San Martín y Bolívar.


Hoy, cuando se habla de la independencia argentina, rara vez se menciona al Alto Perú. Pero la verdad es que allí se libró la mayor parte de la guerra, allí se dejó la mayor cantidad de sangre.


Sin Padilla, sin Juana, sin las republiquetas, la bandera argentina jamás habría cruzado los Andes.


La patria no nació en un mapa ni en un congreso. Nació en las serranías de Charcas y Cochabamba, en los valles de Chuquisaca, en las noches heladas de La Laguna.


Nació en los cuerpos de hombres y mujeres que se negaron a obedecer, que eligieron morir de pie antes que vivir de rodillas.


Recordar a Padilla y a Juana Azurduy no es recordar a los muertos: es sostener vivos los cimientos de lo que somos. Su cabeza en una pica no fue derrota: fue la bandera invisible que flameó hasta Ayacucho.


Porque sin ellos, sin esas republiquetas que fueron el fuego invisible de la revolución, hoy no tendríamos patria. Y porque en esas montañas de Bolivia también nació la Argentina.


 

 
 
 

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