Álvarez de Condarco: el zapador de la memoria
- Roberto Arnaiz
- 17 dic 2025
- 6 Min. de lectura
La historia suele recordar a los hombres que gritan órdenes desde un caballo. A los que cargan espadas, a los que pisan la tierra con botas de general. Pero pocas veces se detiene en los que caminan en silencio, con la cabeza llena de números, pendientes, distancias y riesgos. A los que no disparan, pero hacen posible la victoria. José Antonio Álvarez de Condarco fue uno de esos hombres. Un engranaje imprescindible. Un cerebro al servicio de una epopeya. Y, como tantos otros, terminó pobre, exiliado y casi olvidado.
No era un héroe de bronce. Era un ingeniero. Y en tiempos de revolución, un ingeniero valía más que cien discursos inflamados.
Nació en Tucumán en 1780, cuando el Virreinato todavía obedecía órdenes que venían de ultramar y la palabra independencia parecía una locura peligrosa. Estudió ingeniería, dominaba la física y la química, y tenía una memoria que hoy llamaríamos prodigiosa. En aquel tiempo, simplemente era sospechosa. Recordaba todo. Medía todo. Calculaba todo. Y en un mundo donde la improvisación mataba ejércitos, esa virtud era oro puro.
Antes de la Cordillera estuvo la pólvora. Y antes de la pólvora, la cabeza. Álvarez de Condarco estuvo al frente de la fábrica de pólvora instalada en Córdoba, en terrenos que pertenecían a Tiburcia Haedo, madre del futuro general José María Paz. Allí, donde antes se molía salitre a mano como en la Edad Media, Condarco hizo algo revolucionario: pensó. Diseñó un molino impulsado por agua. Sustituyó la fuerza humana por la fuerza de la inteligencia. De producir dos quintales diarios se pasó a casi cuatrocientas libras, y de mejor calidad que la importada. La pólvora dejó de ser un trabajo brutal y se convirtió en un cálculo preciso.
No gritaba vivas a la patria. La hacía funcionar.
Fue también quien ordenó que nadie ingresara al depósito de pólvora con espuelas. El metal podía provocar una chispa. Una chispa podía volar todo. Un centinela, cumpliendo la orden, le negó el paso al propio José de San Martín. El general no discutió. Aceptó la orden. Y en formación, felicitó al soldado. No era un gesto menor: San Martín sabía reconocer a los hombres que pensaban antes de obedecer.
Ahí lo vio. Ahí lo eligió.
San Martín no confiaba fácilmente. Y cuando lo hacía, no era por simpatía sino por necesidad. Condarco se convirtió en su edecán, su secretario privado, su ayudante de campo. No por cercanía afectiva. Por utilidad estratégica. Porque había entendido algo esencial: una guerra no se gana solo con coraje, también se gana con memoria.
El plan del cruce de los Andes exigía algo que ningún ejército tenía: conocimiento exacto del terreno. La Cordillera no era un obstáculo poético ni una postal heroica. Era una trituradora de hombres. Frío que partía los pulmones, altura que aplastaba la cabeza, desfiladeros donde un error de cálculo podía borrar un batallón entero. Un paso mal elegido significaba cadáveres congelados antes de disparar un tiro.
San Martín mandó exploradores. Mandó oficiales. Mandó espías. Pero necesitaba algo más: alguien capaz de ver, medir y recordar sin escribir. Alguien que volviera con los mapas guardados en la cabeza, sin papeles que delataran la misión, sin una sola línea que pudiera caer en manos del enemigo.
Ese alguien fue Álvarez de Condarco.
La misión era sencilla de explicar y casi imposible de cumplir. Debía cruzar la Cordillera hacia Chile con una excusa diplomática: llevarle a Casimiro Marcó del Pont una carta invitándolo a reconocer la Declaración de la Independencia. San Martín no preguntó si podía hacerlo. Le dijo que lo hiciera. Sabía que el español reaccionaría con furia. Sabía que, si no lo mandaba a fusilar, lo haría regresar por el camino más corto. Y ahí estaba la trampa: ida por Los Patos, vuelta por Uspallata. Dos pasos. Dos rutas. Un solo cerebro.
Condarco partió vestido de paisano, sin documentos comprometedores, sin mapas ni papeles. Llevaba memoria. Cada curva se le clavaba en la cabeza como un clavo frío. Sabía que no podía permitirse olvidar nada. Detrás de cada piedra mal recordada había un soldado muerto. No había borrador, no había segunda pasada. Si fallaba, la Cordillera se cobraría su precio en sangre ajena.
En el primer puesto español lo dejaron pasar, pero al caer la noche fingió estar enfermo. No quería cruzar sin ver. Necesitaba luz. Necesitaba que el paisaje se le imprimiera en la retina. Caminó con la boca seca, los dedos entumecidos por el frío, la cabeza pesada de tanto medir pendientes, ríos, descansos posibles. Memorizaba todo: anchura del camino, caudal de los cursos de agua, lugares donde un ejército podía esconderse o desaparecer para siempre.
Cuando llegó a Santiago y fue recibido por Marcó del Pont, todo ocurrió como San Martín había previsto. El gobernador español estalló. La carta fue una afrenta. Ordenó que la Declaración de la Independencia fuera quemada en la plaza pública. Sospechó de Condarco. Lo midió con desconfianza. Quiso fusilarlo. Sus oficiales lo disuadieron. Aun así, el peligro estuvo ahí, respirándole en la nuca.
Le espetó que él firmaba con mano blanca, no como su general de mano negra, acusando a San Martín de traidor al rey. Lo dejó vivir, pero advirtió que ningún otro emisario tendría la misma suerte. No fue una concesión: fue una amenaza.
Al día siguiente lo despachó por el camino más corto. Uspallata.
Condarco regresó entero y en silencio, con los mapas completos en la cabeza. No habló hasta llegar a Mendoza. Recién entonces volcó en papel lo que había caminado con el cuerpo y sostenido con la mente. Con esa información, San Martín terminó de diseñar el plan más audaz de la historia militar americana. El Ejército de los Andes cruzó por múltiples pasos, confundió al enemigo y apareció donde nadie lo esperaba.
La Cordillera fue vencida antes de ser cruzada. Fue vencida en la cabeza de un ingeniero.
Condarco estuvo en Chacabuco. Fue quien llevó la orden decisiva a Soler para acelerar el ataque y salvar a O’Higgins del fuego enemigo. Estuvo en Maipú. Estuvo donde hacía falta precisión, no épica, cálculo y no alarde.
Luego vino Europa. Enviado a Gran Bretaña, negoció la compra de buques para la campaña del Perú. Contrató a Thomas Cochrane, tan genial como conflictivo. Otra decisión técnica. Otro riesgo medido con la frialdad de quien sabe que la improvisación también mata.
Chile lo contrató luego para su Departamento de Ingenieros y Caminos. Dio clases de matemática. Vivía de números, no de recuerdos gloriosos. Quiso regresar a la Argentina, pero era antirrosista. No pudo. La patria por la que había memorizado montañas le cerró la puerta.
Murió en Chile, el 17 de diciembre de 1855. Murió pobre. Sin honores. Sus amigos debieron reunir dinero para enterrarlo. El hombre que había llevado la Cordillera entera en la cabeza no tenía un peso en el bolsillo.
Álvarez de Condarco no tiene estatuas multitudinarias ni encabeza manuales escolares. Pero sin él, el cruce de los Andes habría sido una carnicería. Fue el hombre que pensó la guerra. El que la hizo posible sin disparar un tiro. El que cruzó dos veces la Cordillera para que miles la cruzaran una sola.
La patria también se construye así: con cerebros cansados, pasos medidos y memoria obstinada. Y, a veces, como en el caso de Condarco, la patria que se salva gracias a esa memoria no tiene memoria para agradecerla.
Hay algo más en esta historia que no es solo pasado. Lo digo desde un lugar personal. Soy oficial del arma de Ingenieros. He dedicado mi vida profesional a hacer reconocimientos, a estudiar el terreno, a medir pendientes, calcular alturas, buscar pasos posibles, identificar zonas de descanso, de abastecimiento de agua, de extrema precaución. Sé lo que significa mirar un mapa y saber que está incompleto. Sé lo que implica caminar un terreno sabiendo que, detrás de cada error de apreciación, hay vidas en riesgo.
Por eso, cada vez que vuelvo sobre la figura de Álvarez de Condarco, no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿cómo hizo? ¿Cómo logró semejante proeza sin instrumentos modernos, sin cartas confiables, sin GPS, sin fotografías aéreas, sin posibilidad de tomar notas? ¿Cómo cargó en la cabeza no solo caminos, sino altitudes, dificultades, pasos angostos, cursos de agua, lugares donde un ejército podía detenerse a respirar o morir de frío?
Desde la mirada de un zapador, lo que hizo Condarco no es solo heroico: es casi inhumano. Exige una concentración absoluta, una memoria entrenada hasta el límite y una responsabilidad que hoy pocos aceptarían. Porque no estaba memorizando un paisaje: estaba memorizando el destino de un ejército entero. Cada dato olvidado podía costar hombres. Cada error podía convertir la epopeya en tragedia.
Tal vez por eso su figura interpela tanto a quienes hemos hecho del terreno nuestro oficio, a quienes aprendimos que antes de avanzar hay que leer la tierra, escucharla y comprenderla, porque el suelo nunca perdona la improvisación. Porque en ese cruce silencioso de la Cordillera está condensada la esencia misma del soldado de Ingenieros: pensar antes de avanzar, medir antes de ordenar, conocer antes de combatir. Condarco no solo cruzó los Andes. Los entendió. Y gracias a eso, otros pudieron vencerlos.
Hay una estrofa de la Marcha del arma de Ingenieros del Ejército Argentino que quienes vestimos este uniforme llevamos grabada más allá de la música: “Ingenieros audaces guerreros, que la Patria en su yunque forjó; son soldados, titanes de acero, en la noble y abnegada misión”. Sin dudas, esas palabras parecen escritas para José Antonio Álvarez de Condarco. Porque antes de que existiera la canción, ya existía ese espíritu: el del hombre que pelea sin estruendo, que vence sin ser visto y que cumple su misión aun sabiendo que la historia, muchas veces, no canta su nombre.






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